lunes, 25 de noviembre de 2013

Conjeturas de un presunto culpable.

I

Sin dudas, si hay dos cosas que se pudieran comparar con el aceite y el vinagre, yo escogería al trabajo y la bebida y creo que por eso un sabio amigo decía en un humor muy negro: “Si el beber entorpece tu trabajo, deja el trabajo y a beber”. Y créanme que hoy es uno de esos días en los que quisiera que esa frase no tan celebre tomara valor constitucional y hubiera una ley que reglamentara que un día después de una “peda” mayúscula, la ausencia al trabajo sea totalmente legal y justificada con pago completo y ¡Ay de aquel pinche jefe que se atreva a descontarte aunque sea una hora!
Es que es imposible de ocultar que tomaste. Los ojos te delatan, las manos se te hinchan la cara se te desencaja y para colmo de males, el pinche tufo a alcohol no te lo quita nadie al extremo que no falta aquel chingado guey que te grite delante de todos: Oye “caón”, si te prenden un cerillo ardes como Juana de Arco.
Y en efecto, llegué a hotel, me cambié de ropas y me paré en la recepción ― claro está, bien apuntalado para no caerme ―a esperar que llegara algún cliente solicitando mis servicios y no hizo más que llegar el primero y entrar al elevador, decir voy al piso 20 al tiempo en que yo cerraba la puerta cuando el tipo ya pasado en años y con aspecto demacrado y de alguien que ha sufrido demasiado me dijo:
― Oye “caón”, si te prenden un cerillo ardes como Juana de Arco.
¡Puta madre! Ya podrán imaginar la cara que puse cuando escuché lo que acababa de pensar. Quería que la tierra me tragara o más bien que el pinche elevador se cayera y terminara, junto conmigo, hecho mierda en la base de la torre. ¡Qué vergüenza!
― No pongas esa cara… a veces de las malas experiencias se aprende. A mi me costó mucho trabajo aprender la lección, pero para que conozcas mi historia, acabo de salir de prisión cumpliendo una condena de 20 años por homicidio involuntario. La última noche que bebí y agarré la borrachera más larga de mi vida, salí del bar, tomé mi auto y cuando desperté al otro día en mi cama y al lado de mi esposa, no sabía como había llegado a la casa, ni a que hora, ni si solo o acompañado, pero lo único que puedo afirmarte, es que esa noche me cambió por completo la vida.
Y así fue, esa noche Natalio Buenavista no le alcanzó su visión para darse cuenta de la trampa que lo hizo cumplir 20 años de prisión.

II

― ¿Ya viste la borrachera que agarraste? ― Le reclamaba su esposa mientras señalaba hacia el extremo de la cama y un circulo entre café y naranja mostraba las huellas de un vomito ya seco sobre el suelo y parte de la cama.
Natalio se levantó dando tumbos y sin chistar buscó el trapeador, llenó una cubeta con agua y se fue a limpiar las huellas del delito. Delito que se estaba haciendo ya cotidiano en su vida y que había llevado a su matrimonio a la ruinas. Su cabeza giraba, sus ojos le pesaban y mientras recogía los restos de una digestión incompleta, se preguntaba qué habría hecho la noche anterior.
Las clásicas preguntas asechaban su cabeza. ¿Cómo llegué? ¿Habré hecho algo malo? ¿Me trajeron o vine solo? ¿A qué hora llegué? Preguntas que ya su esposa Natalie Cabeza de Vaca se sabía de memoria. Lo clásico. El sentimiento de culpa, las penas ajenas, los miedos, todo un desfile de sentimientos encontrados que sólo aquellos que lo viven, saben que se siente en realidad.
Lo único que alcanzaba a recordar Natalio, fue el beso que le dio a Ofelia Buenrostro, su amante, delante de todos después de cantarle la canción “Ella y Tú”, de José José. Nunca pudo olvidar como hacía énfasis en cada verso: 
Entre ella y tú... /Hay gran diferencia./Tú me das la vida... /Ella mil problemas./Entre ella y tú.../Hay un gran abismo./Tú te entregas toda.../Ella lo preciso./Contigo me crece la vida.../Con ella me crecen las penas.../Contigo yo vuelvo a nacer cada vez que te acercas.../Entre ella y tú.../La distancia es grande./Tú me das pasiones.../Ella ya ni sabe/Tú me das la luz,/y haces que despierto/me parezca el mundo/como en bello sueño.../Contigo comparto ilusiones.../Con ella comparto recuerdos.../Contigo he llegado a saber que/aún es joven mi cuerpo.../Contigo me crece la vida.../Con ella me crecen las penas.../Contigo yo vuelvo a nacer cada vez que te acercas... Sin dudas, estaba enamorado de Ofelia, pero ni ella, ni la pasión que vivían mientras engañaban a Natalie, le hacía separarse de la bebida. Su última frase en estado de lucidez fue pedirle a su amante que fuera su esposa. Todos los presentes vibraron emocionados y un largo aplauso inundó aquel cálido canta bar. Ella toda sonrojada respondió con un “Sí” al que Natalio ripostó con un efusivo “esa es mi vieja”.
La puerta del piso 20 se abrió y pude observar como por el rostro del deteriorado señor corrían dos hilos de lágrimas. Lo acompañé hasta la habitación y Don Natalio me regaló una jugosa propina al tiempo que casi me imploraba...
― Muchacho, no te vayas todavia, que aún no termino de contarte esta historia. ― dijo mientras buscaba en su portafolio un sobre manila que contenía algunas fotos. Sacó una de ellas y me la mostró. ― Ves estas dos mujeres. ¿Eran realmente hermosas verdad?
Era una foto que por su color y conservación se podía negar que fue tomada hacía más de 20 años. Lo innegable era que las dos mujeres eran realmente hermosas.
Natalio puso su dedo indice sobre el rostro de una de ellas y me dijo entre sollozos.
― Ella es Natalie.
― Muy linda Don Natalio... ¿Y la otra?
― La otra es Ofelia. Mi amante. Era la mejor amiga de mi esposa y 5 meses antes de aquella noche fatal comenzamos a tener una relación que le fue ganando a la cordura.
― ¿Y Natalie nunca se enteró?
― Ay muchacho, eso creía yo...
Otra vez sentí como un nudo bloqueaba la garganta de Natalio.
― Mejor leete esta historia. Te la regalo, me has hecho mucho bien con tan sólo escucharme.
Natalio me entregó un engargolado de más de doscientas páginas. En la primera hoja se podía leer en letras grandes “Conjeturas sobre una traición anunciada” y más abajo en letras pequeñas “Titulo provisional”
― Señor, me honra con este gesto suyo... ¿Como es posible que me regale esta historia?
― Hijo yo ya estoy viejo y muy deteriorado por la vida que llevé dentro del tambo. 20 años se dicen fácil, pero hay que estar allá dentro para saber lo que es perder años de tu vida cumpliendo una condena de la cual siempre dudé y nunca pude defenderme por culpa de una pinche borrachera. Perdí la memoria y perdí con ello mi libertad. ― Natalio se secó sus lágrimas y prosiguió. ― Me has caído bien y quiero que cuando leas esto completo me hagas dos favores. El primero es que no caigas de nuevo en otra borrachera como la que agarraste anoche y por la que todavía hueles a miedo. La segunda es que le des forma de novela a esta historia y si puedes... pues, busca la forma de publicarla y hacerte famoso. Tienes cara de escritor y creo que esta historia te dará el paso a la fama.

III

En la noche no pude dormir porque no hubo fuerza divina que me separase de la lectura. Era de esas lecturas pesadas por la cantidad de faltas de ortografia y el gran número de detensiones que tienes que hacer para agarrarle la idea a cada frase, sin embargo la habilidad de Natalio para no dejar detalle alguno de lo que supuestamente lo llevó a una prisión sin razon me agarró y no me dejó soltar la lectura.
Ni el propio Natalio a ciencia cierta sabe si lo que cuenta es cierto o no, pero cuando salió de la carcel y se enteró que dos años después de estar preso, Natalie y Ofelia se fueron a vivir juntas fuera de México, no pudo hacer otra cosa que sucumbir en su dolor y en su inmensa estupidez.
Natalio pasó 20 años preso por un crimen que nunca cometió. Esa noche al salir del canta bar, estaba totalmente borracho y quien lo llevó hasta la casa fue su amante. En el trayecto un policía de la vigilancia interna del fraccionamiento en donde vivía Natalio fue atropellado por el coche que conducía Ofelia.
A la mañana siguiente dada las descripción que dio casi moribundo atropellado ― él cual quedó totalmente incapacitado para volver a caminar― fue muy fácil localizar el auto y comprobar que en efecto, fue Natalio quien le ocasionó la desgracia. No hubo pruebas de que Ofelia pudiera ir conduciendo y el pobre Natalio no se acuerda de nada.
Lo que nunca sospechó la victima de este suculento plan macabro, fue que el accidente fue minuciosamente planeado por Ofelia, Natalie y el vigilante, para culpar al “infiel hombre” y deshacerse de él. Claro está,  no planearon que el pobre vigilante quedara invalido de por vida, pero con la gran suma que tuvo que pagarse para indemnizar sus daños pudo vivir muy bien el tiempo que le duró su infortunada vida.

  


martes, 19 de noviembre de 2013

En busca de un sueño.

El hambre parece ser un concepto incomprensible. El hambre castiga sin clemencia y se expande y se expande, evaporando cada suspiro del presente. El hambre no entiende de edades, ni verdades, ni de tiranos, ni de democracias inmaculadas, ni de movimientos sociales improvisados, ni de izquierdas, ni de derechas, ni de medías ideologías. El hambre simplemente arrasa sin palabras. Desilusiona ilusiones, descompone lo compuesto, destruye lo indestructible y ahoga los sueños de quienes se empeñan en no soñar que existe…
Así pensaba mientras caminaba solo, un poco alejado del grupo que conoció al llegar a México. Eran más de veinte jóvenes que no pasaban de los 25 años. Varias nacionalidades, diferentes formas de pensamiento, credo, y cultura, pero con el mismo objetivo: Llegar al sueño americano y dejar atrás la pobreza, construir una nueva vida, ayudar a sus familias. Un sueño al que el hambre no alcanzaría jamás. Un sueño lleno de ilusiones, de planes, de lujos a su alcance, de paz interna, de imágenes a colores, de prosperidad y armonía.
Todavía faltaba mucho por andar. Estaban justamente en el sureste. Huyendo de la migra, y escondiéndose de los narcos. Sin saber en quien confiar, a quien decirle quien era y de donde era. No podía. Podía ser un peligro y podría pagar un costo muy alto por alcanzar sus sueños.
Y por fin se escucho el silbato de la bestia. Ese tren que lo mismo te puede llevar al paraíso como al infierno. Se oía a lo lejos, pero estaba a punto de pasar por donde estaban ellos. Él seguía alejado del grupo, quizás 10, tal vez 15, o quién sabe si a 20 metros. Pero se negaba a dejar de escuchar a su voz interior… Algo interno que le repetía y repetía… ―No tienes necesidad de agarrar ese tren…
Él no era de esas personas que creen mucho en el destino, pero faltando unos minutos para que el tren llegara, cuatro chicas se cruzaron en su camino.
― ¿Vas a tomar ese tren? ― Le preguntó la mayor de las cuatro. Tenía acento argentino. ― Es muy peligroso. No lo hagas.
― ¿Quieres algo de beber? ― preguntó otra de las chicas ofreciéndole una botella de agua mineral.
De haber dicho que no, su vida hubiera sido otra, aunque hubiese sido sobre el demonio de hierro al que todos apodaban la bestia.
Su vista empezó a hacerse borrosa. Las cuatro chicas se multiplicaron por dos y se entrecruzaban zigzagueando ante sus ojos.
Aún no sabe cuánto tiempo pasó ni a donde lo llevaron. Solo sabe que cuando despertó estaba tirado en un camino empedrado. Adolorido, mareado y todavía embobado bajo el efecto de la anestesia. Se puso de pie y a duras penas pudo dar unos pasos antes de darse cuenta que le había sucedido.
El hambre suele ser impecable, desalmada, deshonesta, cruel… pero él hubiera preferido seguir con ella y no haber perdido un riñón en la aventura de alcanzar el sueño americano.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

La más linda de las danzas


Danzamos en la noche.
Una noche única, nuestra…
Sólo nuestra.
No había luna,
ni viento,
ni estrellas,
ni nubes.
Podría pensarse que era oscura,
muy oscura.

Pero no…
La tenue luz que simultáneamente irradiábamos
se fue matizando con la música
que armónicamente hacía resonancia en nuestros cuerpos.

Danzabas en lo alto.
Tus ojos evocaron la magia de los dioses
y un torrente de energía fluyó por tus arterias.
Tus labios portaron múltiples sabores.
Tu lengua articuló un lenguaje distinto al que acostumbras.
Tus palabras bailaban en la noche,
rozaban mis oídos,
surcaban mis entrañas.
Tu piel se cubrió de rosas
y de tus poros emanaba un néctar 
que incitaba a la locura.
Tus manos se apoyaban en mis hombros
para no perder el ritmo de las olas
que hacían de tu danza un eterno sube y baja.

Yo danzaba en lo bajo.
Mis ojos se perdieron en la magia de los tuyos.
Mi cuerpo entero entró en tu cuerpo
dejándose llevar por la cadencia de tus besos.
Mis manos te tocaban sin tocarte,
esculpiendo las curvas de un cuerpo
que anunciaba entrar en erupción.
Mis labios dibujaron sensaciones.
Mi voz se fue perdiendo en tu garganta.
Mi magma hervía a ritmo del vaivén de tus caderas.

Danzamos en la noche.
Una noche inolvidable.
Una danza interminable...
La más linda de las danzas.
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