jueves, 13 de diciembre de 2012

Por un puñado de dinero.



Cuba, Año 1995.

Jineteras: Chicas que Cabalgan.
Jinetear:  Prostituirse. 
Cabalgar sobre un extranjero.

Solía llover todas las tardes al llegar al malecón. Ahí se refugiaba bajo un manto de hojas de coco y el agua resbalaba como en techo de bohío cubano. La brisa traspasaba el umbral de la osadía y en medio de un barranco silencioso, él esperaba muy paciente, porque a esa hora bajaban al puerto los marineros de turno.
Uno o dos tanqueros filipinos daban carne de cañón para sus ambiciones cotidianas. Un negocio redondo. Mujeres, cuartos, bebida y un grupo de bugarrones que en meses en el mar no veían más que carne masculina curtida por el sol y que bajaban sedientos de una carne tierna y femenina, del sabor a hembra, de todo aquello que pagando barato saciara su libido grotesca, su burda pasión y sus mínimos encantos, más que un puñado de billetes que fraguaban la fortuna de la débil línea que separa a una hora de sexo con el contagio de una terrible enfermedad.
Y como siempre pescaba al escampar. Bajaban en pequeños grupos de 2 o 3 y ahí estaba él con su imperfecto inglés de prostituto, organizando el pan de cada noche. Cervezas de lata, papas a la francesa, y unos cuantos pollos fritos eran el preámbulo al episodio marcado para muchas como la hora del terror. Terror sin antifaz, pero siempre con una caja de condones aunque fueran de aquellos malitos “Made in Cuba” y distribuidos a goteo en las farmacias del vecindario.
Los cuartos listos. Cada noche, la señora de la casa se iba a dormir con la vecina, el hermano de su esposa, para casa de su novia, y el suegro para casa de la amante aunque le decía a su mujer que trabajaba como velador en una fábrica de bloques. La cosa era que las tres recámaras quedaran listas para recibir a los turistas de los cuales uno dormiría con su amada mujer.
Así era él. Un tipo sin escrúpulos, que vendía a 2 o 3 chicas ― incluyendo a la suya ―por 40 dólares la noche. Un tipo que pudo usar a su familia política como marioneta a sus antojos. Su suegra, su cuñado y su suegro recibían 5 dólares cada uno por prestar la casa y desaparecerse al llegar los marineros. Las chicas, recibían 30 cada una y él se buscaba 15 por quedarse sentado en la sala tomándose unas cuantas cervezas y esperando que llegara la hora de regresar a los bugarrones filipinos a su bendito tanquero invitándolos a que repitieran varias noches su aventura sexual por tierras caribeñas.
Así quedó ella. Mal usada y dolida en una juventud que se escapaba sin medida. Sus tiernos 23 añitos se mezclaron con la rabia, con los golpes de la vida, con el tétrico sarcoma que anunciaba que un síndrome adquirido invadía su sistema inmunológico. Aunque según él la obligaba a usar condones Made in Cuba. Su muerte llegó sin remedio. Sus dólares quedaron en los bares y en las arcas de tiendas que se encargan de exprimir sin valor de cambio la moneda.
Él sufre hoy su perdida en silencio, esperando que llegue el día del rencuentro, aunque allá en el cielo la ponga de nuevo a Jinetear. 

Encuentros




I

Todos los días a las seis de la tarde, Sócrates García entraba a la misma cantina, saludaba a los presentes que como él repetían su misma costumbre, y luego se dirigía a la barra. « ¿Lo mismo de siempre?» ― preguntaba Olegario, más por costumbre que por querer saber lo que iba a beber Sócrates. « ¡Clarinete!»Respondía el recién llegado y la vieja figurilla delgada, que increíblemente rascaba los 70 años, se agachaba y sacaba debajo del mostrador una botella de aguardiente “Coronilla” y le servía un trago doble en un vaso de vidrio. Sócrates se la bebía de un sorbo, hacía entre diez o doce muecas y exclamaba: « ¡Yo no sé que cojones le echas a esta cosa, pero cada día huele más a líquido de limpiar bujías!» El cantinero soltaba una carcajada mientras le servía la segunda dosis, idéntica a la primera, y repetía cada día la misma frase. « ¡Eso es lo que hay! Y mejor no protestes que para inflamarse el hígado da igual cualquier cosa.» Luego bajaba la botella a su lugar de origen y Sócrates se bebía el contenido del vaso, pagaba, decía «Hasta luego», se daba media vuelta y se marchaba.
II

― ¡Pobre hombre! ― Exclamó el jefe de recursos humanos al escuchar los ronquidos de uno de sus empleados, quien recostado al escritorio y sobre una almohada de papeles, echaba un profundo sueño. ― Parece que no duerme bien. Pero no puedo regañarlo, es el tipo de empleado que cumple con todo lo que tiene que hacer con una eficacia que ya quisiera yo que todos trabajaran como él.
― Sí, es muy raro. ― comentó la asistente del jefe. ― Día por día, faltando diez minutos para la seis se recuesta y nada más cierra los ojos enseguida se oyen esos ronquidos que parecen truenos. Al principio yo intentaba despertarlo pero se molestaba, así que me di por vencida y opté por dejárselo a Doña Carmen, la señora que hace el aseo. Ella dice que se despierta automáticamente diez minutos después de las seis, recoge todo y se marcha.
― ¿Algún trabajador se ha quejado? ― preguntó el jefe.
― La verdad, no. Más bien se ríen de él. Ya hasta le dicen el bello durmiente.
El jefe dejó asomar una sonrisa al tiempo que cerraba la puerta del departamento. Ya en el pasillo se cruzaron con Doña Carmen y sarcásticamente le dijo:
― Ahí le encargo al bello durmiente.

III

Una tarde, Sócrates llegó a la cantina a la hora de siempre, saludó a los presentes y se dirigió a la barra. Ahí se topó con una gran sorpresa. El cantinero no era Olegario. « ¿Dónde está el viejo?» Preguntó.
Todos los presentes se pusieron de pie y en un desfile silencioso fueron saliendo de la cantina. El cantinero esperó unos minutos y cuando quedaron solos, le entregó una carta en un sobre cerrado.
“Querido hijo, ha llegado el momento de mi partida. Sé que para ti será muy duro, pero no podemos seguir en esto. Te estoy haciendo demasiado daño. Llevamos muchos meses repitiendo esta rutina y ni tan siquiera nos decimos nada interesante. Sólo te has aferrado a la idea de verme por unos minutos y creer que con eso me tienes a tu lado. Por otra parte siento que estoy envenenándote el hígado al servirte ese horrible aguardiente. El mismo que me llevó a la tumba.”
Sócrates rompió en llanto al tiempo que era sacudido por los hombros bajo la fuerza de unas rudas manos de mujer. Era Doña Carmen.
― Señor, señor… ¿Qué le pasa?
Sócrates levantó la cabeza sin responder y medio adormilado y lloroso se puso de pie y se abrazó de la señora, quien amablemente le correspondió con inusitada ternura al tiempo que murmuraba: « ¡Qué raro. Hoy no huele a aguardiente!»

viernes, 7 de diciembre de 2012

Trayectoria Bumerán


Se puso de pie y llamó al mesero. Pagó la cuenta y miró a las cuatro mujeres que aún quedaban sentadas a la mesa. Con su vista las recorrió una a una. En todas se mostraba el entendimiento, la solidaridad y el dolor que las unía. Todas, sin excepción habían pasado por lo mismo: víctimas de la misma persona.

Pensó por un momento en cuanto le había costado convencerlas. Tres semanas de llamadas telefónicas fueron eternamente largas pero suficientes. En cada llamada tropezaba con una muralla de desconfianza mezclada con sorpresa. Todas pensaban que ella era igual que su marido. Una le achacaba culpas por haber sido cómplice de los infortunados ataques que había recibido después de su separación. Otra odiaba la imagen que se había imaginado de ella, sin ni tan siquiera haberle visto nunca el rostro. Pero se hizo justicia y allí estaban todas. Era evidente que aquellas cuatro mujeres habían sufrido un fuerte daño psicológico. Se les podía leer en sus tristes expresiones. Habían sufrido de todo; humilladas, ultrajadas, usadas y para colmo, culpadas de no haber sabido llevar una relación. En sus historias se reflejaba claramente un mismo patrón. Sus actitudes se habían vuelto defensivas, sus gestos duros, sus sonrisas parecían muecas. Sus autoestimas; pisoteadas. Todavía el daño parecía latente. Pero allí estaban. Quién sabe si alegres o abochornadas por haber confesado sus verdades y haber decidido separar de sus vidas el inmenso dolor que aún las consumía. Pero de algo había servido: Ahora no se sentían ni tan malas, ni tan culpables.

Se despidió con un “Hasta la próxima, gracias por todo” y se alejó del lugar. Su rostro parecía complacido. Sus ojos volvieron a brillar como si toda la autoestima perdida emergiera en cada segundo desde lo más profundo de su interior. Alzó la mirada y caminó erguida hacia donde tenía estacionado su coche. Pensó en su marido. Suspiró y le balbuceó entre dientes: “¡Pobre de ti  deberían haberte enseñado la diferencia entre ganar y perder. Yo fui la que me salí y créeme, ya eso es una victoria!”. Introdujo la mano en su bolsa y con sus finos dedos acarició las pruebas más contundentes que pondrían fin a tanto chantaje, pero sabía que no valía la pena embarrarse por tanta porquería. “Me conformo con saber toda la verdad. Que sea la siguiente la que le ponga el alto o que siga desgraciándole la vida a los demás.”. Se paró frente a un contenedor de basura y ahí las echó. Volvió a sonreír.

Atrás quedaron las otras cuatro. Alguna todavía no salía de su asombro. Pero todas estaban satisfechas de que el Bumerán Kármico se estaba regresando.

*** 

Ella entró a su recámara y recogió todo lo poco que tenía. Estaba decidida. Lo único fuerte que le quedaba, era un poquito de su identidad y una pequeña porción de amor por sí misma. Era suficiente. Sonrió y pensó: Las carencias, las insatisfacciones, las decepciones, frustraciones y el sentirse engañada, eran ya parte de un bulto lanzado al olvido. Olvidar es dejar de recordar, no sólo lo que se fantasía en la mente y nunca fue real, sino también aquellas cosas que siendo reales debemos lanzarlas al género de la ficción y por decreto divino arrancarlas de raíz. “Lo que no fue, no debe hacernos daño. Lo que fue e hizo daño, debe ser separado por completo”.

Se dirigió al estudio, tomó una hoja de un cuaderno y escribió: “La Ley del Karma te controlará y vigilará a cada momento y no olvides que cualquier acto bueno o malo de nuestras vidas tiene sus consecuencias. Todo el mal que has hecho algún día lo vas a pagar y todo lo bueno que has hecho por supuesto que te será recompensado. Dios nos dio ese libre albedrío y podemos hacer lo que queramos, pero de todos tus actos tendrás que rendir cuentas ante la justicia divina. No lo olvides. Deja de reclamar lo que no has dado. Anhelas dichas inmensas cuando has sido el origen de muchas desgracias…”

Dobló el papel en cuatro y lo dejó en un lugar visible para que el destinatario pudiera leerlo. Se dispuso a llevar las cosas a su auto. No hizo falta mucho tiempo. Cerró el maletero y su vista se posó en el balcón de lo que fue su recámara. Buscó en su mente los buenos recuerdos. No fueron muchos. Estaba segura que justamente al otro día, la siguiente víctima estaría ocupando lo que fue su espacio. Primero la engrandecería de tanta admiración y luego, cuando el tiempo oxidara al pequeño presente la dejaría caer aplastándole el ego, convirtiendo en defectos lo que vio como virtudes hasta exprimir totalmente su existencia.

Se subió al coche y antes de tomar las llaves sacó de su bolsa un sobre ya abierto. Releyó el resultado de las pruebas de ADN que hacía unos momentos el doctor le había entregado y sonrió con un gesto verdaderamente macabro. Con la mano libre acarició su vientre tratando de transmitirle al hijo del mejor amigo de su ex-pareja que esperaba en su vientre, la confianza de que contaba con ella. “No te preocupes, no eres de él, pero lo dejaremos en la ruina. Tú serás su bumerán”.
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