jueves, 25 de enero de 2018

Entropía


Un poco contrariado Raúl se puso de pie y se dirigió a la ventana del bunker. Contemplaba el exterior con cierto aire de desconsuelo. Su vista se perdía entre las grises nubes que desde temprano cubrían el cielo de Miami. No pudo discernir si estaban grises por alguna causa climática o por su estado de ánimo. Sentía un profundo pesar por ver en que se había convertido ese místico espacio en el que cada mañana disfrutaba saludar a sus amigos, compartir un pensamiento, una opinión, una de sus obras o simplemente invertir los primeros quince minutos de la mañana en curiosear que estaba pasando a su alrededor.
«¿A dónde iremos a parar?» se preguntaba mientras se dirigía a unos de los anaqueles en que guardaba varios bastidores de lienzo de 1.20 metros de ancho por 0.60 metros de alto. Tomó uno y lo puso en el caballete. «Todo debe ser en tonos grises y negro» pensó mientras escogía los tubos de colores que utilizaría. Seleccionó varios pinceles de diferente grosor y comenzó a mezclar sobre la paleta los dos colores que utilizaría para obtener las tonalidades del gris que quería plasmar en su pintura.
Se paró frente al caballete e imaginó en lo que quería convertir a aquel lienzo blanco que tenía frente a sí. Poco a poco las ideas iban brotando de su mente un tanto convulsionada.
—A la izquierda concentraría a los hombres que solo tendrán un solo brazo; el izquierdo, un solo ojo; el izquierdo, y la mitad del cerebro; el hemisferio izquierdo. Estos hombres estarían mirando todos hacia la izquierda —dijo entre dientes.
—A la derecha concentraría a los hombre que solo tendrán un solo brazo; el derecho, un solo ojo; el derecho, y la mitad del cerebro; el hemisferio derecho. Estos hombres estarían mirando todos hacia la derecha —se dijo en voz alta mientras empezaba a pintar.
Y así la idea se fue visualizando el lienzo. Los extremos de dos polos que mostraban rostros irreconciliables. Entre ellos se intercalaban espacios en blanco que después serian llenados. Todavía no sabía a ciencia cierta en que los ocuparía, pero estaba seguro que vendría ese rayo de lucidez, tal vez en el mismo tono de grises o quizás en algún tono menos dramático.
El cuadro empezaba a tomar forma y mientras más dibujaba más se parecía a un recipiente completamente cerrado que contenía moléculas atraídas hacía los extremos por una fuerza externa dominante que imprimía inmovilidad y cautiverio. Un escenario en contra de la segunda ley de la termodinámica.
«Las personas en este cuadro tienden a una disminución entrópica cuando lo natural es todo lo contrario» pensaba mientras terminaba de contornear al último hombre del lado derecho.
«Necesito moverme en el sentido natural de los procesos» gritó mientras volvía al anaquel donde guardaba las pinturas. Seleccionó los tres colores primarios, rojo, azul, verde y los fue vertiendo sobre la paleta.
«Ahora, rellenaré los espacios vacíos con hombres que tienen dos brazos, dos ojos y el cerebro completo, que será de color amarillo como si fuera un foco que ilumina inteligencia. Los que tengan pensamientos de izquierda les dibujaré el brazo izquierdo de rojo y a los de derecha les dibujaré el brazo derecho de azul. Estos miraran en todas las direcciones simulando un movimiento caótico natural, mostrando que las personas inteligentes, sean de la corriente ideológica que sean pueden convivir en armonía. Mostrando que se pueden respetar los unos a los otros y respetarse a sí mismo». Murmuraba entre dientes mientras se dirigía al caballete.
Raúl se paró frente al cuadro a imaginar su idea.
«¡Genial!» exclamó mientras su mano derecha pensante, empezaba a convertir en realidad sus sueños; romper lo inamovible de las corrientes ideológicas predominantes. Volver a lo entrópico de la política y de la vida.
Dos horas más tardes el cuadro estaba completamente terminado. «Ahora solo falta el título» pensaba mientras se sentaba en su computadora, abría su muro de facebook y escribía: «Si usted piensa que Donald Trump es un hijoeputa porque es usted un hombre de izquierda, le informo que usted puede seguir siendo mi amigo, incluso me puede saludar y hasta podemos tener una inteligente conversación. Podemos salir a tomarnos unos tragos (Si usted paga, por supuesto) y si necesita mi ayuda y está en mis posibilidades cuente con ella. Yo pensaba lo mismo de Obama, por ser yo un hombre de derecha,  y nunca lo elimine de mis amigos del Facebook»
Cerró su muro, se puso de pie y caminó lentamente hacia su bella Isabella quien contemplaba atónita el cuadro recién terminado.

—Le llamaré Entropía Ideológica —le dijo mientras la abrazaba. 

miércoles, 24 de enero de 2018

Monólogo de Pepe el Salao: Acto I.

Monólogo de Pepe el Salao: Acto I. (Si Hamlet hubiera nacido en Cuba y Shakespeare viviera en el exilio)



Ser o no ser, he aquí la cosa.

¿Qué es más elevado para el espíritu, sufrir los palos y arpones de esta insultante dictadura o tomar de una vez las armas en contra ese charco de calamidades y dar la cara para acabar con ellas? Morir..., morir por la patria es vivir; qué coño es eso. Si muero para que quiero patria ¡Y pensar que ni con soñar podemos dar fin a tanta angustia y a las miles de carencia naturales como por ejemplo, la falta de la carne! ¿Carne? He dicho carne… oh aquí no hay carne… ¡He aquí un término devotamente apetecible! ¡Morir... dormir, tal vez soñar que comemos! Morir con el estómago vacío ¡Si, ahí está el obstáculo! Pues es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños tan simples, no pueden sobrevivir en una isla donde la muerte es el único escenario, y lo peor, que cuando nos hayamos liberado del torbellino de esa dictadura, a lo mejor ya estemos muertos.

¡Esta es mi pregunta ¿qué da tan larga vida a este infortunio? Pues ¿Quién soportaría: los ultrajes y desdenes del castrismo, los agravios del dictador y su familia, las afrentas del soberbio, los tormentos del amor en tiempos especiales, la indiferencia del Papa, las insolencias del poder y los desdenes que el paciente mérito recibe de ese hombre indigno, cuando uno mismo podría procurar su reposo con un simple perfilo cortante? No existen otros. Solo nosotros los cubanos soportamos tales ultrajes. ¿Quién querría llevar tales cargas? Como gemir y sudar cuando haces el amor en medio de un apagón, limpiarte sin papel y comer sin comida. ¿Será el miedo? miedo a algo tras la muerte, o al incognoscible calabozo de Villa Marista, umbral de los que pocos viajeros regresan. ¿Es miedo el que desconcierta nuestra voluntad y nos hace soportar los males que nos afligen, antes de lanzarnos al exilio? Así la conciencia nos vuelve cobardes a todos y así el primitivo matiz de la revolución desmaya al pálido tinte del pensamiento, y las ansias de libertad. Por esa consideración, tuercen su curso y nos hace seguir siendo esclavos.


Oh ninfa mía… deja ya de jinetear y agarremos una balsa para irnos pal carajo.

domingo, 21 de enero de 2018

Mundos Paralelos XVII: Buscando semejanzas...


—Siempre lo he dicho Luisito. Mi revolución es muy semejante a la que hicieron en tu país.
—Mira, te cuento un poquito de nuestra historia para que te des cuenta que no se parecen en nada. Yo, fui coronado en medio de una crisis financiera en la que mi país se encontraba muy cerca de la bancarrota. Nos metimos en la Guerra de los Siete Años y en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. Los ingresos de mi reino, en aquel entonces, provenían de los impuestos sobre los campesinos y burgueses, y estos que formaban parte del tercer Estado, decidieron reformar el sistema a través de una Asamblea Nacional.
—Eso mismo hice yo, aunque debo confesarte que no entendí eso del tercer estado… ¿Me lo explicas Luisito?
—Es obvio que no puedes entenderlo.  Mira, el «Primer Estado» era el clero, el «Segundo Estado» estaba constituido por la nobleza, y el «Tercer Estado era el pueblo». Fue entonces que el 17 de junio de 1789, los representantes de ese «Tercer Estado» se separaron de los Estados Generales y se constituyeron como Asamblea Nacional, que luego el 9 de julio se autoproclamó como Asamblea Nacional Constituyente, con el propósito de crear una nueva constitución.
—¿Y tú lo permitiste?
—Traté de impedirlo, pero mi gente era muy diferente a la tuya. Cuando destituí al ministro de finanzas Jacques Necker, la caña se me puso a tres trozos. Los liberales se encontraban enfurecidos por el temor que una concentración de tropas reales, llevadas a Versalles desde destacamentos fronterizos. Sabían que podría disolver la Asamblea Nacional Constituyente, que en ese momento, se encontraba reunida en el Versalles.
—Ese Versalles nos ha traído muchos problemas a nosotros. ¡Siguen las similitudes caray!... pero sigue ¿Y qué pasó después?
—No me refiero al Versalles de la calle 8. Ya deja de culpar a la mafia de Miami. Lo mío fue distinto. Un tal, Camille Desmoulins, que para entonces era un «abogado» poco conocido— igual que lo eras tú cuando se te metió en la cabeza que eras un revolucionario —, se subió sobre una mesa en las afueras del Café du Foy e hizo un apasionado discurso  llamado a las armas. El llamado de Desmoulins a las armas fue efectivo. La multitud en el Palacio Real consideró factible la idea de una inminente masacre y tomaron rápidamente las armas, formando disturbios que se extendieron rápidamente por todo París.
—¿Fue entonces que ocurrió la toma de La Batiste?
—No, no se llamaba La Batiste, era La Bastille. Ese afán tuyo de buscar similitudes…, la toma de La Bastilla fue el 14 de julio de 1789 cuando un grupo armado de varios cientos de personas tomó por asalto la fortaleza de la Bastilla. Las defensas de la Bastilla consistían en unos 30 guardias suizos y alrededor de 85 minusválidos «soldados veteranos no aptos para servicio de campo». Los asaltantes se encontraron con la sorpresa que para esa fecha, en la Bastilla se encontraban solo siete prisioneros «cuatro falsificadores, dos “lunáticos” y un aristócrata “pervertido”» y que a ninguno podrían calificar como presos políticos o disidentes. Pero eso no fue impedimento para que ellos continuaran y alrededor de las 3p.m. los atacantes fueron reforzados con los guaridas franceses que se habían amotinados. El gobernador de la Bastilla, Marquis De Launay, ordenó un cese al fuego a las 5:00 p.m. y una carta con sus términos de rendición fue entregada a los atacantes a través de una «brechabastille» en la puerta interior. Sus demandas fueron rechazadas, pero De Launay igualmente capituló, dado que con una limitada reserva de alimentos y sin suministro de agua sus tropas no resistirían por mucho. De Launay abrió las puertas al patio interno, y los asaltantes entraron a “liberar” la fortaleza a las 5:30 p.m.
—Por eso adoro al pueblo francés… fueron los primeros revolucionarios de la historia.
—No vengas a tratar de adular a mi pueblo con frases trilladas, eso mismo dijiste de Jesús de nazareno cuando lo quisiste bautizar con que había sido el primer revolucionario de la historia. Pero sí, tengo el honor de decirte que la toma de la Bastilla adquirió un enorme significado simbólico y lo reconozco aunque me haya perjudicado. A pesar que solo se liberaron a siete prisioneros, y que ninguno podría haberse catalogado de prisioneros políticos, de disidentes, revolucionarios u opositores, un violento pueblo sublevado demostró lo que era capaz de hacer.
—Es que cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla.
—Eso me gustaría que hiciera tu pueblo que lleva casi 60 años bajo una dictadura, que tiene una crisis económica enorme, que tiene una asamblea nacional, claro sin los tres estados que tenía la francesa, que ganan míseros salarios, que no tienen libertad y que nadie se puede subir en una mesa frente al palacio de la revolución y llamar a las armas por la libertad de Cuba, como lo hizo Camille Desmoulins en 1789…, cojones Fidel, por menos que eso, en 1792 se acabó mi reinado y tanto yo como mi esposa María Antonieta y mis hijos, fuimos despojados de nuestros títulos nobiliarios y nos mandaron a la guillotina en 1793. Esos revolucionarios me acusaron de traición. ¿Por qué tu pueblo no lo hace hoy con tu hermano ni lo hizo contigo, ni con tus hijos que roban y pasean el mundo entero con el dinero que le corresponde a tu pueblo?
Fidel bajó la cabeza y caminó unos pasos sobre aquel campo de nubes grises. Luego miró fijamente al antiguo monarca Luis XVI quien le exigía una respuesta.
—Esa fue mi ventaja. En tus tiempos todavía no había triunfado la gran revolución rusa. Te faltó colmillo y tiempo Luisito. El pueblo cubano jamás hará una revolución en contra de mi hermano y de mis ideales, porque yo los hice esclavos y sumisos. Los hice amarme, pero no amar a su patria. Los hice simplemente así: Sin patria pero con amo...
—Ves por qué no se parecen en nada…— dijo Luis XVI mientras se marchaba y lo dejaba con la palabra en la boca. 

martes, 9 de enero de 2018

Entrevista de Ángel Velázquez a Carlos Alberto.


Leyendo la edición CAAW sobre la novela Epitafio para un sueño, segunda novela publicada por  Carlos Alberto, no puedo pasar por alto sentarnos a la distancia y hacer una entrevista a propósito de la historia y de su autor. Un Físico, graduado del ISP Feliz Varela en Villa Clara, Cuba y devenido en escritor y agente inmobiliario.

Ángel Velázquez (AV): Tuve el gusto de leer tu novela. Sin dudas se trata de una narrativa juiciosa, elegante y penetrante. En ella me encontré a tres personajes que me llamaron mucho la atención. Empecemos por el protagonista: ¿Quién es Pepe el Salao?

Carlos Alberto (CA): Pepe el Salao es un personaje de ficción que cuenta historias reales de muchos amigos y mías propias. Pepe es el cubano de a pie, “Salao” por la naturaleza del entorno vivido en Cuba, no solo en los años 90’s, tiempo en que se enmarca esta historia, sino desde los primeros años de la revolución. Es el cubano que empieza siendo manejado y un buen día descubre que ha sido engañado por años. Pepe es el cubano que depende de una guagua, de una bicicleta, el cubano que vive 18 horas de apagones y que cuando abre el refrigerador no encuentra lo que quiere comer, el cubano que sobrevive en un sistema que lo ha perdido todo, hasta la credibilidad. Pepe es el cubano que no puede irse de vacaciones a un hotel nacional porque solo son para turistas extranjeros. Pepe el cubano que estudió una carrera universitaria y una vez que se gradúa tiene que trabajar en lo que el gobierno quiera y no donde él se sienta satisfecho. Pepe es el cubano que vio a una hermana, a una amiga o incluso a su propia mujer, tener que meterse a jinetera para conseguir unos dólares y tener una vida un poco diferente. Pepe es el cubano que ganaba en moneda nacional y tenía que comprar en dólares. Pepe es todo aquel que se identifique en este personaje, incluyéndome por supuesto a mí.

AV: El segundo personaje es la voz que nos guía a lo largo de toda la novela. ¿Quién es Carlos?

CA: Carlos, es mi otro yo. Es el que sale a estudiar y decide no regresarse. Es el que escribe la historia, es el que se enfrentó a todos los demonios que nacen cuando decides convertirte en un exiliado, el que se convierte en unos minutos en traidor a la patria, en una escoria, por el hecho de decidir donde es mejor para él su vida. Carlos es el que sufre las venganzas de un sistema que no solo te obliga a separarte de la familia, sino que además te impone y te castiga con leyes migratorias que solo están hechas para reprimir al cubano y arrancarlo de lo más valioso que existe para una ser humano; su familia. Y así se cumple el objetivo de todo sistema dictatorial: divide y vencerás.

AV: Y el tercer personaje es el antagónico, por llamarlo de alguna manera. ¿Quién es Ana Bárbara?

CA: Ana Bárbara es un personaje en el que se funden muchas historias. Tuve una vecina a la que vi crecer criada en el seno de una familia humilde y de una moral muy conservadora. Un día, cuando esa niña cumplió sus 18 años, sobre esa familia se nubló el cielo. Creo que cuando cuento el sufrimiento de Pepe porque su mujer lo dejó, cuento el sufrimiento de ese padre cuando se enteró que esa niña a la que vimos crecer se había metido a Jinetera.
Ves cómo viven el duelo y ves además como ese duelo se va convirtiendo en aceptación y más tarde en una complicidad. Ves cómo evoluciona el pensamiento y la niña que era criticada y juzgada ahora se convierte en el sostén de la familia. Al final te das cuenta que en esa época en Cuba (mucho menos hoy)  ni con principios ni con moral podías ir a comprar un kilo de carne al mercado. Hacía falta «el fula» y tenías que tener un medio para conseguirlo. Es triste ver como se prostituye una hija, pero también tienes que sobrevivir.
En Ana Bárbara también se representa a muchas amigas que por el día jugaban el papel de la estudiante abnegada que cumplía con todas las tareas de la escuela y por las noches se vestían de putas para buscarse unos pesos. En ese tiempo cobraban 40 dólares por unas horas. Esos 40 dólares no los ganaba yo en un año, sumando el salario de cada mes.

AV: Me gustaría saber un poco de ti. ¿Quién es Carlos Alberto?

CA: Un tipo cualquiera que siempre ha dicho las cosas como las piensa y es por eso, que siempre lo he considerado mí mejor amigo, al que conocí un día de noviembre del año 58 y que siempre ha estado conmigo durante todos estos años.

AV: El ensueño del condicionamiento constituye para mí como lector, el pecado original de Epitafio para un sueño y médula espinal del impulso narrativo de la novela. Una historia en donde Pepe el Salao, narra con lujo de detalles desde una perspectiva crítica, la formación y evolución del castrismo en Cuba hasta nuestros días. Con pluma ágil y clara, tú desmenuzas cómo y con cuantas mentiras, los castristas, se apoderaron de la nación cubana y la sometieron a los designios macabros de la dictadura comunista. ¿Cuándo dejaste de creer en ese sistema?

CA: Como la gran mayoría de mi generación, dejamos de creer en la revolución cuando sentimos coaccionada nuestra libertad. Fuimos jóvenes formados en la revolución, pero fuimos jóvenes pensantes y rebeldes.
Cuando te das cuenta que no puedes ser porque no te dejan ser, empiezas a cuestionar muchas cosas.
Creo que por respeto a mi padre y por no sumarle un sufrimiento más a las muchas discusiones que tuvimos por cuenta de su revolución, fui un poco más prudente. Pero cuando vives en carne propia que esa revolución que mi padre tanto defendió y para la que vivió fue la misma que lo orilló a quitarse la vida, entonces te conviertes en una víctima de ese sistema.
Ese año que mi padre se quitó la vida, le declaré la guerra a su revolución.

AV: ¿Cómo y cuándo llegaste a México?

CA: Llegué a México en agosto del 95. Vine a estudiar un doctorado a la UNAM y aquí me quedé. Este país me abrió sus puertas a un mundo de posibilidades y le estaré eternamente agradecido y desde el mismo primer día que puse un pie en México, supe que jamás regresaría a Cuba.

AV: ¿Nunca has pensado venir a vivir a Miami?

CA: Por pensar no se paga. Lo he pensado muchas veces, pero cuando formas una familia y cuando tienes un negocio propio, ya piensas más en el hecho de empezar de cero en otro lugar. Miami, me fascina y al mismo tiempo me da miedo porque Miami tiene la peculiaridad que cuando llegas y la vives, nadie se quiere ir de Miami.
Allá tengo a mis mejores amigos, con los que crecí, con los que estudié, con los que pasé los mejores momentos de mi adolescencia. Pero ya es un poco tarde y no se tiene la juventud necesaria para empezar desde cero a rehacer una vida. Tal vez Miami sea parte de mi jubilación, cuando decida no trabajar más y dedicarme solo a la escritura. Pero creo que para eso todavía falta un poco de tiempo.

AV: Volviendo a la novela Epitafio para un sueño, he podido constatar que es un hábil testimonio que reflexiona sobre los mecanismos dictatoriales y comunistas, la manera de como desterraron de Cuba el derecho a la expresión pública, estableciendo la censura ideológica en todas las esferas de la vida cubana. Escrita retrospectivamente, haciendo uso de la memoria y la experiencia individual, Pepe se expresa a través de su personaje. ¿Por qué decidiste comenzar la novela justamente un 26 de noviembre del 2016 a las 12:05 a.m.?

CA: Se dieron muchos factores para comenzar con esa retrospectiva y empezar en el presente e ir navegando a través de la historia vivida. Yo había estado en Miami en noviembre del 2016 para presentar mi primera novela llamada 2x2 no siempre es 4. Había vivido una experiencia verdaderamente inolvidable al rencontrarme con amigos que hacía más de 30 años no veía. Amigos que fueron parte de toda mi adolescencia y un poco más. Esa fue la primera razón.
La segunda causa fue que a esa misma hora en la que empieza la novela, recibí una llamada telefónica desde Miami. Un gran amigo me despertaba para darme la noticia que había muerto Fidel.
Ese fue el colofón para darle esa forma a Epitafio para un sueño. Traté de regalarme el sueño de celebrar con todos ellos que ya había muerto, aunque no de la forma que muchos hubiéramos queríamos, el hombre que nos causó tantos sufrimientos. Y con ese hecho, cerré el círculo para redondear la historia. Y así salió Epitafio para un sueño.

AV: ¿Por qué escoges el año 94 como el tiempo en que se desarrolla la historia?

CA: El año 94 fue un año duro en mi vida y en la de los cubanos. En ese año viví un divorcio y lo asocié con el drama que vivía Pepe el Salao en la novela, a quien su mujer lo había dejado para meterse a jinetera. Pepe se pierde en el sufrimiento de ese amor y se entrega a la bebida y descuida por completo a su vida y su salud. Algo parecido viví en ese año. Sumado a que en el 94, como ya te conté, fue el suicidio de mi padre.
También en el 94 sucedieron los hechos del Maleconazo en La Habana y el hundimiento del remolcador 13 de Marzo. Sin lugar a dudas, ese año me marcó muy fuerte y es por eso que decidí inspirarme en esos tristes momentos.
 
AV: Como casi todo un historiador de las mentalidades, extraes de la historia transcurrida el lenguaje necesario para expresar, en la estructura narrativa de la novela, todo tipo de caracterización intrínseca al régimen totalitario: la falta de libertad, la angustia y la desesperanza en el porvenir. ¿Siempre te inspiras en la tristeza para escribir?
CA: No siempre. Aunque creo que la tristeza es un buen punto de partida si quieres darle a una novela los ingredientes necesarios para formar una buena trama. Y en el caso específico de esta historia; la falta de libertad, la angustia y la desesperanza han formado a los largo de estos 59 años de revolución, un factor común en los cubanos. Son parte de nuestra vida. Creo que todos los que tuvimos la suerte de escapar de Cuba, llevamos en nuestro ADN a esos tres elementos que nos acompañaron durante nuestra vida en Cuba, e incluso estando fuera nos tocan, porque dejamos a nuestra gente atrás, a nuestros hijos, a nuestros padres, y mientras ellos no salgan, te acompañan en tu ya libre andar. Es muy difícil para un exiliado, desprenderse totalmente de ese pasado. Es una carga que llevamos en nuestras espaldas.

AV: Hay una frase que usas en la novela que en lo particular me gustó mucho: “Existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo” Aquí se me ocurren dos preguntas: ¿Lo has experimentado en tu vida personal? y ¿Por qué lo usas en la novela?

CA: Claro que lo he experimentado. Mientras viví en Cuba lo tuve que hacer. Fingir que eras feliz y para eso tenías que hacerte el idiota. De hecho hay un fragmento de una conversación entre Pepe y Pedro, un médico de la familia que vive totalmente frustrado, donde se ilustra un claro ejemplo de esta frase:
“Vivimos en un país donde, para sobrevivir, hay que estar siempre fingiendo. Yo vivo fingiendo, diciendo cosas que ni yo mismo creo, pero que es necesario que se oigan. Todos fingen y así nos pasamos la vida, para que el sistema y su camarilla de chivatos crean que somos uno más de los suyos. Si no fingimos, no sobrevivimos. Ya viste por todo lo que pasó mi hermano por decir lo que pensaba. Pero te juro, Pepe, que ya estoy cansado de fingir que me siento el mejor médico del mundo en este consultorio de mierda, cuando hubiese querido especializarme en medicina interna y por capricho de tu presidente tengo que esperar a terminar esta especialidad de médico integral de familia. Finjo que soy feliz cuando tengo guardia en el hospital y me meto 24 horas trabajando, y cuando termino la guardia y llego aquí, tengo diez pacientes esperándome sin que me permitan dormir, al menos, un par de horas. A todos les muestro una sonrisa, cuando en realidad vengo que no puedo ni con mi vida. Pero tienes que fingir. Yo finjo, tú finges, todos fingimos. Hasta los dirigentes fingen. Por eso yo, ¡ya me cansé!”
Y claro, mientras finjamos y no seamos cómplices de esa dictadura, todo es entendible. El cubano de adentro no tiene muchas opciones, más que caer en la terrorífica máquina de moler carne que usa la dictadura.
En cuanto a la segunda pregunta no puedo darte muchos detalles porque sería revelar un poco el desenlace de la historia, pero Pepe tiene que hacer uso de esa frase y fingir que ha perdonado a la mujer que le destrozó la vida. Y es ahí donde juego un poco con ese eterno rencor que hemos vivido los cubanos, durante todos estos años de dictadura en la Isla. Esa ridícula formula que ha usado el gobierno de dividir a los cubanos en dos bandos. Los buenos y los malos. Los revolucionarios y la gusanera. Los hijos de revolución y la mafia de Miami. Cosa que también hemos aplicado nosotros en el exilio. Y ahí es cuando viene el gran dilema para Pepe. ¿En qué bando estoy ahora? Y esa encrucijada en la historia, nos lleva sin dudas a la reflexión en términos del perdón. ¿Algún día podremos perdonar todo el daño que nos han hecho? Y ahí se queda abierto un poco el final de la novela para poder dar entrada a la segunda parte de esta historia.

AV: Entonces ¿habrá otra parte de Epitafio para un sueño?

CA: De hecho ya está escrita. Esta novela se mueve entre el año 2017 y el año 1994, pero queda un hueco en ese lapso de tiempo en el que no se sabe cómo vivieron esos personajes que logran huir de Cuba y como estando ya en exilio, siguen siendo víctimas de esa dictadura.

AV: Una pregunta obligada. Ya pasó un año de la muerte de Fidel y en Cuba nada parece moverse. ¿Vislumbras algún cambio importante para los cubanos a corto plazo?

CA: A veces odio mucho ser fatalista y no creer que las cosas puedan cambiar en la isla, pero ellos mismos nos llevan a seguir dudando que mientras los Castros sigan en el poder o cualquiera que llegue que sea un títere del castrismo, en Cuba, como dice la canción, el cuartito estará igualito.

AV: ¿Dos escritores cubanos que hayan sido un referente para ti?

CA: Eliseo Alberto (Lichy) y Reinaldo Arenas. A este último hago un pequeño homenaje en Epitafio. Al comienzo de cada capítulo coloco uno de sus poemas. Creo que Reinaldo Arenas fue uno de los primeros “Pepe el Salao” de los tantos que hemos existido en la isla.

AV: ¿Un escritor no cubano?

CA: John Katzenbach.
AV: ¿Escribes poesía?

CA: No puedo llamar poesía a lo que escribo por respeto al género y a los poetas. Le he escrito muchas a mi esposa pero sin técnica, solo con sentimientos. Son poemas que han surgidos entre ayes y gemidos.

AV: ¿Cómo defines el  termino Cubanidad?

CA: Es la esencia o la individualidad dentro de lo universal. Es lo que nos diferencia del resto del mundo incluso no estando en Cuba. Es la comida, es el bolero, es el son cubano. Es el amor a la bandera y a la patria, es el sentirse cubano donde quiera que uno esté.
Es también odiar a quien oprime y roba nuestra libertad.
Es el vibrar cuando ves el éxito de un cubano. Es en esencia, la calidad de esa cultura que nos distingue y la hace peculiar.
La cubanidad está también en nuestro café negro, en nuestro tabaco, en el guarapo. En el sol y en nuestras playas, es por último el exilio lleno de añoranzas.

AV: Por último, ¿Algún agradecimiento especial?

CA: No podría cometer el pecado de dejar de mencionar a personas importantes en este andar literario.
Primero a un gran amigo, Denis Fortún, sin él no hubiera conocido a Yovana Martínez que creyó en mí como escritor. Gracias a ella empezamos a darnos a conocer y el resultado ya es notable. Ella me abrió las puertas que nadie, ni notables escritores del exilio, habían querido abrirme.
Quiero agradecer a todos los amigos que son parte de esta historia de Epitafio y se convirtieron en personajes entrañables de la novela. Jacobo, Rey, el Yankee, Orbe el flaco, que aunque aparecen con otros nombres, sus vivencias bajo el yugo de la tiranía son parte esencial de la trama.
Quiero agradecer en todos los que han creído en mí, en especial a mi más ferviente fan; mi esposa. Cuando ves a Gaby emocionarse y derramar una lagrima o una sonrisa mientras lee mis escritos, me da la seguridad  necesaria para creer en lo que hago y que a otras personas le puede estar pasando lo mismo mientras me leen. Es algo maravilloso.
Quiero agradecerte a ti Ángel Velázquez, que también has creído en mí y has invertido un espacio de tu gran agenda de trabajo para hacerme estas preguntas y para escribir una reseña de Epitafio para un sueño en tu más reciente publicación de Reseñas. Te deseo todo el éxito del mundo en la 1ra Convención de la Cubanidad. Tienes un gran equipo y han trabajado mucho para lograr este sueño del cual no escribiremos epitafios, sino historias que harán historias.


miércoles, 20 de diciembre de 2017

Nostalgias Cienfuegueras de los años 70's.


Nostalgias Cienfuegueras de los años 70's. Parte I

Cienfuegos, día de viernes. Los amigos se dan la mano en una esquina de encuentros. Los portavoces de la cartelera social de fin de semana ya traen el programa en su memoria. Fiestas de 15 años en el Casino, descargas icónicas en Punta Gorda, Los Moddys en algún lugar. Dos vueltas completas desde la esquina del Boulevard a Lamar y Prado. Pasarela necesaria para anunciar que ya habías llegado. Una mirada obligada, pero con disimulo, a cada banco del prado para localizar tu presa. Dos o tres paradas a saludar a los amigos, que con alegría te apostaban sin dinero por la canción que ocuparía esa semana el primer lugar en el “American Top 40” o quien estaría en el show de media noche de la Beaker Street de la KAAY. Luego a la fiesta. Molotera en la escalera del casino esperando que una cara conocida se asomara y te colara. Todos a la espera que empezara el desfile de las parejas que mostrara que nueva coreografía había Pancho montado. Las fotos, la quinceañera posando sola o con amigos, y por último el baile. Música en vivo o grabada, no importaba cual fuera. Llegaba la hora de la conquista, o del arrimón, o de mirar a los menos penosos hacer el ridículo cuando bailaban disco mientras sonaba música rock. Nada importaba. Era simplemente la euforia de una adolescencia cienfueguera que se divertía sin importar razas o ideologías.
Así era Cienfuegos en los años 70’s, en sus noches de viernes o sábados, cuando recién llegado de una beca lejana, salías a liberar la euforia contenida.
Al siguiente día, desvelado y crudo, te ibas a Gloria y Santa Cruz. Otro punto de encuentro para abordar el Ikaro que te llevara a Rancho Luna en camiseta, short y chanclas metedeo. Otros preferían el muelle real para navegar en El Pura o en El Juraguá y quedarse en el Cayo o intentar colarse en el Hotel Pasacaballos o bañarse en la playa de arenas gruesas de Rancho Club.
Quién no recuerda con nostalgia a esa hermosa ciudad, meticulosamente trazada en regulares cuadriculas, cuna de tanto talento y portadora de una fabulosa riqueza cultural.
Quién de nuestra generación no recuerda con nostalgia, las descargas en casa de Jorge Luis el Gordo o en casa de Leonel León, la música de Yoyi Gomez, los cocteles de Carmelo en el bar de la piscina del Jagua, a la playita de Elpidia, la paella de Covadonga, el tubito del Prado y los inolvidables papelazos al sacar un boniato, los batidos del coopellia, a Pedro Coppellia sumergido hasta el cuello en las aguas de la playa matando canalla con su cañón de futuro, a Miguelito el jorobao con su VEF siempre a cuesta, al Quilla, el amigo de todos, el profe buena gente y su transformación de guapo a Pepillo, al Yankee Jorge Luis con su emblemática cabellera rubia y su autentica rebeldía, a Pascual contando su último descubrimiento intergaláctico con un hilo entre sus manos, la plataforma de Zaldo y Prado en carnavales, la patana, la plaza y los pinos con sus tanques de cerveza cruda, el malecón, el roofgarden del Hotel San Carlos, el papito de la carretera de Junco y las medias sabanas que cubrían el sucio colchón, la casa de Jochi y Titico en el parque Martí. A Leo, a quien todos abrazábamos y caminábamos con él por el Prado sin temor a que los intolerantes pensaran que uno era gay. A Pedro Calaña caminando con sus perros por el Prado.
Quién de nosotros no fue vago del lunes en la primera tanda del cine Luisa para ver un estreno o simplemente para disfrutar del aire acondicionado porque afuera hacía un calor insoportable. O entraba a la Pizzería del prado y se robaba las sobras de los bordes de la pizza que dejaban en las mesas. O se colaba en la cola del coppelia cuando llegaba el chocolate.
Quién no fue alumno del profe Vera o del profe posada en Natación, o de Atilio Caballero en tenis o de Yero en Béisbol, o del profe Barrera en ajedrez. Quién no recuerda al profe Manuel Felhandler escribiendo la historia del deporte cienfueguero o administrando el CV deportivo, o a Cancio gritando horrores en el campo de tiro, o al Bizco recogiendo pelotas en el estadio viejo la calle Recreo. A quién no se le fue una pelota por un cueva de cangrejo en el terreno que estaba al lado del Cazadores. Quién no iba con su pareja a la laguna del Cura o a los caballitos de Playa Alegre. Quién no empinó una catana o una chiringa en la cuadra de su casa. Quien no iba a las regatas del malecón a ver el ocho con timonel donde Cienfuegos tenía al mejor equipo o las competencias de Kayac.
Y qué decir de las mujeres cienfuegueras de aquellos años. Por solo mencionar a algunas, quién no recuerda a Emelinda, o a las hermanas Debén, o a Teresita Marcoleta, o a nuestra estrella del Carnaval Ceidita Oliva, quien bien hubiera podido competir en Miss Universo de Cuba haber participado. Y por qué no aprovechar para mencionar a algunos galanes conquistadores de aquellos años como Boris y Riky, Mandy Perez Aleman, Joe Cassette, un tal Jacobo, El Pachy y algunos otros manes que eran menos galanes, pero que tenían una labia capaz de tumbarle la novia a cualquiera.
Quién no tuvo grandes amigas como Barbarita Polvorón y su pandilla o las hermanas Terré o amigos como el difunto Perico. O grandes amigos deportista como los Hermanos Sanchez-Zarasa, como Julie Ruiz, como el nadador Omar Gonzalez devenido uno de los mejores entrenadores que ha dado Cienfuegos.
Y cuando se habla de buenos doctores, como no recordar a Rodolfito, al doctor Ríos, al Dr. Pino, a Ruiz de Zarate, al Dr. Martínez y muchos más que en esos años conservaban los pocos consultorios particulares que quedaban en Cienfuegos.
Así era Cienfuegos en los años 70’s. Hermosa por su belleza y por su gente. Hoy casi todos andamos regados por el mundo, pero con la dicha de haber sido y seguir siendo cienfuegueros.


Nostalgias Cienfuegueras de los años 70's. Parte II
El Prado.                                                                 


Creo que nadie imaginó aquel 11 de noviembre de 1911—cuando en el Teatro Luisa, se hizo una velada artística-literaria con el propósito de recaudar fondos para construir lo que es hoy nuestro Paseo del Prado—, que para la juventud cienfueguera de los años 70’s, el Prado se convirtiera en un enorme cofre que atesoraría por siempre, desde Prado y Línea hasta la calle Campomanes, nuestros más hermosos recuerdos de la adolescencia.
Varias fueron las zonas emblemáticas del Prado, que agrupaban a diferentes grupos sociales de aquella época.
Prado entre Santa Cruz y San Fernando: Estas dos cuadras tenía su guaguancó. Me recuerdo que se hacían dos peñas deportivas. Una frente al Obispado y otra frente al Guiñol. La fanaticada en su máximo esplendor. Todos sabían más que Servio Borges. Eran verdaderos estrategas que asesoraban al Mago—como le decían a Servio—quien a pesar de tomar decisiones inimaginables, todo le salía bien. En ese grupo se destacaron amigos como… Rafael, quien vivía al lado de Faustino Pérez Hazo, y que hacía tasajo a los muertos en el hospital. Me recuerdo que Rafa se sentaba todos los días en un banco del prado con sus jaulas de canarios y se jugaba el varo hasta por apostar cual canario cantaba primero y con el disimulo de los canarios se fraguaban las más auténticas apuestas para el beisbol.  Ahí también se sentaba el viejo Alberto Quiñones —quien era una verdadera enciclopedia al que podías preguntar los resultados de toda la pelota cubana y de hasta de las grandes ligas—, quien junto a Humberto Duarte narraban los juegos de la liga local cienfueguera. Otro personajazo que participaba en la esquina caliente era Rafa el funerario. Chofer de la carroza fúnebre y jugador de primera base del equipo CV deportivo de Cienfuegos, quien nos deleitaba con sus memorables jonrones y su característica vuelta al cuadro. Rafa es sin dudas, una de esas figuras deportivas, que aunque no alcanzó fama nacional ni internacional, será eternamente recordado por su carisma, por su pasión y entrega a nuestro deporte nacional. A este grupo también se sumaban los doctores, Genaro y Capiro, David el cabezón de Caonao, Rodolfo el sarcófago, Martín Peralta, el difunto Timoneda, Joe Cassette, Roly Yero, Raúl y Luis Pérez, hermano y papá respectivamente de mi gran amigo Luisito el enano—el bombo, como nos decimos—, y Pedro Calaña que siempre llagaba acompañado de alguno de sus perros.
Sin lugar a dudas, estas dos esquinas tienen su historia. En ellas se hablaba de beisbol, se apostaba y hasta se conspiraba. Todos muy buenos amigos, buenas personas y gente con la que no solo podías hablar, sino también agarrar una buena borrachera.
Un poco más pegado al cine Prado se sentaba la distinguida comunidad lésbico-gay de aquellos tiempos. Ahí se agasajaban dándole a sus ojos el colirio necesario con aquellos y aquellas que sabían jamás podrán tener entre sus sabanas.  Quien no se acuerda del negro Flecha y el blanco Moyeda. Dos físico-culturistas. Uno de Reina y el otro de Sardo y Prado. También en esa zona se sentaba leo y sus amigos. Me recuerdo que Leo me decía: Ahí va el doble, porque según él, yo me parecía mucho al amor de su vida, que dicho sea de paso, nunca supe quién era. Todos muy respetuosos y buenos amigos. Nunca se me olvida una noche que salimos del Casino de unos fiesta de 15 años y veníamos el Quilla, Ulloa, y unos cuantos amigos más acompañados de Leo. Al llegar frente a la farmacia del boulevard, habían unos “ambientosos” parados con muchas ganas de buscar bronca y nos dicen: Ahí van los mariconcitos de la noche… Y Leo se voltea y le responde: Aquí el único maricón soy yo y estos chicos son más hombre ustedes… los negritos se quedaron calladitos y se fueron.
Bajando un poco más en el Prado, entre las calles San Fernando y Lamar se agrupaban diferentes grupos que no eran permanentes en un lugar específico, sino donde encontraran espacio. Esta era la zona de los Pepillos, de melena escondida durante la semana y abierta al público en viernes a domingo. Y digo esto porque no habrá quien no recuerde, que de lunes a viernes, el enigmático director del Pre Jorge Luis Estrada—el difunto Cuartero— no dejaba tener el pelo largo, ni usar pantalones a la cintura. Pero había verdaderos magos del gel casero hecho de aquel medicamento antidiarreico, que aplastaba el pelo y enmascaraba la más larga cabellera. Quien no se acuerda de Miguelito el flaco y su hermano Eddy Quijá, que viernes en la tarde ya mostraban las más lucientes melenas de aquellos tiempos, por citar solo algunos ejemplos.

En esa zona se hablaba de música, se escuchaba la canción del momento que estaba en los primeros lugares de la WQAM-Q56, o las escalas del Américan top 40 con Casey Kasem, o el Show de la Baker Street de la KAAY, uno de los programas más escuchados por cubanos en Cuba en aquellos tiempos.
En estos grupos destacaba Juan Carlos el ruso, como le decíamos, que tenía un oído tan magistral para el inglés que hasta copiaba las canciones directamente desde el radio, Miguelito el Jorobao, Luis Bouclet y su primo Victor Hugo—no muy querido en todos los grupos—, Luis Ulloa, mi partner de estudio y de conquistas en aquellos años, El Quilla, el Yankee, Eddy Quijá y su hermano Miguelito, el difunto Jorge Luis el gordo, Yoyi Gómez, Sergio Ramos, un amigo muy querido que se nos fe antes de tiempo, los hermanos Duran.
Creo, y sin temor a decir una barbaridad, todos estos amigos, escuchaban y se sabían más los éxitos de aquellos años, que los propios americanos que tenían a estos grupos a la vuelta de la esquina. Me recuerdo que los primeros discos de acetato de muchas agrupaciones musicales del rock de los 70s, los podías encontrar y escuchar en casa de Luis Bouclet. O casa de Ulloa, de Yoyi. La pasión era desmedida. El primer álbum de Pink Floyd que circuló por Cienfuegos, lo fuimos a comprar a Ranchuelo, Ulloa, el Quilla y un servidor. El Ummagumma. Qué bonitos recuerdos.
Y siguiendo más abajo por el Prado, estaba la cuadra entre Dorticos y Lamar. La famosa cuadra del Tubito. Un pedazo de tubo donde se conectaban al agua cuando hacían el quiosco de cerveza para las tradicionales trochas cienfuegueras. No hubo un cienfueguero que no dejara un pedazo de zapato o se le inflara el dedo gordo del pie, después de haber sacado un buen boniato. Ese tubo no tuvo distinción de género ni de raza. Por ahí pasó todo el mundo. También en esta cuadra se juntaba la guapería, porque al lado de una vieja chimenea donde en tiempos antaño se producía luz,  se hizo una especie de centro recreativo donde tocaba música bailable con las agrupaciones locales.
Y por último, llegabas al tramo conocido por la zona romántica. Desde Lamar hasta Campomanes, las parejas iban a hacer la introducción a la noche. Unos besos, palabras enaltecedoras, el preámbulo romántico para después buscar un lugar más reservado para desahogar sus pasiones reprimidas durante la semana.
En época de carnavales, Sardo y Prado—en la parte trasera de la plataforma—se convertía en nuestro punto de reuniones. Allí nos daban las 4 o 5 de la mañana.
Quien no se recuerda con cariño esta época y a nuestro Prado. Nuestra pasarela inolvidable, nuestros puntos de encuentros, nuestras conquistas. Todo nuestro pasado adolescente viaja entre las viejas construcciones.  Allí yacen deambulando entre sus rincones, chocando en sus legendarias columnas, nuestras inolvidables aventuras.

Nostalgias Cienfuegueras de los años 70's. Parte III. Maestros y Escuelas.


La gran mayoría de nuestra generación que fuimos adolescentes en los años 70’s de seguro estudiamos en las mejores escuelas que habían en Cienfuegos en aquellos años, que aún no nos decretaban potencia educativa mundial.
Recuerdo con mucha nostalgia algunas de las escuelas por donde pasé, antes que nos enviaran a las escuelas en el campo.
Fue por allá por el año 1962 que entré al pre-escolar en el antiguo colegio Elisa Bowman, convertido después en dos escuelas; William Soler y Fernando Cuesta Piloto. En la primera estudiábamos desde el pre-escolar a tercer grado y en la segunda de cuarto a sexto grado.
Siendo un niño aquella escuela me parecía enorme con sus grandes jardines, capillas, enormes salones de clases con vitrinas llenas de animales disecados, arboles maduros que tendrían más de 40 años viendo correr, mecerse en los columpios y lanzarse en las canales a todos los que pasamos por allí.
Nancy era la directora de William Soler y el temido Cuartero (hermano del que fue director del Pre) era el director de Fernando Cuesta Piloto. Nancy era una dulzura, mientras que el temible Cuartero, regla de madera en mano nos hacía correr de miedo.
Me recuerdo con mucho cariño de Amelita, mi primera maestra. El aula estaba al lado del merendero de la escuela donde una señora gruñona nos vendía por 5 centavos, la merienda. Fue la primera vez que vi una máquina expendedora de Coca Cola que vendía refrescos—obviamente cola sin Coca—en botellas que tenían el logo de Ironbeer, un hombre musculoso con una pesa en la mano. A los pocos años esa máquina dejó de funcionar y desapareció.
De los maestros tengo muy lindos recuerdos. La lista es larga y muchos ya no deben existir, pero los que estudiamos en esas escuelas deben recordar a Aleida Dueñas, el profe Villareal, al profe De Armas, a Julia, a Teresita, a la Sra. Ocampo por mencionar a algunos. Eran todos muy buenos maestros.
Me recuerdo de los alumnos mala cabeza en aquellos años, a quienes Cuartero castigaba en un rincón del aula y los ponía de espalda y si chistabas te ganabas un reglazo. Victor Lazo, Lázaro que dicho sea de paso vivía en el barrio de San Lázaro.
De ahí muchos nos fuimos a diferentes escuelas secundarias. Creo que en esa época había solo tres. Van Troy, Fran País y 5 de septiembre que estaba ubicada en el antiguo colegio San Lorenzo.
Yo me fui a Frank País. Creo que era el más chico de estatura de la escuela. Cuando llegué me tocó como directora Juana Irene quien dos años después le cedió el puesto a Landeiras. Ambos tremendos personajes. Inspiraba más miedo que respeto pero muy en el fondo eran buena gente.
Ahí conocí amigos entrañables. Cuando aquello la secundaria llegaba hasta el grado10mo. Los grandes, les decíamos. Ahí estaban Mandy Pérez Alemán, Pino, Villegas, Capín, Pedro Luis Morales por citar algunos…, tremenda banda de jodedores que volvían loco al profesor más exigente. ¿Quién no recuerda al profe Ortolachiz…? Juan Pedro de educación laboral, Velozo de Educación Física, Libertad la flaca de español, la mamá de Grille, Angelita que nos daba matemáticas, Font nos daba Física junto con un Guajiro de Cruces que después fue Metodólogo que ahora no recuerdo su nombre,    
De mi generación éramos un motón. De ahí nacieron lindas amistades que hasta el día están vigentes y que fuimos juntos hasta que al terminar el noveno grado nos mandaron para Yaguaramas.
Por citar a algunos y apelando a mi mala memoria, ahí estábamos, Mandy y Roxana Ramas, Roly el lechón, el difunto Raúl Calabaza, Luis Barrios, Carlos Alberto Rodríguez, Margarita Lapido, Maritza y su hermano Noel Valladares, Saúl Carrazana, Rolando Barranco, Antonio Ríos y Carmen Ramirez, Irma Rodríguez de Playa alegre, Jorgito Micocilén, Tania y Soraya Selga, Libertad Machado, Alicia Sandar,  Armando Prieto, Baby la esposa de Armando Aguilar, Roxana Vitlloch y sus hermanos.
Sé que se me quedan muchos, pero en la medida que me venga un rayo de lucidez los iré añadiendo.
De la secundaria 5 de septiembre no tengo muchos recuerdos más que del famoso profesor Muñoz y de todos mis amigos que estudiaban allí que de seguro irán contando las anécdotas más significativas que iremos añadiendo.
Grandes amigos, salieron de esa escuela. Luis Ulloa, Jacobo, Barbarita Polvorón, Jorge Luis Muñiz, Rolando Márquez, Carcasez, en fin, no es fácil recordarlos a todos.
De ahí nos fuimos a Yaguaramas. Y empezó nuestra desdicha. Sí, ir a una E.S.B.E.C. era como ir a un pequeño campo de concentración. Federico Fernández Cavada, reconocido como "El General Candela" por practicar la tea incendiaria a las propiedades de los criollos que apoyaban a España en la guerra de 1868, de haberse enterado que esta escuela llevaba su nombre, de seguro le hubiera vuelto hacer honor a su nombre y le hubiera prendido candela.
Y allí llegamos a inaugurar la escuela. Un flaco y demacrado director, que por casualidad llevaba el mismo apellido que el general Candela acompañado de una regordeta figura de mujer, que más que subdirectora, parecía una autentica cosmonauta y de un larguirucho profesor de Biología, nos dieron la bienvenida y sin nunca explicarnos por qué, nos dividió en dos grupos que a la postre nos convertiríamos en irreconciliables bandos. Los de “Cruces” a un lado y los de “Cienfuegos” al otro…
Un nutrido grupo de adolescentes que dimos “EL PASO AL FRENTE” y que “voluntariamente” amenazados, nos incorporamos al tercer contingente del destacamento Pedagógico Manuel Ascunce para ayudar a una revolución que nos formaba, bajo los más estrictos y arcaicos ideales del Marxismo-Stalinismo-Comunista. Al menos, eso pensaba el gran dictador.
Fueron épocas de gracia. Épocas de consignas y de siglas que solo entendemos los cubanos. Épocas en la que lo malo se disfrazaba de bueno; Escuelas en el campo que eran enormes prostíbulos de 15 días alejados de los padres, que ni tan siquiera imaginaban lo que sus hijos(as) podría hacer para sobrevivir. “Trabajo y Estudio” en estos emblemáticos mini campos de concentración en donde teníamos que escondernos para escuchar música en Inglés, embarrarnos el cabello con Laxagar para esconder el largo del pelo, aprender a comer salcocho mal cocinado y un arroz con pollos— cruzados con dragones—, porque solo veías sus cuellos.
Escuelas en donde era muy común que un profesor tuviera relaciones con alumnas y alumnos con profesoras que además de enseñarnos el plan de estudio, nos adiestraban en el arte de la educación sexual.
Escuelas donde en las noches tenías que meterte a robar en la nevera, porque la buena comida solo era para unos cuantos.
Escuelas en las que aprobabas sin saber nada porque a los profesores les exigían tener un 100% de aprobados, mientras el gobierno le vendía al mundo que la educación cubana era la mejor del mundo.
En Mijalito el tiempo corría a paso de tortuga. Quince días sin ir a la casa era una verdadera tortura. Entre cítricos, tierra colorá y un terraplén que en tiempo de seca te cubría de un polvo fino y poco denso que penetraba hasta las entrañas más recónditas de los pulmones, hacían de la vida un eterno vaivén entre lo aburrido y lo insoportable. Mañanas de clases, tardes de trabajo en el campo y noches de invento, conformaban su pequeña rutina diaria.
¿Qué otra cosa podíamos hacer tantos adolescentes en una época en la que aún ni se pensaba en la internet y mucho menos en un GPS que te permitiera localizar gallinas para poder matar el hambre?
Por culpa del criminal bloqueo y de esos gringos— decía la secretaria de la FEEM, que por cierto era de cruces y que después se convirtió en la esposa del director— pasamos las necesidades que pasamos—. Todo el mundo decía el mismo discurso. Había que echarle la culpa a alguien, menos al socialismo, menos a los rusos que suministraban Carne Rusa, merluza y coll rellena, menos al comandante.
Y así pasaban los días. Entre las animadas clases de historia del Burro Triste, los brebajes de Raimundo, los senos y cosenos de Quiñones y los discursos de aquel director de producción que una tarde en medio de la descubierta picota le dio al director las quejas de que “Hubieron muchos alumnos que se salieron del campo a comer mango” y que para rematar después de una fuerte exclamación de los jóvenes acusados diciendo entre dientes “no se dice hubieron, se dice hubo” el flamante director remató: Sí, de que los hubieron, los hubieron.
Así éramos potencia educativa.
Ahí en Mijalito, conocimos  el Yucayo, y muchos y muchas perdimos hasta la virginidad. No había otra cosa que hacer. Después que nuestros papás nos despedían en el Parque Martí, ocurría la transformación social. “Somos libres muchachos”. Y ahí, todos vestidos de azul, nos lanzábamos a probar las dulces sensaciones de la vida y la muerte. O si no, que hablen las paredes cuando una noche exhibieron aquella famosa película de Monumento… Carmen Sevilla no puede haberse sentido más deseada en toda su existencia como aquella noche, por toda aquella bola de adolescentes que culminaban triunfales, derramando su esperma en las repelladas paredes de aquel quinto piso del edificio de dormitorios.
También en Mijalito, Carcasez inventó el béisbol con tapas de tubo de pasta, donde Juan Ma, Roly Marquez, y todos los aficionados al baseball llenabamos nuestros ratos de aburrimientos.
Gracias a estas ESBEC, el Ñeñe se inició como conejillo de india en una de las primeras prácticas del “Bulíng” cuando miles de hormigas locas, acariciaron su cuerpo.
Gracias a estas ESBEC, conocimos el alcohol de noventa, forzar un privado en busca de un cómodo sofá para pecar entre Ayes y Gemidos.
Gracias a estas ESBEC, un año después, un grupo grande de estos chicos nos lanzamos a la aventura de dar clases y otros se lanzaron en busca de su propia libertad.
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