domingo, 13 de mayo de 2018

La Cabaña. Un mágico realismo.



Celebrando el día de las madres, se me ocurrió decirle a mi esposa de ir a un restaurante de comida cubana que acaban de inaugurar desde hacía una semana en la ciudad de México.  
—Amor, desde que fuimos a Miami hace ya casi dos años, no pruebo una auténtica comida cubana. ¿Te animas y celebramos el día de las madres comiendo cubano?
Vi como volteó un poco su rostro para que no me diera cuenta de las dos o tres muecas que se le escaparon y hasta pude interpretar lo que estaba pensando —: Oye se supone que es mi día, al menos déjame escoger a donde ir ¿No? —pero se quedó callada y dibujó una sonrisa medio fingida en sus hermosos labios al tiempo que me respondía: —Sí mi amor, no tienes una idea de cuánto añoro comerme unos tostones.
Sin pensarlo dos veces le tomé la palabra antes de que se arrepintiera y nos fuimos al dichoso restaurant.
La primera sorpresa que me llevé al llegar frente al restaurante fue un enorme cartel que abarcaba la fachada completa del local que decía: «Bienvenidos a la Cabaña. A partir de este momento, usted es nuestro prisionero». Y en letras más chicas: «No saldrá rehabilitado, pero si satisfecho».
Caminamos hacia la puerta y allí nos esperaban cuatro hombres vestidos con uniforme idéntico al de los policías de Cuba. Las siglas de PNR, camisa azul tirando a gris y pantalón azul oscuro. De inmediato nos catearon y cuando fuimos a protestar uno de ellos nos entregó una tarjeta doblada que simulaba un pasaporte de la República de Cuba. Al abrirlo decía: A partir de este momento usted es ciudadano cubano, por lo que si no está de acuerdo con obedecer las leyes de nuestro país, le recomendamos no entrar. Solté una carcajada, como broma me parecía excelente, pero ninguno de aquellos cuatro hombres chistó. El que parecía el jefe del escuadrón le dijo al capitán del salón:
—Están limpios. Pueden pasar.
El capitán vestía un uniforme idéntico al que usaban las tropas especiales. Boina negra y uniforme de camuflaje. Tenía grados de General. Solo se limitó a decirnos:
—Síganme.
Debo confesar que todo en aquel lugar me sorprendió enormemente. Era una autentica réplica a las cárceles del régimen castrista. Estaba construido en una casona colonial que habían remodelado de forma tal que las mesas para 4 personas estaban en habitaciones que simulaban celdas de 2 metros de largo por 2 de ancho. Las de 6 personas en celdas de 3.5 de largo por 3.5 de ancho y las de 8 o más personas en una celda de 5 metros de largo por 5 de ancho. Todo perfectamente simulado y adaptado a las condiciones que debe tener un restaurante. En la entrada de cada celda decía: Cuba es para los revolucionarios.
Al llegar a nuestra celda había un mesero que nos esperaba dentro vestido con uniforme de reclutas que pasaban el servicio militar obligatorio. Pullover verde olivo y pantalón igual al que usa el ejército. Unos bolsillos cuadrados y por fuera del pantalón, botas altas de punta boluda y hasta con un casquillo metálico por dentro. Me imaginé que la usarían en caso que tuvieran que sacarnos a patadas por las nalgas del lugar.
El capitán del salón, o más bien el General, nos dejó en nuestra celda, se despidió y antes de  retirarse cerró la reja al tiempo que le decía al recluta: «Son todos tuyos».
—Bienvenidos a La Cabaña —nos dijo el mesero—, mi nombre es Soldado Pérez, y los atenderé mientras dure su condena.
Mi esposa me miraba con cara de «explícame que está pasando» y yo no dejaba de reírme. Todo aquello me parecía muy creativo. Solo me preguntaba si aquellos chavos iban a soportar tanto tiempo aquellos uniformes tan calurosos y aquellas botas tan pesadas.
El recluta no entregó la carta y para mi sorpresa era algo muy parecido a la libreta de productos industriales. Los platillos que se seleccionaran se arrancaban como un cupón. Otra gran sorpresa fue que la carta de mi esposa no era igual a la mía. Mis cupones se identificaban por ejemplo como H1: Arroz con gris, H2: Potaje de frijoles negros… y así sucesivamente y los de mi esposa con la letra M1, M2 hasta llegar al último platillo. Imaginé que las de niños tenían una N. La verdad no paraba de reírme.
Después de un rato decidimos que íbamos a ordenar. Llamamos para eso al recluta.
—Nos puede traer una cerveza, por favor.
—Si claro, pero les recuerdo que están en Cuba, tienen derecho a dos cervezas solo si consumen un plato fuerte. Si no, no les puedo vender cerveza.
—¿A que le llaman plato fuerte? —preguntó mi esposa—, es que acaso ¿tienen algún plato más musculoso que otros?
—Se ve que usted no es cubana. En Cuba se le llama plato fuerte a lo que ustedes llaman aquí guisados. Todo lo que sea carne de cualquier tipo entra en la categoría de platos fuertes.
—¿Y si quisiera tomarme una cerveza más?
—Es muy fácil, usted verá — y diciendo esto tomó el micrófono y llamó por alta voz —: La cliente de la celda 4001 quiere tomarse una cerveza de más.
Y terminando llegó una señora vestida de jueza.
—Buenas tarde, soy la Licenciada Libertad, si desean tomar más cervezas de las que están establecidas, tengo que casarlos. Con esto tendrán derecho de tomarse hasta 10 cajas de cervezas.
Mi esposa estaba a punto de explotar, pero le pedí paciencia, que todo se trataba de una broma para simular la situación de Cuba.
Para no hacerles este cuento tan largo, la simulación fue perfecta. Mientras comíamos, se nos fue la luz dos veces, en el baño no había papel sanitario; al lado de cada WC colgaban unos ganchos con pedazos de periódicos Granma y Juventud Rebelde (estaban hechos con el mismo papel de las servilletas pero simulando que eran recortes de periódicos). Tampoco había jabón a la vista. Y si te quejabas por algo, el mesero te decía: «Perdonen, pero es que estamos en periodo especial»
Al entregarnos la cuenta era como si fuera un talón de multa que decía en el lugar donde venía el precio final que debías pagar: «Usted ha comido en exceso, sin pensar que en Cuba la gente está pasando hambre, por lo que tiene que pagar una multa de… » y ponían el valor de la cuenta.
Cuando pagamos y ya nos íbamos a retirar, el mesero anunció por el micrófono: «Los prisioneros de la celda 4001 han pagado su condena» Y acto seguido llegó de nuevo el general de tropas especiales y nos escoltó hasta la salida. Allí nos dijo:
—Gracias por su visita. Ya saben que por haber estado en Cuba, no podrán viajar a los Estados Unidos.
Y diciendo esto nos selló el pasaporte que nos habían dado cuando entramos.

4 comentarios:

  1. Fue como matar el gusanillo de la añoranza y al mismo tiempo darte cuenta de lo que te estás librando habiéndote marchado.
    Un abrazo.

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    1. Más bien es un sueño que siempre he tenido. el día que pueda hacer un restaurante así, lo hago jajajaja. te imaginas??

      Un abrazo

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  2. Jolines, con la añoranza, qué precio tan alto, amigo

    Muy buen texto, basado o no en la realidad. Un saludo

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    1. jajaja totalmente un surrealismo mágico jajaja
      Abrazos

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