miércoles, 20 de diciembre de 2017

Nostalgias Cienfuegueras de los años 70's.


Nostalgias Cienfuegueras de los años 70's. Parte I

Cienfuegos, día de viernes. Los amigos se dan la mano en una esquina de encuentros. Los portavoces de la cartelera social de fin de semana ya traen el programa en su memoria. Fiestas de 15 años en el Casino, descargas icónicas en Punta Gorda, Los Moddys en algún lugar. Dos vueltas completas desde la esquina del Boulevard a Lamar y Prado. Pasarela necesaria para anunciar que ya habías llegado. Una mirada obligada, pero con disimulo, a cada banco del prado para localizar tu presa. Dos o tres paradas a saludar a los amigos, que con alegría te apostaban sin dinero por la canción que ocuparía esa semana el primer lugar en el “American Top 40” o quien estaría en el show de media noche de la Beaker Street de la KAAY. Luego a la fiesta. Molotera en la escalera del casino esperando que una cara conocida se asomara y te colara. Todos a la espera que empezara el desfile de las parejas que mostrara que nueva coreografía había Pancho montado. Las fotos, la quinceañera posando sola o con amigos, y por último el baile. Música en vivo o grabada, no importaba cual fuera. Llegaba la hora de la conquista, o del arrimón, o de mirar a los menos penosos hacer el ridículo cuando bailaban disco mientras sonaba música rock. Nada importaba. Era simplemente la euforia de una adolescencia cienfueguera que se divertía sin importar razas o ideologías.
Así era Cienfuegos en los años 70’s, en sus noches de viernes o sábados, cuando recién llegado de una beca lejana, salías a liberar la euforia contenida.
Al siguiente día, desvelado y crudo, te ibas a Gloria y Santa Cruz. Otro punto de encuentro para abordar el Ikaro que te llevara a Rancho Luna en camiseta, short y chanclas metedeo. Otros preferían el muelle real para navegar en El Pura o en El Juraguá y quedarse en el Cayo o intentar colarse en el Hotel Pasacaballos o bañarse en la playa de arenas gruesas de Rancho Club.
Quién no recuerda con nostalgia a esa hermosa ciudad, meticulosamente trazada en regulares cuadriculas, cuna de tanto talento y portadora de una fabulosa riqueza cultural.
Quién de nuestra generación no recuerda con nostalgia, las descargas en casa de Jorge Luis el Gordo o en casa de Leonel León, la música de Yoyi Gomez, los cocteles de Carmelo en el bar de la piscina del Jagua, a la playita de Elpidia, la paella de Covadonga, el tubito del Prado y los inolvidables papelazos al sacar un boniato, los batidos del coopellia, a Pedro Coppellia sumergido hasta el cuello en las aguas de la playa matando canalla con su cañón de futuro, a Miguelito el jorobao con su VEF siempre a cuesta, al Quilla, el amigo de todos, el profe buena gente y su transformación de guapo a Pepillo, al Yankee Jorge Luis con su emblemática cabellera rubia y su autentica rebeldía, a Pascual contando su último descubrimiento intergaláctico con un hilo entre sus manos, la plataforma de Zaldo y Prado en carnavales, la patana, la plaza y los pinos con sus tanques de cerveza cruda, el malecón, el roofgarden del Hotel San Carlos, el papito de la carretera de Junco y las medias sabanas que cubrían el sucio colchón, la casa de Jochi y Titico en el parque Martí. A Leo, a quien todos abrazábamos y caminábamos con él por el Prado sin temor a que los intolerantes pensaran que uno era gay. A Pedro Calaña caminando con sus perros por el Prado.
Quién de nosotros no fue vago del lunes en la primera tanda del cine Luisa para ver un estreno o simplemente para disfrutar del aire acondicionado porque afuera hacía un calor insoportable. O entraba a la Pizzería del prado y se robaba las sobras de los bordes de la pizza que dejaban en las mesas. O se colaba en la cola del coppelia cuando llegaba el chocolate.
Quién no fue alumno del profe Vera o del profe posada en Natación, o de Atilio Caballero en tenis o de Yero en Béisbol, o del profe Barrera en ajedrez. Quién no recuerda al profe Manuel Felhandler escribiendo la historia del deporte cienfueguero o administrando el CV deportivo, o a Cancio gritando horrores en el campo de tiro, o al Bizco recogiendo pelotas en el estadio viejo la calle Recreo. A quién no se le fue una pelota por un cueva de cangrejo en el terreno que estaba al lado del Cazadores. Quién no iba con su pareja a la laguna del Cura o a los caballitos de Playa Alegre. Quién no empinó una catana o una chiringa en la cuadra de su casa. Quien no iba a las regatas del malecón a ver el ocho con timonel donde Cienfuegos tenía al mejor equipo o las competencias de Kayac.
Y qué decir de las mujeres cienfuegueras de aquellos años. Por solo mencionar a algunas, quién no recuerda a Emelinda, o a las hermanas Debén, o a Teresita Marcoleta, o a nuestra estrella del Carnaval Ceidita Oliva, quien bien hubiera podido competir en Miss Universo de Cuba haber participado. Y por qué no aprovechar para mencionar a algunos galanes conquistadores de aquellos años como Boris y Riky, Mandy Perez Aleman, Joe Cassette, un tal Jacobo, El Pachy y algunos otros manes que eran menos galanes, pero que tenían una labia capaz de tumbarle la novia a cualquiera.
Quién no tuvo grandes amigas como Barbarita Polvorón y su pandilla o las hermanas Terré o amigos como el difunto Perico. O grandes amigos deportista como los Hermanos Sanchez-Zarasa, como Julie Ruiz, como el nadador Omar Gonzalez devenido uno de los mejores entrenadores que ha dado Cienfuegos.
Y cuando se habla de buenos doctores, como no recordar a Rodolfito, al doctor Ríos, al Dr. Pino, a Ruiz de Zarate, al Dr. Martínez y muchos más que en esos años conservaban los pocos consultorios particulares que quedaban en Cienfuegos.
Así era Cienfuegos en los años 70’s. Hermosa por su belleza y por su gente. Hoy casi todos andamos regados por el mundo, pero con la dicha de haber sido y seguir siendo cienfuegueros.


Nostalgias Cienfuegueras de los años 70's. Parte II
El Prado.                                                                 


Creo que nadie imaginó aquel 11 de noviembre de 1911—cuando en el Teatro Luisa, se hizo una velada artística-literaria con el propósito de recaudar fondos para construir lo que es hoy nuestro Paseo del Prado—, que para la juventud cienfueguera de los años 70’s, el Prado se convirtiera en un enorme cofre que atesoraría por siempre, desde Prado y Línea hasta la calle Campomanes, nuestros más hermosos recuerdos de la adolescencia.
Varias fueron las zonas emblemáticas del Prado, que agrupaban a diferentes grupos sociales de aquella época.
Prado entre Santa Cruz y San Fernando: Estas dos cuadras tenía su guaguancó. Me recuerdo que se hacían dos peñas deportivas. Una frente al Obispado y otra frente al Guiñol. La fanaticada en su máximo esplendor. Todos sabían más que Servio Borges. Eran verdaderos estrategas que asesoraban al Mago—como le decían a Servio—quien a pesar de tomar decisiones inimaginables, todo le salía bien. En ese grupo se destacaron amigos como… Rafael, quien vivía al lado de Faustino Pérez Hazo, y que hacía tasajo a los muertos en el hospital. Me recuerdo que Rafa se sentaba todos los días en un banco del prado con sus jaulas de canarios y se jugaba el varo hasta por apostar cual canario cantaba primero y con el disimulo de los canarios se fraguaban las más auténticas apuestas para el beisbol.  Ahí también se sentaba el viejo Alberto Quiñones —quien era una verdadera enciclopedia al que podías preguntar los resultados de toda la pelota cubana y de hasta de las grandes ligas—, quien junto a Humberto Duarte narraban los juegos de la liga local cienfueguera. Otro personajazo que participaba en la esquina caliente era Rafa el funerario. Chofer de la carroza fúnebre y jugador de primera base del equipo CV deportivo de Cienfuegos, quien nos deleitaba con sus memorables jonrones y su característica vuelta al cuadro. Rafa es sin dudas, una de esas figuras deportivas, que aunque no alcanzó fama nacional ni internacional, será eternamente recordado por su carisma, por su pasión y entrega a nuestro deporte nacional. A este grupo también se sumaban los doctores, Genaro y Capiro, David el cabezón de Caonao, Rodolfo el sarcófago, Martín Peralta, el difunto Timoneda, Joe Cassette, Roly Yero, Raúl y Luis Pérez, hermano y papá respectivamente de mi gran amigo Luisito el enano—el bombo, como nos decimos—, y Pedro Calaña que siempre llagaba acompañado de alguno de sus perros.
Sin lugar a dudas, estas dos esquinas tienen su historia. En ellas se hablaba de beisbol, se apostaba y hasta se conspiraba. Todos muy buenos amigos, buenas personas y gente con la que no solo podías hablar, sino también agarrar una buena borrachera.
Un poco más pegado al cine Prado se sentaba la distinguida comunidad lésbico-gay de aquellos tiempos. Ahí se agasajaban dándole a sus ojos el colirio necesario con aquellos y aquellas que sabían jamás podrán tener entre sus sabanas.  Quien no se acuerda del negro Flecha y el blanco Moyeda. Dos físico-culturistas. Uno de Reina y el otro de Sardo y Prado. También en esa zona se sentaba leo y sus amigos. Me recuerdo que Leo me decía: Ahí va el doble, porque según él, yo me parecía mucho al amor de su vida, que dicho sea de paso, nunca supe quién era. Todos muy respetuosos y buenos amigos. Nunca se me olvida una noche que salimos del Casino de unos fiesta de 15 años y veníamos el Quilla, Ulloa, y unos cuantos amigos más acompañados de Leo. Al llegar frente a la farmacia del boulevard, habían unos “ambientosos” parados con muchas ganas de buscar bronca y nos dicen: Ahí van los mariconcitos de la noche… Y Leo se voltea y le responde: Aquí el único maricón soy yo y estos chicos son más hombre ustedes… los negritos se quedaron calladitos y se fueron.
Bajando un poco más en el Prado, entre las calles San Fernando y Lamar se agrupaban diferentes grupos que no eran permanentes en un lugar específico, sino donde encontraran espacio. Esta era la zona de los Pepillos, de melena escondida durante la semana y abierta al público en viernes a domingo. Y digo esto porque no habrá quien no recuerde, que de lunes a viernes, el enigmático director del Pre Jorge Luis Estrada—el difunto Cuartero— no dejaba tener el pelo largo, ni usar pantalones a la cintura. Pero había verdaderos magos del gel casero hecho de aquel medicamento antidiarreico, que aplastaba el pelo y enmascaraba la más larga cabellera. Quien no se acuerda de Miguelito el flaco y su hermano Eddy Quijá, que viernes en la tarde ya mostraban las más lucientes melenas de aquellos tiempos, por citar solo algunos ejemplos.

En esa zona se hablaba de música, se escuchaba la canción del momento que estaba en los primeros lugares de la WQAM-Q56, o las escalas del Américan top 40 con Casey Kasem, o el Show de la Baker Street de la KAAY, uno de los programas más escuchados por cubanos en Cuba en aquellos tiempos.
En estos grupos destacaba Juan Carlos el ruso, como le decíamos, que tenía un oído tan magistral para el inglés que hasta copiaba las canciones directamente desde el radio, Miguelito el Jorobao, Luis Bouclet y su primo Victor Hugo—no muy querido en todos los grupos—, Luis Ulloa, mi partner de estudio y de conquistas en aquellos años, El Quilla, el Yankee, Eddy Quijá y su hermano Miguelito, el difunto Jorge Luis el gordo, Yoyi Gómez, Sergio Ramos, un amigo muy querido que se nos fe antes de tiempo, los hermanos Duran.
Creo, y sin temor a decir una barbaridad, todos estos amigos, escuchaban y se sabían más los éxitos de aquellos años, que los propios americanos que tenían a estos grupos a la vuelta de la esquina. Me recuerdo que los primeros discos de acetato de muchas agrupaciones musicales del rock de los 70s, los podías encontrar y escuchar en casa de Luis Bouclet. O casa de Ulloa, de Yoyi. La pasión era desmedida. El primer álbum de Pink Floyd que circuló por Cienfuegos, lo fuimos a comprar a Ranchuelo, Ulloa, el Quilla y un servidor. El Ummagumma. Qué bonitos recuerdos.
Y siguiendo más abajo por el Prado, estaba la cuadra entre Dorticos y Lamar. La famosa cuadra del Tubito. Un pedazo de tubo donde se conectaban al agua cuando hacían el quiosco de cerveza para las tradicionales trochas cienfuegueras. No hubo un cienfueguero que no dejara un pedazo de zapato o se le inflara el dedo gordo del pie, después de haber sacado un buen boniato. Ese tubo no tuvo distinción de género ni de raza. Por ahí pasó todo el mundo. También en esta cuadra se juntaba la guapería, porque al lado de una vieja chimenea donde en tiempos antaño se producía luz,  se hizo una especie de centro recreativo donde tocaba música bailable con las agrupaciones locales.
Y por último, llegabas al tramo conocido por la zona romántica. Desde Lamar hasta Campomanes, las parejas iban a hacer la introducción a la noche. Unos besos, palabras enaltecedoras, el preámbulo romántico para después buscar un lugar más reservado para desahogar sus pasiones reprimidas durante la semana.
En época de carnavales, Sardo y Prado—en la parte trasera de la plataforma—se convertía en nuestro punto de reuniones. Allí nos daban las 4 o 5 de la mañana.
Quien no se recuerda con cariño esta época y a nuestro Prado. Nuestra pasarela inolvidable, nuestros puntos de encuentros, nuestras conquistas. Todo nuestro pasado adolescente viaja entre las viejas construcciones.  Allí yacen deambulando entre sus rincones, chocando en sus legendarias columnas, nuestras inolvidables aventuras.

Nostalgias Cienfuegueras de los años 70's. Parte III. Maestros y Escuelas.


La gran mayoría de nuestra generación que fuimos adolescentes en los años 70’s de seguro estudiamos en las mejores escuelas que habían en Cienfuegos en aquellos años, que aún no nos decretaban potencia educativa mundial.
Recuerdo con mucha nostalgia algunas de las escuelas por donde pasé, antes que nos enviaran a las escuelas en el campo.
Fue por allá por el año 1962 que entré al pre-escolar en el antiguo colegio Elisa Bowman, convertido después en dos escuelas; William Soler y Fernando Cuesta Piloto. En la primera estudiábamos desde el pre-escolar a tercer grado y en la segunda de cuarto a sexto grado.
Siendo un niño aquella escuela me parecía enorme con sus grandes jardines, capillas, enormes salones de clases con vitrinas llenas de animales disecados, arboles maduros que tendrían más de 40 años viendo correr, mecerse en los columpios y lanzarse en las canales a todos los que pasamos por allí.
Nancy era la directora de William Soler y el temido Cuartero (hermano del que fue director del Pre) era el director de Fernando Cuesta Piloto. Nancy era una dulzura, mientras que el temible Cuartero, regla de madera en mano nos hacía correr de miedo.
Me recuerdo con mucho cariño de Amelita, mi primera maestra. El aula estaba al lado del merendero de la escuela donde una señora gruñona nos vendía por 5 centavos, la merienda. Fue la primera vez que vi una máquina expendedora de Coca Cola que vendía refrescos—obviamente cola sin Coca—en botellas que tenían el logo de Ironbeer, un hombre musculoso con una pesa en la mano. A los pocos años esa máquina dejó de funcionar y desapareció.
De los maestros tengo muy lindos recuerdos. La lista es larga y muchos ya no deben existir, pero los que estudiamos en esas escuelas deben recordar a Aleida Dueñas, el profe Villareal, al profe De Armas, a Julia, a Teresita, a la Sra. Ocampo por mencionar a algunos. Eran todos muy buenos maestros.
Me recuerdo de los alumnos mala cabeza en aquellos años, a quienes Cuartero castigaba en un rincón del aula y los ponía de espalda y si chistabas te ganabas un reglazo. Victor Lazo, Lázaro que dicho sea de paso vivía en el barrio de San Lázaro.
De ahí muchos nos fuimos a diferentes escuelas secundarias. Creo que en esa época había solo tres. Van Troy, Fran País y 5 de septiembre que estaba ubicada en el antiguo colegio San Lorenzo.
Yo me fui a Frank País. Creo que era el más chico de estatura de la escuela. Cuando llegué me tocó como directora Juana Irene quien dos años después le cedió el puesto a Landeiras. Ambos tremendos personajes. Inspiraba más miedo que respeto pero muy en el fondo eran buena gente.
Ahí conocí amigos entrañables. Cuando aquello la secundaria llegaba hasta el grado10mo. Los grandes, les decíamos. Ahí estaban Mandy Pérez Alemán, Pino, Villegas, Capín, Pedro Luis Morales por citar algunos…, tremenda banda de jodedores que volvían loco al profesor más exigente. ¿Quién no recuerda al profe Ortolachiz…? Juan Pedro de educación laboral, Velozo de Educación Física, Libertad la flaca de español, la mamá de Grille, Angelita que nos daba matemáticas, Font nos daba Física junto con un Guajiro de Cruces que después fue Metodólogo que ahora no recuerdo su nombre,    
De mi generación éramos un motón. De ahí nacieron lindas amistades que hasta el día están vigentes y que fuimos juntos hasta que al terminar el noveno grado nos mandaron para Yaguaramas.
Por citar a algunos y apelando a mi mala memoria, ahí estábamos, Mandy y Roxana Ramas, Roly el lechón, el difunto Raúl Calabaza, Luis Barrios, Carlos Alberto Rodríguez, Margarita Lapido, Maritza y su hermano Noel Valladares, Saúl Carrazana, Rolando Barranco, Antonio Ríos y Carmen Ramirez, Irma Rodríguez de Playa alegre, Jorgito Micocilén, Tania y Soraya Selga, Libertad Machado, Alicia Sandar,  Armando Prieto, Baby la esposa de Armando Aguilar, Roxana Vitlloch y sus hermanos.
Sé que se me quedan muchos, pero en la medida que me venga un rayo de lucidez los iré añadiendo.
De la secundaria 5 de septiembre no tengo muchos recuerdos más que del famoso profesor Muñoz y de todos mis amigos que estudiaban allí que de seguro irán contando las anécdotas más significativas que iremos añadiendo.
Grandes amigos, salieron de esa escuela. Luis Ulloa, Jacobo, Barbarita Polvorón, Jorge Luis Muñiz, Rolando Márquez, Carcasez, en fin, no es fácil recordarlos a todos.
De ahí nos fuimos a Yaguaramas. Y empezó nuestra desdicha. Sí, ir a una E.S.B.E.C. era como ir a un pequeño campo de concentración. Federico Fernández Cavada, reconocido como "El General Candela" por practicar la tea incendiaria a las propiedades de los criollos que apoyaban a España en la guerra de 1868, de haberse enterado que esta escuela llevaba su nombre, de seguro le hubiera vuelto hacer honor a su nombre y le hubiera prendido candela.
Y allí llegamos a inaugurar la escuela. Un flaco y demacrado director, que por casualidad llevaba el mismo apellido que el general Candela acompañado de una regordeta figura de mujer, que más que subdirectora, parecía una autentica cosmonauta y de un larguirucho profesor de Biología, nos dieron la bienvenida y sin nunca explicarnos por qué, nos dividió en dos grupos que a la postre nos convertiríamos en irreconciliables bandos. Los de “Cruces” a un lado y los de “Cienfuegos” al otro…
Un nutrido grupo de adolescentes que dimos “EL PASO AL FRENTE” y que “voluntariamente” amenazados, nos incorporamos al tercer contingente del destacamento Pedagógico Manuel Ascunce para ayudar a una revolución que nos formaba, bajo los más estrictos y arcaicos ideales del Marxismo-Stalinismo-Comunista. Al menos, eso pensaba el gran dictador.
Fueron épocas de gracia. Épocas de consignas y de siglas que solo entendemos los cubanos. Épocas en la que lo malo se disfrazaba de bueno; Escuelas en el campo que eran enormes prostíbulos de 15 días alejados de los padres, que ni tan siquiera imaginaban lo que sus hijos(as) podría hacer para sobrevivir. “Trabajo y Estudio” en estos emblemáticos mini campos de concentración en donde teníamos que escondernos para escuchar música en Inglés, embarrarnos el cabello con Laxagar para esconder el largo del pelo, aprender a comer salcocho mal cocinado y un arroz con pollos— cruzados con dragones—, porque solo veías sus cuellos.
Escuelas en donde era muy común que un profesor tuviera relaciones con alumnas y alumnos con profesoras que además de enseñarnos el plan de estudio, nos adiestraban en el arte de la educación sexual.
Escuelas donde en las noches tenías que meterte a robar en la nevera, porque la buena comida solo era para unos cuantos.
Escuelas en las que aprobabas sin saber nada porque a los profesores les exigían tener un 100% de aprobados, mientras el gobierno le vendía al mundo que la educación cubana era la mejor del mundo.
En Mijalito el tiempo corría a paso de tortuga. Quince días sin ir a la casa era una verdadera tortura. Entre cítricos, tierra colorá y un terraplén que en tiempo de seca te cubría de un polvo fino y poco denso que penetraba hasta las entrañas más recónditas de los pulmones, hacían de la vida un eterno vaivén entre lo aburrido y lo insoportable. Mañanas de clases, tardes de trabajo en el campo y noches de invento, conformaban su pequeña rutina diaria.
¿Qué otra cosa podíamos hacer tantos adolescentes en una época en la que aún ni se pensaba en la internet y mucho menos en un GPS que te permitiera localizar gallinas para poder matar el hambre?
Por culpa del criminal bloqueo y de esos gringos— decía la secretaria de la FEEM, que por cierto era de cruces y que después se convirtió en la esposa del director— pasamos las necesidades que pasamos—. Todo el mundo decía el mismo discurso. Había que echarle la culpa a alguien, menos al socialismo, menos a los rusos que suministraban Carne Rusa, merluza y coll rellena, menos al comandante.
Y así pasaban los días. Entre las animadas clases de historia del Burro Triste, los brebajes de Raimundo, los senos y cosenos de Quiñones y los discursos de aquel director de producción que una tarde en medio de la descubierta picota le dio al director las quejas de que “Hubieron muchos alumnos que se salieron del campo a comer mango” y que para rematar después de una fuerte exclamación de los jóvenes acusados diciendo entre dientes “no se dice hubieron, se dice hubo” el flamante director remató: Sí, de que los hubieron, los hubieron.
Así éramos potencia educativa.
Ahí en Mijalito, conocimos  el Yucayo, y muchos y muchas perdimos hasta la virginidad. No había otra cosa que hacer. Después que nuestros papás nos despedían en el Parque Martí, ocurría la transformación social. “Somos libres muchachos”. Y ahí, todos vestidos de azul, nos lanzábamos a probar las dulces sensaciones de la vida y la muerte. O si no, que hablen las paredes cuando una noche exhibieron aquella famosa película de Monumento… Carmen Sevilla no puede haberse sentido más deseada en toda su existencia como aquella noche, por toda aquella bola de adolescentes que culminaban triunfales, derramando su esperma en las repelladas paredes de aquel quinto piso del edificio de dormitorios.
También en Mijalito, Carcasez inventó el béisbol con tapas de tubo de pasta, donde Juan Ma, Roly Marquez, y todos los aficionados al baseball llenabamos nuestros ratos de aburrimientos.
Gracias a estas ESBEC, el Ñeñe se inició como conejillo de india en una de las primeras prácticas del “Bulíng” cuando miles de hormigas locas, acariciaron su cuerpo.
Gracias a estas ESBEC, conocimos el alcohol de noventa, forzar un privado en busca de un cómodo sofá para pecar entre Ayes y Gemidos.
Gracias a estas ESBEC, un año después, un grupo grande de estos chicos nos lanzamos a la aventura de dar clases y otros se lanzaron en busca de su propia libertad.

1 comentario:

  1. Recuerdos. Esas huellas indelebles de la primera edad, con sus ritmos, letras y arrumacos

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