martes, 22 de agosto de 2017

EL BIG BANG.


De haberme dado cuenta a tiempo, mi vida no se hubiera convertido en un autentico Big Bang. Sí, así fue y así ocurrió. Una big explosión en un punto en donde antes no existía nada más que la ausencia. No había ni tiempo, ni espacio, ni luz, ni aire. Créanme yo estuve allí, antes, durante y después de que ocurrió el Big Bang. En el núcleo. Yo era el centro del universo. Una nada absoluta, de la cual salió un estrepitoso ruido y justo ahí, empezó a correr el tiempo y ese punto obscuro se tornó blanco, denso, brillante, a una temperatura incalculablemente alta, y comenzó a expandirse en el espacio. Les juro que tuve una sensación muy extraña.
Sin saber cómo, empecé a estirarme como una varilla. Mis ojos se agruparon al centro de mi rostro convirtiéndose en uno solo. Mis piernas se fundieron y tomaron forma de punta. Parecía una aguja que surcaba el espacio recién nacido, el cual comenzaba a tornarse contradictorio. En donde no había nada, ahora aparecía cuanta cosa rara pudiera existir, provocándome efectos nunca experimentados.
Artefactos de cinco puntas fluían en todas direcciones dejando una estela de vapor a su paso y produciendo un agujero obscuro y tenebroso en el punto del cual nacían. Sí, agujeros negros desde donde emanaban cantidades abismales de energía, estirando el tiempo y paradójicamente acortándome la vida.
Grandes esferas multicolores envueltas en una manta lechosa se desprendieron del antiguo punto que a cada segundo, seguía creciendo de igual manera a como se infla un globo. Me dieron deseos de pincharlas, pero iban a más velocidad que yo. Hasta ahí, parecía que todo iba bien. Yo viajaba en línea recta, sin rumbo, sin metas y sin chocar, aunque ya el ruido que provenía de cualquier lugar me resultaba insoportable. El silbido del viento que fluía en sentido contrario y superaba el umbral de lo supersónico.
Sentí mucha confusión mientras me expandía. Perdí el sueño, me torné ansioso y una paranoia total se apoderó de mí. Mis músculos se volvieron tensos, apreté los dientes, sentí mareos, mi vista se nublaba por momentos y mis ojos se movían aceleradamente. Mi corazón latía a ritmos nunca vistos y un océano de escalofríos fluía en lo que antes era un cuerpo normal. Aceleré para ver si esto me hacía sentir mejor, pero mientras más aumentaba mi velocidad, más lenta corría mí vida.
Una segunda explosión—pero esta vez dentro de mi organismo—me hizo temblar, ahora era de miedo. Sentí que mis fuerzas se perdían. Sólo distinguí un círculo borroso que muy a lo lejos se iluminaba por momentos. Era evidente que estaba entrando al túnel. Ese místico túnel que señala el límite entre la vida y la muerte. Perdí el conocimiento y pude percibir que todo en mi se apagó. Me movía por inercia y poco a poco toda mi energía se fue disipando hasta que me detuve.
Pasé largas horas en ese estado, hasta que el tiempo volvió a fluir a ritmos normales y la aguja—en la que me había convertido—ahora servía para cocer mis heridas. Heridas del alma. Heridas que no sanan fácilmente.
Mi big explosión ocurrió justamente aquel día en que probé el éxtasis y lo adopté como algo sin lo cual no podía vivir. Y con ello, empecé a expandirme como lo hizo el universo. Por suerte me alcanzó el tiempo para colgarme de una oscilación de retroceso y volver al punto de partida. Fue un retorno que fue casi eterno, pero regresé. Hoy ya estoy recuperado, pero les juro que yo estuve allí cuando el ocurrió el Big Bang.

OCTUBRE 2006 © Derechos reservados. Revisado 2017.


6 comentarios:

  1. Texto interesante. Ayudado o no por éxtasis o sentido onírico.

    Un saludo

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  2. Mucha suerte y éxito Carlos Alberto, y que todo vaya bien.

    Abrazo.

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    Respuestas
    1. Rafita qué gusto verte... vi que andabas por el Norte revuelto y brutal... gracias
      Abrazos

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