sábado, 25 de febrero de 2017

Afrodita, Tiberio y el secreto de Mal Tiempo.


Afrodita Pérez, decidió que no quería saber nada de curas, monaguillos ni seminaristas, desde aquel día en que en un ataque de valentía, entregó su alma al diablo.
—¡No puede ser!... ¿estás loca? — exclamó el padre Tiberio al escuchar la confesión de amor que acababa de hacerle Afrodita ― Te prohíbo que vuelvas a repetir tan pecadora confesión.
Afrodita bajó la cabeza y sendas lágrimas surcaron su fino rostro. No podía imaginar que aquel hombre no sintiera lo mismo por ella después de tantos meses de estar tan cerca de él. Juntos visitaban las comunidades campesinas próximas al poblado de Mal Tiempo, un municipio de Cienfuegos, llevando alimentos y ropas para los guajiros más necesitados. Juntos preparaban las ceremonias de bautizo, bodas, misas y hasta las clases de catecismo que se organizaban para la preparación de los fieles católicos que se disponían a tomar su primera comunión.
Afrodita era una especie de asistente personal del Padre Tiberio, un joven que no pasaba de los 30 años de edad y que se había consagrado a Dios buscando la paz de su alma.
Para Afrodita, la negativa del Padre fue el mayor de los golpes recibidos en sus ya 20 años cumplidos. No concebía su vida sin el amor de Tiberio y aunque Dios no la perdonara nunca, ella estaba dispuesta a aunque sea darse un arrimón con el apuesto sacerdote.
A partir de ese momento y dada algunas reacciones de despecho que mostró Afrodita, la bola rodó por el pueblo y de tanto rodar, creció y se convirtió en un enorme chisme…
«― ¿Te enteraste? El Padre Tiberio se está dando a la Afrodita… ¡quién lo iba a decir! ―Decía doña Alfonsina, la bruja más chismosa del poblado»
Y poco a poco algunos fieles se fueron alejando del párroco y le exigieron que si en verdad tenía dignidad, lo menos que podía hacer era largarse del pueblo. Y así lo hizo y con ello, Afrodita perdió la razón de vivir.
Unos meses después Afrodita resolvió cambiar de aire y convenció a sus padres para que la dejaran irse a Cienfuegos. Necesitaba alejarse de todos los recuerdos y reencontrarse con la vida, con la verdadera mujer que llevaba por dentro y por qué no, encontrar al hombre que la sacara de su enfermizo amor por Tiberio.
Nadie sabe a ciencia cierta que pasó, pero a los tres meses de estar supuestamente estudiando en la escuela de economía de la capital provincial, Afrodita regresó a su terruño. Y desde ese día, el batey de Mal Tiempo tuvo un personaje para la historia.
Cuenta su hermana Rumacinta que pasaron tres largos años sin que Afrodita dejara de llorar y lo poco que dormía, lo lograba en brazos de Celestina, su amorosa madre, que tuvo que dejar de atender a su marido, quien desesperado por darle uso a su aparato, se buscó una amante y por razones obvias, este chisme no rodó de boca en boca pues la que se encargaba de darles sus buenas arrimadas al bueno de Don Hilario, era nada más y nada menos que la bruja más chismosa del pueblo.
Nadie podía contentar a Afrodita quien en su eterno divagar no encontraba consuelo para sanar sus heridas. Algo muy duro había pasado en su supuesta ida a la capital, y no había Dios, ni curas, ni curandero, que pudiera sacarle lo que llevaba por dentro.
Un día, cansada de tanto sufrimiento y de ver a su hija hecha una piltrafa, Celestina decidió traer al pueblo a una prestigiosa psicoanalista: la Dra. Soledad Cañón, quien ya curada de su adicción por el sexo, había decidido consagrar su vida a ayudar a toda persona que sufriera de una depresión crónica, sin cobrar un centavo por sus servicios.
Cinco horas de encierro bastaron para que ante la sorpresa de todos, Afrodita dejara de llorar y por primera vez en tanto tiempo una alegre sonrisa se asomara en su rostro, al término de la fatigosa terapia a la que se entregó.
Y ese misterioso suceso del pasado que marcó tan drásticamente la vida de Afrodita quedó guardado como un secreto que sólo en el pueblo sabían Afrodita y su madre: Lo único que se sabe es que desde ese día no se supo nada más de Don Hilario y que nadie vio llorar jamás a la Afrodita, ni incluso, siete años después, el día de la muerte de Doña Celestina, ocurrido justamente cuando nació el tercer hijo de la mujer que un día se había convertido en diosa.
Ese día, encontrándose aún adolorida por los efectos del parto, ante el féretro de su madre y llevando al recién nacido en sus brazos, dijo en voz casi gritando:
― Madre, que Dios me perdone, sé que no estarás muy de acuerdo con esta decisión que acabo de tomar, pero este niño, se llamará igual que mí… ― Y pegando su boca al oído de la ya inerte Doña Celestina, terminó la frase en un indescifrable murmuró.


Siete años antes.

― Afrodita, no tengas miedo. Sólo he venido a ayudarte―le dijo la Dra. Soledad Cañón.
Afrodita empezó a hablar hundida en un mar de sollozos.
―Doctora, son muchas cosas las que me tienen en este inmenso vacío.
―Háblalo, necesitas sacarlo todo…
El día que Afrodita se fue de su casa, no fue para irse a estudiar a la escuela de economía, como le había dicho a sus padres. Su inmenso amor por Tiberio no la hizo flaquear un segundo en su intento por buscarlo hasta donde fuera necesario. Y así lo hizo. Con el nuevo párroco de Mal tiempo, averiguó el paradero de su amado. Para su sorpresa, se enteró, que ante los rumores de que Tiberio había incumplido las reglas católicas del celibato, había decidido irse a un retiro espiritual muy cerca de los Baños de Ciego Montero y así pensar si en realidad ser cura era su vocación: Pero la realidad era otra. Tiberio la amaba y se había ido para renunciar a seguir siendo sacerdote y luego venir por ella y juntos formar una familia.
La felicidad la cegó y en vez de regresar y esperarlo, Afrodita fue directo al pueblo de Ciego Montero y lo encontró en su bohío en medio del monte. Al verla, el arrepentido sacerdote se lanzó a sus brazos y se entregaron en un apasionado beso.
―Ya no aguanto más―le dijo―. Te amo, y por ti estoy dispuesto a todo. Ya basta de engañarme, yo no nací para ser cura. La carne es más fuerte, el amor es más poderoso que toda la fe que pueda existir. ¡Ya basta! ― Y tomándola de la mano Tiberio corrió al encuentro con su madre ―. Madre, te presento a la Afrodita, la mujer de quien tanto te he hablado.
― Que Dios te perdone hijo, pero si esta es la mujer que tanto amas, dale riendas sueltas a tus sentimientos. Dios sabrá perdonarles sus pecados. ― Y dirigiéndose a Afrodita le dijo dulcemente―. Si tú eres más fuerte que la fe que mi hijo dice profesar por Dios, conviértete en su diosa y qué desde ahora se entregue por completo a ese amor tan poderoso.
Y abrazándola muy fuerte a su pecho, terminó diciéndole al oído.
― Desde hoy, esta es tu casa.
Faltando un día para cumplir los tres meses en casa de Tiberio, y plenos de amor, placer y lujuria, ocurrió lo que para muchos creyentes podría ser llamado como el castigo de Dios.
Ese día, mientras su suegra miraba sus recuerdos de familia, le pidió a Afrodita que la acompañara. Un viejo álbum de fotos, le hizo recordar su pasado, y sobre todo aquellos tiempos en los que había quedado embarazada y esperaba el nacimiento de su hijo.
―Es curioso, entre tantas fotos que tienes en este álbum, no hay ninguna del papá de Tiberio―señaló Afrodita.
―Ese ha sido siempre un secreto. Ni el propio Tiberio sabe quien es su padre. Creo que fue una de las cosas que lo orilló a entregarse a Dios, sin estar convencido de su vocación. Fue un amor prohibido, un amor sin sentido, más que ese regalo que me hizo.
Y buscando en un cajón sacó unas cartas visiblemente empolvadas. Abrió un sobre y sacó una foto de aquel hombre al cual pecaminosamente se había entregado.
Afrodita palideció de inmediato y casi temblando exclamó:
―Señora, este hombre es mí… es mí padre.

***
Hoy el pequeño Tiberio ya tiene cinco años. Sin dudas, es el consentido de Afrodita, quizás por ser entre sus hijos, el que encierra ese secreto que nadie, a pesar del tiempo, ha podido todavía descifrar.

Y cada año, en cada celebración, Afrodita, ante la tumba de Doña Celestina, le repite la misma frase que le dijo el día de su muerte… «Madre, que Dios me perdone, sé que no estarás muy de acuerdo con esta decisión que acabo de tomar, pero este niño, se llamará igual que mi hermano, que sin que nadie pueda impedirlo seguirá siendo mi marido.»

4 comentarios:

  1. ¡Hola Carlos!
    Te había perdido en las redes de Internet.
    Muy bueno tu cuento, tiene tu estilo, con esos personajes que al leerlos, una se queda pensando... ¿serán reales o es la loca imaginación del escritor? creo que un poco de cada cosa.
    Sea como sea, me ha gustado.

    Saludos.

    mariarosa

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    Respuestas
    1. Gracias María Rosa yo también te había perdido la pista. Gusto en saludarte.
      Carlos

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  2. "Los novios eran hermanos" era el final de una canción que escuché cuando casi era todavía un niño. Aquello era una especie de culebrón, pero tú has convertido el mismo argumento en un magnífico relato.
    Me alegra seguir viéndote por aquí. Yo también te tenía medio perdido.
    Un abrazo.

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    Respuestas
    1. Gracias Chema.
      No sabía de la canción, seria bueno escucharla.

      UN ABRAZO
      Carlos

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