lunes, 25 de mayo de 2015

La mexicana.


Creo que al final del segundo día, ya había perdido la noción del tiempo. No sabía si era de día o de noche y mis sentidos poco a poco fueron adaptándose a sustituirse unos por otros, para acoplarme a aquella oscura, húmeda y hedionda habitación de no más de un metro por un metro y donde no podía estar de pie porque mi cabeza chocaba con un enorme foco que prendían solo para hacerme arder mis dilatadas pupilas y para crear en mí un sudor que poco a poco fue envolviéndome en una incómoda e insoportable pestilencia. Solo mis oídos calculaban el no periódico instante de tiempo en el que me daban de comer. Una oxidada ventanilla a ras de piso crujía y un plato antihigiénico raspaba el corrugado piso de cemento mojado por mi orina concentrada y portando la antítesis de un alimento digno para un ser humano. Un alimento que devolvía intacto cuando escuchaba de nuevo el único sonido que llegaba a mis oídos. Nunca imaginé que una tortura psicológica doliera mucho más que veinte latigazos o que el estar acostado en el potro de la muerte. Lo único grato que podía hacer era pensar. Pensar en cómo no permitir que quebrantaran mi espíritu, ni mis fuerzas físicas, ni mi capacidad mental.  Jugué entonces a imaginar todo de lo que me estaban separando.
Imaginé la luz, imaginaba que mis pulmones purificaban el aire denso y tóxico que a cada segundo inhalaban. Imaginé que corría, como lo hacía a diario. Imaginé que leía, que escribía y no dejé un minuto en ejercitar mi mente. No sé qué tiempo pasó, pero mis fuerzas iban mermando y me sentía completamente acalambrado.
Un ruido diferente me sacó de mi letargo. Una puerta se abrió simultáneamente con la intensa luz de aquel odiado foco incandescente. Dos hombres me tomaron por los hombros. Me arrastraron como unos diez metros y me obligaron a pararme en una pared y a extender mis brazos. Sentí aquel chorro que me oprimía contra el muro. Sentí como cambiaba mi olor y como poco a poco el aire que entraba en mi organismo, estaba libre de aquella densa saturación a “peste a todo”.
Mis piernas luchaba para soportar el peso de un cuerpo que calculo haya perdido unos 5 o 10 kilos en ese eterno tiempo que parecía haberse detenido. Me secaron y me pusieron un uniforme de caqui azul. Me llevaron a una sala de interrogatorios. Lo típico que se ve en las películas. Una pared con un espejo. Pude imaginar a los esbirros al otro lado, observando cada uno de mis gestos y movimientos. Otro largo rato de espera y por fin entró el especialista.
Ya lo sabemos todo. Tu amiguita ha soltado la lengua.  Así que sabes lo que tienes que hacer. Si nos ayudas, podemos ser más blandos contigo, de lo contrario, sabes que te esperan 25 años a la sombra.  
No sé qué habrá dicho mi amiguita. Ni yo mismo sé por qué estoy aquí.
Las mismas técnicas de siempre. Parecían muy sofisticados, pero era el mismo perro con diferente collar. Todo lo que había leído en las novelas policiacas, me estaba pasando. Dos o tres horas de interrogatorio. Salía, volvía a entrar, las mismas preguntas, los mismos argumentos, las mismas insinuaciones que mi amiga “La mexicana” me había delatado y lo había confesado todo. Según ellos ambos éramos el cerebro de una magistral conspiración en contra del gobierno. Me mostraban las mismas fotos, me repetían los mismos nombres. Pero mi respuesta siempre era la misma. Todo lo negaba, todo lo evadía, para cada cosa tenía mi coartada perfecta y los mismos argumentos.  Luego me sacaban a una celda ya menos precaria que la anterior y al cabo de unas horas se repetía lo mismo, y lo mismo. De nuevo a la celda y otra vez lo mismo. Perdí la cuenta de cuantas veces repitieron el mismo procedimiento.
A “La mexicana” la conocí una noche de 1994 en el Cabaret Tropicana. Una de esas noches en que sin un centavo en la cartera y un poco de alcohol de 90° en un frasco de medicina en el bolsillo, me fui en plan de ver a qué extranjera pescaba. La estrategia era la misma. Llegaba, me sentaba en la barra, cerca de la presa a conquistar,  pedía un refresco de cola, un vaso con hielo y cuando el barman me servía el refresco y se iba, yo sacaba mi pomito de alcohol, le echaba un poco al refresco y me preparaba mi “Cuba Libre.
Ese día, después que “La mexicana” me vio hacer mis artificios de alquimista se acercó y fuimos protagonistas de una de esas largas charlas de conquista, donde el verbo juega un papel importante. Conversación exitosa que terminó en la cama de una suite del Hotel Riviera con todos los lujos que nunca había podido imaginar.
Resultó que la señora, a la cual los oficiales le apodaban “La mexicana” y que me llevaba casi 10 años, era una exitosa empresaria española, que estaba en la Habana buscando, supuestamente, invertir su dinero. Suerte que uno tiene en la vida y una noche te llega y te toca. Suerte que los cubanos no conocen y que de repente una noche de copas y de placer incalculable, se convierte en una pesadilla.
A la mañana siguiente, eran como las diez más o menos, salí bañadito y perfumado del hotel. Iba contento, porque habíamos quedado en repetir nuestros encuentros en los que yo sería un invitado V.I.P.
Fue entonces cuando de camino a la parada de la guagua fui interceptado por dos oficiales vestido se civil, me metieron en una patrulla y me llevaron rumbo a Villa Marista (Oficinas Centrales de la Inteligencia cubana). Ahí comenzó esta pesadilla.
Me enteré que había pasado una semana cuando por fin el especialista me llevó de nuevo a la sala de interrogatorios y me dijo que ya estaba en libertad. Que habían cruzado toda la información que yo había dado y que no tenía de qué preocuparme.
Solo queremos ofrecerte una disculpa. Sabemos que eres un jinetero común y que eres un hombre rebelde,  y el verte con una enemiga declarada de la revolución pensamos que tú pudieras andar en malos pasos. Tenemos informes de que “La mexicana”, es una española que reside en Miami, y tiene contactos con algunos personajes de la disidencia cubana.
Vaya, Vaya… así que hasta agente de la C.I.A puede ser la cabrona. Yo solo sé que coge muy rico. Le dije al super-agente. Y me largué.

Una noche, de una semana después de haber caído preso y dos días de haber sido liberado, fue a buscarme “La mexicana”.
Qué mal te ves…  ¿Por qué no fuiste a buscarme al otro día de conocernos?
Solté una carcajada. Pero no le respondí. Solo rabia e impotencia se escondieron bajo el telón de mi sonrisa fingida.  

***

Ya hace casi 20 años desde aquel inolvidable suceso, donde agentes de la super-inteligencia cubana me torturaron psicológicamente para averiguar si la extranjera con la que me había acostado era un agente de la C.I.A.

Hoy vivo en México y llevo casado 18 años con “La mexicana.” Ya estamos jubilados, felices y disfrutando de la vida, muy al margen de agencias y de espías. Ya ha pasado mucho tiempo,  pero no por eso tendría hoy que confesarles si fuimos o no agentes de un bando o de los dos. “La mexicana” nunca me preguntó si yo lo era. Yo tampoco se lo pregunté a ella. Me imagino que así debe ser la vida de un espía..., y me imagino que si ella lo era, experiencia de sobra ha de haber tenido para darse cuenta que a mí esas cosas me valen madres y que lo único que he espiado en mi vida era a mi prima cuando se quedaba a dormir en mi casa y se metía en mi cuarto para cambiarse de ropa.


9 comentarios:

  1. Preciosa historia que me ha tenido atrapada hasta el final. La primera parte se deja sentir con tanta fuerza que te llega el olor, el sudor y el dolor.
    Besos Carlos

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  2. Excelente narrativa, cautivada de principio a fin.
    Saludos!.

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  3. Me parece que ya había leído este relato, igual no me hagas caso estaré equivocada.

    Un abrazo

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  4. Enganchado hasta el final con tu narración.
    Un abrazo, Carlos.

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  5. Duro relato, y nadie quisiera verse en esa situación, y mucho menos mujer, que tiene mucho más que perder.

    Abrazo Carlos.

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  6. Muy buena historia, con un final abierto...
    Un abrazo, Carlos.

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  7. Muy buena historia Carlos. Puede ser que ya la hayas publicado? Me resultó conocida, pero no por ello menos intereante.

    mariarosa

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  8. Nunca dejarás de sorprenderme amigo, por tus magníficos relatos.

    Abrazo Carlos.

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  9. Me impresionado el principio. Incluso he tenido la sensación de vivir esa experiencia ingrata. Me ha sorprendido el desenlace. No es la primera vez que consigues transmitir al lector estas sensaciones tan dispares. Nunca acierto con el final que intuyo. Eso es mérito del narrador, indudablemente.

    Un abrazo

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