domingo, 9 de noviembre de 2014

Ya es Otoño.



Solía luchar sin reparos por las causas perdidas… y mira que se lo decía.
Y un día de octubre se vistió de miliciano y salió convencido, y con decoro. Dispuesto a derramar su sangre sobre el lodo tambaleante de un insipiente sistema que rascaba al populismo y dirigía sus discursos a quienes nunca fueron escuchados. Él nunca había sido escuchado. Y ahora vitoreaba las consignas y como el pueblo enardecido, portaba un fusil para defender ideales que reposaban sobre enormes misiles escondidos. Misiles mortales que defendían estoicamente las causas del proletariado. De un proletariado, que al paso de los años, volvería a no ser escuchado, ahora no por un patrón capitalista o un Zar endemoniado, sino por un líder que se embriagó de autoridad y se crucificó en el poder… y mira que se lo decía.
Solía parecer un macho enérgico de los que dando un grito era capaz de hacer temblar a un gran ejército. Acostumbraba dominar las situaciones y manejar a su antojo sus caprichos. Solía caminar con cara erguida, sacando el pecho a cada paso sin quebranto. Reiteraba decir que dominaba el armónico vaivén de sus extraviados sentimientos y en esos intervalos de tiempos (muy frecuentes), cuando un toque de soledad lo sacudía, estudiaba sus dogmas,  y las falsas verdades repetidas emergían impávidas, como brillantes mentiras florecidas… y mira que se lo decía.
Y así caminó por mucho tiempo sin darse cuenta que ni era un macho enérgico, ni dominaba situaciones y mucho menos sus caprichos. Un día que dejándose engañar por sus instintos, se vio solo, sin amores, sin amigos, con hambre y una mente divagante, fue entonces que comprendió que era un necio producto del hastío. Un fósil que guardaba sus luchas, y que había sido lanzado al olimpo de los olvidados… y ese día, creo que fue que me entendió. Ese día confesó haber vivido para un sistema comunista que lo envolvió en la indiferencia, dejando sus cimientos más que quebrantados. Y algo dentro sacudió su valentía y alzando su fusil ya muy oxidado, pidió a la muerte que viniera en su auxilio. La sintió llegar y de su mano, su cuerpo surcó la débil brisa y recorriendo más de 30 metros y acelerado por la fuerza divina de la gravedad, como misil se encajó firme en el piso.
Papá, nada sirvió. Ni la crisis de octubre, ni bahía de cochinos, ni Angola, ni las zafras del pueblo, ni los casi 56 años de tu deseada revolución socialista y proletaria. Suenan ya las brisas del otoño y las hojas empiezan a caer como lo hizo tu cuerpo en busca de la muerte.
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