jueves, 25 de septiembre de 2014

Los columpios.


1

Recuerdo cuando apenas teníamos 11 años, mi hermano gemelo y yo solíamos sentarnos todos los días a la misma hora a columpiarnos bajo la sombra de aquel viejo árbol de castañas. Éramos tan idénticos físicamente pero muy distintos en gustos. Él, trataba de seguir los pasos de mi padre; un destacado investigador en el área de la física cuántica y a diferencia de mí, en sus lecturas, buscaba explicación de cosas que a un niño de nuestra edad no se le ocurriría jamás. Sus curiosidades iban más allá del tiempo y del espacio. Yo, por el contrario, me inclinaba por la literatura y para mi edad, algo muy fuera de lo común, era una autentica polilla de biblioteca.
Algún día seré un escritor famoso. Le decía a mi hermano.
Algún día visitaré una estrella. Me contestaba él para competir con mis sueños.
Una tarde, justamente el día de nuestro cumpleaños once, en la que las nubes cubrían todo el cielo con un manto gris casi negro, nos sentamos a columpiarnos y mientras le contaba a mi hermano sobre el último libro de Julio Verne que acababa de leer. Él me interrumpió pasado unos cinco minutos y me dijo:
Eldo, haré un viaje imaginario a la estrella Alfa Centauri, pensarás que estoy loco, pero tú más que nadie sabes que eso es lo que más anhelo en esta vida. Esta estrella está solo a 4 años luz de distancia. Ya tengo hecho todos mis cálculos y estoy seguro que algún día volveré. Solo quiero que sigas al pie de la letra mis indicaciones: La primera es que guardes este reloj y todo los días a esta misma hora, vengas aquí a columpiarte y anotes el tiempo que ha transcurrido. La segunda, es que no le digas nada a Papá. Quiero darle una sorpresa cuando le muestre ante sus ojos que el tiempo medido desde un sistema que viaja a velocidades cercanas a la de la luz, se dilata. Ahora… cierra los ojos y cuenta hasta diez...
Cerré mis ojos y empecé mentalmente a hacer un conteo regresivo. 10, 9, 8, 7… Cuando llegué al cero los abrí y su columpio se mecía por inercia, hasta que sus  oscilaciones decrecieron en el tiempo y se detuvo, pero mi hermano no estaba.
Odel, Odel, Odelgrité varias veces, pero jamás apareció.

2

Cuando cumplí 22 años con 4 meses, publiqué mi primera novela. Mi padre había muerto 2 años atrás. Nunca pudo superar el dolor por la desaparición de mi hermano. Yo tampoco, aunque mi dolor era aún más fuerte porque aun estando en su lecho de muerte traté de confesarle el secreto que guardaba de mi hermano… no me dio tiempo. El sonido continuo de aquel aparato al que lo tenían conectado, se me adelantó.
Me hubiera gustado autografiarle mi novela a cada uno de los seres que más quise. Pero no pudo ser.
Esa tarde, a la misma hora de siempre me dirigí al columpio. Hice la anotación del tiempo como todos los días. Me senté en el mío y empecé a mecerme. Cerré los ojos por un rato. Muchos recuerdos vinieron a mi mente. Un pequeño ruido me sacó del letargo. Abrí los ojos y quedé completamente petrificado.
Un joven como de unos 18 años se mecía lentamente en el columpio de mi hermano. Tenía un reloj en su mano. Me miró a los ojos y me dijo.

Han pasado 7 años según mi reloj. ¿Cuánto pasó en el tuyo?No respondí. Estaba viviendo exactamente el final de mi novela. Ahora yo era 4 años con 4 meses mayor que mi hermano gemelo. 
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