lunes, 25 de agosto de 2014

Bajo mi Piel.


1

Ya hacía casi dos semanas que solía llegar al bar a la misma hora todas las noches. Cinco minutos después, invariablemente llegaba ella. Siempre elegantemente vestida de rojo, se sentaba, sacaba de su bolsa un fajo de billetes, guardados en un sobre cerrado,  y se lo entregaba. Él sin decir palabras lo guardaba en un portafolio, anotaba en su cuaderno, se ponía de pie y se marchaba. Ella pedía su acostumbrado coñac y se lo saboreaba lentamente para dar tiempo que transcurrieran estrictamente  treinta minutos. Ni uno más, ni uno menos. Llegado ese tiempo, exactamente a las 10:35 p.m., se apagaban las luces y un cono de luz blanca enfocaba al escenario por donde, tres minutos después, aparecía una extravagante pero sensual mujer rubia y vestida de blanco, cuya voz, mezclada entre los acordes de un viejo piano, interpretaba  “I’ve got you under my skin” de Sinatra. Cuando se prendían de nuevo las luces, la mujer de rojo ya no estaba.

2


Tres días después, y como todos los días, llegó el hombre a la misma hora de siempre. Esa noche el bar estaba repleto y solo la mesa donde él acostumbraba a sentarse estaba desocupada. A los cinco minutos, llegó ella. Ese día vestía de blanco y se mostraba un poco más extravagante que de costumbre. Se sentó, sacó de su bolsa un sobre vacío y se lo entregó. Él sin decir palabras lo guardó en su portafolio, anotó algo en su cuaderno, la miró fijamente a los ojos y a diferencia de los días anteriores, no se marchó. Ella pidió su acostumbrado coñac, esta vez le obsequió uno a él, y sin dejar de mirarlo, lo saboreó lentamente para dar tiempo que transcurrieran los treinta minutos de rigor. Llegado ese tiempo, exactamente a las 10:35 p.m., se apagaron las luces y el cono de luz blanca enfocó al escenario por donde, tres minutos después, apareció una elegante mujer vestida de rojo, cuya voz, mezclada entre los acordes de un viejo piano, interpretaba  “I’ve got you under my skin” de Sinatra. Cuando se prendieron de nuevo las luces, la mujer de blanco no estaba y el hombre yacía recargado en el espaldar de la silla con un balazo en la frente.
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