lunes, 15 de diciembre de 2014

Uma Luz Ofuscante...



Corrían los años 70´s y un joven medio rebelde, que caminaba solitario por las calles de La Habana, con una guitarra en mano, creyéndose medio hippie, medio loco, medio sabio, y engañándose hasta el mismo con su doble moral disfrazada de poeta, llegó a casa de un amigo, para mostrarle su ultima creación. 

 Pablo, dime si te gusta Y empezó a cantar...

Ojalá ese hijo de puta se quede ciego,
Mudo y con la boca retorcida.
Y que le pase algo que lo desaparezca del mapa
Que le caíga un rayo, y se electrocute
y que a ese bandido se lo lleve lo muerte y
que me escupan cuando diga tu nombre…

Oye Silvio, pero estarás de acuerdo que no puedes cantar esa canción así, te van a meter preso… 
Bueno..., ‒ Pensó por unos minuto y dijo: ‒ Entonces la cambiamos por esto:

Ojalá se te acabe la mirada constante
la palara precisa, la sonrisa perfecta
Ojalá pase algo que te borre de pronto
una luz cegadora, un disparo de nieve
Ojalá por lo menos que me lleve la muerte
para no verte tanto, para no verte siempre
en todos los segundos, en todas las visiones
ojala que no pueda tocarte ni en canciones...


miércoles, 10 de diciembre de 2014

Jean-Marie Loret



Dos jóvenes, uno abogado y el otro soldado,  sentados desde lo alto de un monte blanco, húmedo y de maleza acolchonada, observaban el espacio mientras esperaban que le asignaran su próxima misión.
― ¿Tuviste hijos? ― Le preguntó el abogado al soldado.
El joven se rasco su angosto y cuadrado bigote y respondió en un alemán casi perfecto.
― Sí. Me recuerdo que en marzo de 1918, Charlotte, ―así se llamaba una adolescente francesa de 16 años que conocí mientras servía como soldado en Francia durante la Primera Guerra Mundial― dio a luz a un niño que después dejaría en adopción. El chaval, marginado por ser «hijo de un boche», creció posteriormente en el seno de una familia francesa de clase media. Es increíble, cada vez que cuento esta anécdota se me retuerce la tripa… Me recuerdo, que en 1939, tras graduarse como abogado, mi hijo, combatió al régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial.
― ¡Qué ironía! ―exclamó el abogado con su marcado acento parisino.
― Y tú… ¿cómo te llamaste allá en la tierra? ¿Conociste a tu padre?

―… Yo fui Jean-Marie Loret y mi padre fue un gran Hijo de Puta.

viernes, 5 de diciembre de 2014

A calvo ad calvum


― ¿Te consideras un despilfarrador?
― Ufff ― exclamó. ― En mis despilfarros superé la extravagancia de los más pródigos. Fui el creador de una nueva especie de baños, de manjares extraordinarios y de banquetes monstruosos; me enjuagaba con esencias unas veces calientes y otras frías, tragué perlas de muy alto precio disueltas en vinagre; hice servir a mis invitados, panes y manjares condimentados con oro. Durante muchos días arrojé a la muchedumbre, desde lo alto de la basílica, enormes cantidades de monedas pequeñas. Hice construir naves de diez filas de remos, con velas de diferentes colores y con la popa guarnecida con piedras preciosas. Para la edificación de mis palacios y casas de campo, no tuve en cuenta ninguna de las reglas y nada ambicionaba tanto como ejecutar lo que se consideraba irrealizable; construía diques en mar profundo y agitado; hice dividir las rocas más duras; elevé llanuras a la altura de las montañas y rebajé los montes a nivel de los llanos; hice todo esto con increíble rapidez, y castigando la lentitud con pena de muerte. Para decirlo de una vez, en menos de un año disipé los inmensos tesoros de mi antecesor.
En eso entró uno de los cuidadores del sanatorio con un perrito chihuahua en sus brazos.
El paciente entró en pánico al ver al perro. Se puso de pie y empezó a gritar que lo sacaran de la habitación o se llevaran al perro. Temblaba, sudaba, lloraba. Entre tres guardias de seguridad no podían controlarlo mientras gritaba a toda voz: Los mataré a todos, del primero al último.
―Es todo por hoy. ― dijo el doctor y dirigiéndose a un custodio le ordenó: ― ya pueden llevar al paciente a su celda.
El doctor se quedó pensativo y después de releer todos sus apuntes exclamó:

―No tengo la menor duda… Sí es Calígula.


Nota: 
«De calvo a calvo» (esta anécdota la cuenta Suetonio, según la cual un día, decidiendo quiénes de una fila de hombres habrían de ser castigados y llevados a las fieras, y observando que había dos en la fila que no tenían pelo, el primero y el último, ordenó las ejecuciones a calvo ad calvum, es decir, de calvo a calvos, frase proverbial que ha quedado con el significado de "todos, del primero al último").



domingo, 9 de noviembre de 2014

Ya es Otoño.



Solía luchar sin reparos por las causas perdidas… y mira que se lo decía.
Y un día de octubre se vistió de miliciano y salió convencido, y con decoro. Dispuesto a derramar su sangre sobre el lodo tambaleante de un insipiente sistema que rascaba al populismo y dirigía sus discursos a quienes nunca fueron escuchados. Él nunca había sido escuchado. Y ahora vitoreaba las consignas y como el pueblo enardecido, portaba un fusil para defender ideales que reposaban sobre enormes misiles escondidos. Misiles mortales que defendían estoicamente las causas del proletariado. De un proletariado, que al paso de los años, volvería a no ser escuchado, ahora no por un patrón capitalista o un Zar endemoniado, sino por un líder que se embriagó de autoridad y se crucificó en el poder… y mira que se lo decía.
Solía parecer un macho enérgico de los que dando un grito era capaz de hacer temblar a un gran ejército. Acostumbraba dominar las situaciones y manejar a su antojo sus caprichos. Solía caminar con cara erguida, sacando el pecho a cada paso sin quebranto. Reiteraba decir que dominaba el armónico vaivén de sus extraviados sentimientos y en esos intervalos de tiempos (muy frecuentes), cuando un toque de soledad lo sacudía, estudiaba sus dogmas,  y las falsas verdades repetidas emergían impávidas, como brillantes mentiras florecidas… y mira que se lo decía.
Y así caminó por mucho tiempo sin darse cuenta que ni era un macho enérgico, ni dominaba situaciones y mucho menos sus caprichos. Un día que dejándose engañar por sus instintos, se vio solo, sin amores, sin amigos, con hambre y una mente divagante, fue entonces que comprendió que era un necio producto del hastío. Un fósil que guardaba sus luchas, y que había sido lanzado al olimpo de los olvidados… y ese día, creo que fue que me entendió. Ese día confesó haber vivido para un sistema comunista que lo envolvió en la indiferencia, dejando sus cimientos más que quebrantados. Y algo dentro sacudió su valentía y alzando su fusil ya muy oxidado, pidió a la muerte que viniera en su auxilio. La sintió llegar y de su mano, su cuerpo surcó la débil brisa y recorriendo más de 30 metros y acelerado por la fuerza divina de la gravedad, como misil se encajó firme en el piso.
Papá, nada sirvió. Ni la crisis de octubre, ni bahía de cochinos, ni Angola, ni las zafras del pueblo, ni los casi 56 años de tu deseada revolución socialista y proletaria. Suenan ya las brisas del otoño y las hojas empiezan a caer como lo hizo tu cuerpo en busca de la muerte.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Las Orgías de mi Papá.


Se dice fácil, tal vez se lea fácil, pero para mí que lo viví en carne propia es todo lo contrario. Mucho se ha escrito y hablado de mí. Solo yo sé la verdad. Y una de las verdades más duras de mi vida, es haber tenido un padre, que primero fue amante de mi abuela, después de mi madre y por último… mi amante.
Uno de los sucesos más grotescos que aún conservo, entre tantos hechos por mi padre, sucedió durante la última noche de octubre de… perdonen mi memoria, pero fue hace mucho tiempo…
Esa noche, se invitó a importantes hombres a participar de un banquete, en donde hubo distintas comidas y bebidas. Luego de la cena, fueron recogidas las mesas y se procedió a la parte bailable. Me apasionaba tanto el arte y ese místico lenguaje corporal que traducía historias creadas por verdaderos talentos. Una vez terminado esto, se procedió al ballet, en donde cierto número de candelabros fueron colocados en el suelo, y entre ellos fueron esparcidas castañas que las cortesanas desnudas tenían que coger con la boca pasando de manera sugerente por las velas.
Y fue ahí donde la cosa tomó un rumbo muy sorprende para mí.
Mi padre se puso de pie y gritó:
Qué comience la orgía.
Fue entonces, que todos los presentes se desnudamos y tuvieron sexo con las prostitutas contratadas por mi hermano. Mi padre, en un acto de generosidad, ofreció premios de todo tipo. Para los menos potentes sexualmente, hubo también regalos - dobletes de seda, de pares de zapatos, sombreros y otras prendas de vestir.
Los criados por su parte, llevaban la cuenta de la cantidad de orgasmos de cada invitado, ya que mi padre premiaría con joyas y ropajes lujosos a los 3 hombres que hubieran eyaculado un mayor número de veces.
No puedo negar, que me calenté hasta un punto tal, que le pedí a mi hermano que me acompañara a mis aposentos.
Lucrecia, tu corazón late muy acelerado.
Vamos Cesar, no disimules más, sé lo que sientes por mí y quiero desahogar este fuego que me quema por dentro… vamos, apúrate que no te invité para que me vieras masturbar.
Dicho esto, mi hermano se abalanzó sobre mí y nos fundimos en uno de los momentos sexuales más apasionados que recuerdo en mi vida. Y miren que tuve muchos.
Que lastima hoy no se vivan esas cosas en el Vaticano…



jueves, 25 de septiembre de 2014

Los columpios.


1

Recuerdo cuando apenas teníamos 11 años, mi hermano gemelo y yo solíamos sentarnos todos los días a la misma hora a columpiarnos bajo la sombra de aquel viejo árbol de castañas. Éramos tan idénticos físicamente pero muy distintos en gustos. Él, trataba de seguir los pasos de mi padre; un destacado investigador en el área de la física cuántica y a diferencia de mí, en sus lecturas, buscaba explicación de cosas que a un niño de nuestra edad no se le ocurriría jamás. Sus curiosidades iban más allá del tiempo y del espacio. Yo, por el contrario, me inclinaba por la literatura y para mi edad, algo muy fuera de lo común, era una autentica polilla de biblioteca.
Algún día seré un escritor famoso. Le decía a mi hermano.
Algún día visitaré una estrella. Me contestaba él para competir con mis sueños.
Una tarde, justamente el día de nuestro cumpleaños once, en la que las nubes cubrían todo el cielo con un manto gris casi negro, nos sentamos a columpiarnos y mientras le contaba a mi hermano sobre el último libro de Julio Verne que acababa de leer. Él me interrumpió pasado unos cinco minutos y me dijo:
Eldo, haré un viaje imaginario a la estrella Alfa Centauri, pensarás que estoy loco, pero tú más que nadie sabes que eso es lo que más anhelo en esta vida. Esta estrella está solo a 4 años luz de distancia. Ya tengo hecho todos mis cálculos y estoy seguro que algún día volveré. Solo quiero que sigas al pie de la letra mis indicaciones: La primera es que guardes este reloj y todo los días a esta misma hora, vengas aquí a columpiarte y anotes el tiempo que ha transcurrido. La segunda, es que no le digas nada a Papá. Quiero darle una sorpresa cuando le muestre ante sus ojos que el tiempo medido desde un sistema que viaja a velocidades cercanas a la de la luz, se dilata. Ahora… cierra los ojos y cuenta hasta diez...
Cerré mis ojos y empecé mentalmente a hacer un conteo regresivo. 10, 9, 8, 7… Cuando llegué al cero los abrí y su columpio se mecía por inercia, hasta que sus  oscilaciones decrecieron en el tiempo y se detuvo, pero mi hermano no estaba.
Odel, Odel, Odelgrité varias veces, pero jamás apareció.

2

Cuando cumplí 22 años con 4 meses, publiqué mi primera novela. Mi padre había muerto 2 años atrás. Nunca pudo superar el dolor por la desaparición de mi hermano. Yo tampoco, aunque mi dolor era aún más fuerte porque aun estando en su lecho de muerte traté de confesarle el secreto que guardaba de mi hermano… no me dio tiempo. El sonido continuo de aquel aparato al que lo tenían conectado, se me adelantó.
Me hubiera gustado autografiarle mi novela a cada uno de los seres que más quise. Pero no pudo ser.
Esa tarde, a la misma hora de siempre me dirigí al columpio. Hice la anotación del tiempo como todos los días. Me senté en el mío y empecé a mecerme. Cerré los ojos por un rato. Muchos recuerdos vinieron a mi mente. Un pequeño ruido me sacó del letargo. Abrí los ojos y quedé completamente petrificado.
Un joven como de unos 18 años se mecía lentamente en el columpio de mi hermano. Tenía un reloj en su mano. Me miró a los ojos y me dijo.

Han pasado 7 años según mi reloj. ¿Cuánto pasó en el tuyo?No respondí. Estaba viviendo exactamente el final de mi novela. Ahora yo era 4 años con 4 meses mayor que mi hermano gemelo. 

lunes, 25 de agosto de 2014

Bajo mi Piel.


1

Ya hacía casi dos semanas que solía llegar al bar a la misma hora todas las noches. Cinco minutos después, invariablemente llegaba ella. Siempre elegantemente vestida de rojo, se sentaba, sacaba de su bolsa un fajo de billetes, guardados en un sobre cerrado,  y se lo entregaba. Él sin decir palabras lo guardaba en un portafolio, anotaba en su cuaderno, se ponía de pie y se marchaba. Ella pedía su acostumbrado coñac y se lo saboreaba lentamente para dar tiempo que transcurrieran estrictamente  treinta minutos. Ni uno más, ni uno menos. Llegado ese tiempo, exactamente a las 10:35 p.m., se apagaban las luces y un cono de luz blanca enfocaba al escenario por donde, tres minutos después, aparecía una extravagante pero sensual mujer rubia y vestida de blanco, cuya voz, mezclada entre los acordes de un viejo piano, interpretaba  “I’ve got you under my skin” de Sinatra. Cuando se prendían de nuevo las luces, la mujer de rojo ya no estaba.

2


Tres días después, y como todos los días, llegó el hombre a la misma hora de siempre. Esa noche el bar estaba repleto y solo la mesa donde él acostumbraba a sentarse estaba desocupada. A los cinco minutos, llegó ella. Ese día vestía de blanco y se mostraba un poco más extravagante que de costumbre. Se sentó, sacó de su bolsa un sobre vacío y se lo entregó. Él sin decir palabras lo guardó en su portafolio, anotó algo en su cuaderno, la miró fijamente a los ojos y a diferencia de los días anteriores, no se marchó. Ella pidió su acostumbrado coñac, esta vez le obsequió uno a él, y sin dejar de mirarlo, lo saboreó lentamente para dar tiempo que transcurrieran los treinta minutos de rigor. Llegado ese tiempo, exactamente a las 10:35 p.m., se apagaron las luces y el cono de luz blanca enfocó al escenario por donde, tres minutos después, apareció una elegante mujer vestida de rojo, cuya voz, mezclada entre los acordes de un viejo piano, interpretaba  “I’ve got you under my skin” de Sinatra. Cuando se prendieron de nuevo las luces, la mujer de blanco no estaba y el hombre yacía recargado en el espaldar de la silla con un balazo en la frente.

martes, 3 de junio de 2014

Es ella quien te mira


1

Hace mucho tiempo que tiene una historia que deambula por su mente. Según él, da para mucho más que un cuento. Pero siempre que se sienta a escribirla, se desvanece, se vuelve invisible a sus neuronas y no encuentra la primera frase, los adjetivos adecuados, el tiempo en que quiere contarla. Y lo peor es que por más que se esfuerza siempre escribe lo mismo como si una fuerza mayor le obligara a hacerlo. Y sabe que la historia está ahí. Se trata del encuentro con una mujer…, pero mientras está sentado frente al teclado no puede acordarse como va ni tan siquiera cómo es ella. Y lo más increíble es que en dos ocasiones, en que tratando de burlar lo no singular que le resulta, el sentirse poseído de un olvido temporal, ha grabado la historia en una vieja cinta de cassette, y cuando se dispone a copiar el dictado que su propia voz le hace, escribe siempre lo mismo. Para que se lleven una idea más clara, si la grabadora le dice: Nací en un barrio bajo al sur de una gran ciudad, y para desgracia, la pobreza en la que vivíamos impidió a mis padres atender a tiempo mi congénita debilidad visual, él escribe: Es ella quien te mira y soy yo quien ha venido a buscarte.
Y así llevaba algún tiempo. Sin encontrar palabras para explicar este fenómeno que solo pasa con esa historia que parece estar preconcebida para no ser leída ni escuchada por nadie. Una historia que solo está en su mente y que cuando está frente al teclado presto a escribirla, se le olvida porque la protagonista siempre le dice: Es ella quien te mira y soy yo quien ha venido a buscarte.

2

Una noche, en la que se acostó temprano, el grato recuerdo de aquella mirada lo llevó a dar un paseo por su pasado. Hacía cuatro años, su esposa había fallecido en un trágico accidente y ahora, por primera vez en tanto tiempo, podía verla de una manera tan nítida, que no podía afirmar si estaba soñando o era realidad.
Sin pronunciar palabras, ella se acostó a su lado y después de algunos minutos de una contemplación casi divina, le dijo:
― Estoy aquí y quiero me mires fijamente a los ojos. Obsérvalos bien, ve detenidamente cada uno de sus detalles, fíjalos en tu mente y hazme el amor por última vez. Quiero además que prometas que vas a rehacer tu vida. Ha pasado mucho tiempo y no es justo que sigas deteniéndote, por tu bien y por el de nuestro hijo. Te aseguro que siempre estaré mirándote y nada me dará más gusto que verte feliz. ¿Crees que puedas hacerlo? ‒ Le preguntó mientras deslizaba sus pies sobre la cama elevando sus rodillas al tiempo que abría lentamente sus piernas.
― Trataré ― respondió sonriente aunque por dentro toda su osamenta temblaba. Se inclinó y apoyando sus rodillas en la cama, fue a gatas hasta acercar el rostro a su entrepierna. Su cuerpo temblaba, pero su olor a hembra provocó el clic perfecto para que cerebro y sexo se interconectaran. Se miró hacia dentro implorándole a los dioses permitirle realizar un exitoso desempeño. El reto era ambicioso. Volver a estar con ella después de tantos años, y pensando además que estaba muerta, implicaba cruzar el umbral de su experiencia. Mojó sus labios de sus jugos, que poco a poco calmaron su incontenible sed por ella. El desafío empezó. Y extrañamente, la mágica ilusión de un deseo inaguantable, estaba haciéndose real…
Abrió sus ojos cuando sintió sus uñas aferradas a su espalda… pero ella no estaba a su lado. Ya amanecía. Y otro suceso inexplicable lo hizo presa de un inmenso desasosiego. A su lado un bulto de hojas impresas por delante y por detrás, esperaban su lectura. El pánico fue creciendo cuando en las primeras líneas de aquel texto misterioso pudo leer: Nací en un barrio bajo al sur de una gran ciudad, y para desgracia, la pobreza en la que vivíamos impidió a mis padres atender a tiempo mi congénita debilidad visual
Era su historia, esa que parecía imposible escribir.

3

Dos meses después, al final de la presentación de su novela y durante la firma de autógrafos, una chica se acercó con su libro.
‒ Podría dedicarme su novela.
Él levantó la vista y quedó paralizado cuando sus miradas se cruzaron.
‒ Esos ojos… ‒ dijo casi temblando.
‒ ¿Te parecen conocidos?
No hubo respuestas. Solo un flechazo a primera vista que le anunciaba que su prologada soledad estaba viviendo los últimos segundos a su lado. Él se puso de pie y fue hacía ella. Se abrazaron mientras escuchaba el susurro de su voz que le decía al oído…
Gracias a tu esposa, pude recuperar mi visión. Es ella quien te mira y soy yo quien ha venido a buscarte.




sábado, 31 de mayo de 2014

El espejo del Alma.


Tus ojos destilan
un lenguaje de múltiples desdobles.

Con lentes,
tu mirada expresa la intelectualidad
de un universo diferente.

Sin lentes,
tus ojos hablan mil idiomas:

Al amanecer,
aún soñolienta por el largo sueño de una noche,
ilustras toda la ternura que hierve en tus cimientos
y es el momento justo en que tu mirada
incita a un placer sin condiciones,
sin límites ni intrusos de moral de plásticos contornos.

Al medio día,
tus ojos irradian tu sensatez,
tu madurez,
tu soberbia,
tu osadía,
mezclando historias,
verdades y aventuras
en el espléndido compendio de tu vida.

Al atardecer,
cuando el sol quiere ponerse
en un horizonte ya caduco,
tu mirada esculpe compasiones,
pasados no queridos,
presentes añorados.

En las noches,
cuando hablamos abrazados y desnudos
en la sobremesa de un orgasmo placentero,
el color pardo de tus ojos se torna casi negro,
desdoblando la calma en osadía,
el silencio en múltiples gemidos,
el optimismo en placeres desmedidos
y la cordura en una infinita lujuria de titanes.

En ese instante
es cuando lo frío desaparece,
y con lentes o sin lentes
tus ojos me pierden
en la inmensidad de tus entrañas.



viernes, 23 de mayo de 2014

Gemidos


Sientes el leve suspiro que sale de mis labios
mientras saborean el néctar de tus pechos
y galopan al abrigo de tu piel
hasta sumergirse en tanta carne viva.

Anoche, después de meditar…
volamos juntos al espacio
y ahí…
en ese pedazo de vacío casi virgen
y en contra de las leyes de la física

se escucharon tus gemidos...



lunes, 19 de mayo de 2014

Entre Tangos te tengo.


Nos conocimos en un tango,
en una mañana de Abril, en "Caminito" 
Tal Vez...

¿Acaso el tango fue el lugar?

Y me dije:
Tango que besarla,
Tango que amarla,
Tango que ser de ella.
Y entre Tango, te tengo,
y soy feliz porque te Tango.
Porque hoy sé que Tango
lo que tengo que tener.

Y te dije: Escúchame.
Soy el as bajo tu Tango.
Y tú eres la luz desde mi Tango.

Y de pronto el Tango no fue música:
fue destino,
fue presente,
fue arrebato.

Tango en tus manos,
Tango en tus ojos,
Tango en tus labios.

Y es por eso que el Tango no se baila por bailarse:
se hace, como el amor.
se siente como el amor.
se vive como el amor.
Por eso, tú eres el amor.

Tal vez el Tango eres tú:
por eso te bailo porque te siento,
y te toco porque te vivo
y te tengo porque eres Tango.

Tal vez el Tango es palabra,
tal vez el Tango es un hecho,
tal vez somos el Tango que resurge
entre tantos recuerdos.

Tal vez… 




sábado, 10 de mayo de 2014

El Gran Premio.


Cinco años después de la entrada triunfal de Fidel a la Habana, frente al gran jurado, el escritor Bonifacio Paniagua de la Sierra, recordaba amargamente cada uno de los sucesos que lo habían hecho ascender al Olimpo de los héroes. Tumba la Burra, poblado de unos diez bohíos a lo máximo, y enclavado en lo más recóndito de la Sierra del Escambray, se engalanaba y sorprendía al mismo tiempo, con la noticia de que el ahora jefe del sector de policía del caserío,  al servicio de la revolución recién triunfada, subiera como la espuma de la noche a la mañana, sin algún antecedente conocido de ser un estudioso de las letras, y mucho menos de que supiera leer o escribir.

***

Cinco años bastaron para que culminara su obra. Ese día conocería la ciudad. La Habana, capital de la isla y que todavía rebosante de belleza conservaba el tenue maquillaje de lo que había sido en su época de esplendor. Bonifacio quedó tan enamorado de la Habana como quedaron en su tiempo, Charles “Lucky” Luciano y Meyer "The Little Man" Lansky, cuando se reunieron en aquel histórico encuentro de la mafia estadounidense y el Sindicato del crimen judío a finales de la década de los 40. Todos querían una tajada de aquel maravilloso pastel, del cual ya quedaba solo los olores. Pero aun así, las viejas paredes del Hotel Nacional conservaban la historia. Y allí, junto a todo el vendaval de arquitectura y años, estaba Bonifacio. Más asustado que alegre, y más nervioso que el día que decidió robarle al General Buenrostro aquel portafolio lleno de dinero y documentos que le habían confiado a su custodia.
Llegó a la habitación todo tembloroso. Tanto lujo no estaba concebido en la mente de un guajiro de monte adentro. Con miedo de no ensuciar nada, caminó sigilosamente hacia la cama, se dejó caer como cerdo en su chiquero y no tardó un tiempo más largo del que canta un gallo para quedarse completamente dormido. Parecía muerto. Parecía contento.  Al amanecer, estaría a las puertas de su gran día. El gran premio Casa de las Américas. ¿Sería suyo? Solo era cuestión de tiempo.

***

El Cementerio de Cristóbal Colón es una de las 21 necrópolis existentes en la ciudad de La Habana. Se dice que por su gran número de obras escultóricas y arquitectónicas, muchos especialistas lo sitúan como segundo de más importancia en el mundo, precedido solamente por el de Staglieno en Génova, Italia.
Ese fue el escenario al que sin saber cómo y a punto del amanecer, el botones Arcadio, había llevado a Bonifacio. Quería develarle un gran secreto que de hecho le había puesto la piel más erizada que la de un pollo sin plumas. Siguiendo sus indicaciones, se acomodaron en un rincón muy discreto desde el cual dominaban una buena visión del solitario cementerio. Se sentaron en silencio a observar tumbas y flores ya avejentadas por el tiempo. Arcadio parecía una estaca. No decía ni esta boca es mía y su rostro aparentaba el de un enfermo en fase terminal. Esto hizo que el asustado de Bonifacio, empezara a impacientarse.
−Esto está más muerto que los muertos que guarda.
−No comas ansias Bonifacio. Dicen por ahí que la paciencia es la madre de toda la ciencia. Observa bien. Mira cuanta quietud. Pero no por eso está muerto. Aquí yacen los recuerdos de miles y miles de personas. Todos sus misterios, sus sensaciones, sus ilusiones y frustraciones, lo que soñaron y lograron y lo que jamás pudieron alcanzar. Sus aventuras, las conquistas, los amores y también los desamores. Sus condenas cumplidas o por cumplir. Sus venganzas, las que consiguieron llevar a buen fin y las que aún esperan cumplirse. Todo cuanto puedas imaginar, está atrapado en todas estas lápidas.
Bonifacio tembló por un instante.
−Todavía no alcanzo a entender la vida, como para estar entendiendo a la muerte.
−Eso es justo lo que quiero mostrarte. Dentro de unas horas, saltarás del anonimato a la fama. − dijo esto mostrándole el libro que presentaría Bonifacio. − Esta es tu gran novela. No dudo ni tantito que ganes algún premio o hasta el gran premio.
Bonifacio tomó el libro en sus manos. Y para su gran sorpresa, en lugar de su nombre, tenía el de otro autor.
−Tú más que nadie sabes que esa novela no es de tu autoría,  porque si lo has olvidado, yo no, pero tú ni escribir bien sabes, y mucho menos leer. Pero eso no importa. El día que robaste aquel portafolio a mi padre, también te llevaste el manuscrito de esta historia que yo acababa de escribir. Estoy seguro que pensaste que era de él y que con su fusilamiento todo quedaría en el olvido. Pero no. Llevo años tratando de localizarte y hasta hace unos días me enteré por la prensa de este libro, de tu historia y del autor. Como podrás imaginar ya no puedo hacer nada. El tiempo conspiró en mi contra, además de que nadie me creería, dado que soy hijo de un ex militar que torturó, robó e hizo demasiado daño durante el gobierno de Batista y  que además fue tu jefe y compañero de andanzas. Creo que si este jurado y hasta la misma revolución a la que sirves hoy como esbirro, se enteraran que tú también torturaste y mataste a muchos por creer que eran revoltosos revolucionarios, este premio jamás te lo darían…, pero no solo eso, me imagino que perderás tu puesto de jefe del sector de Policía y hasta una buena celda esté ya preparada para recibirte. Pero tienes mucha suerte Bonifacio. Como la tuviste cuando triunfó esta porquería de revolución y te hiciste pasar por revolucionario y que no te agarraran los del movimiento 26 de julio. Tienes mucha suerte. Dentro de unos escasos minutos, develaré ante ti, que este gran secreto quedará también guardado en este silencioso cementerio. Y que como siempre, te saldrás con la tuya.
Y en efecto. Justamente cuando el reloj anunciaba las ocho de la mañana, entró al cementerio un cortejo fúnebre. Desde donde estaba, Bonifacio lo siguió con la vista. Todavía sostenía el libro en sus manos. Pero Arcadio no estaba a su lado. Esperó un rato y luego caminó lentamente hacia donde el nuevo habitante del cementerio ocuparía un espacio eterno. Un escaso grupo de mujeres lloraban, y una de más edad, que debía ser la madre del muerto, colocó las últimas flores sobre la tumba. Nadie habló ni para dedicarle una palabras de despedida. 
Muy pronto todo volvería a la inmensa calma, que era la mayor característica de aquel legendario cementerio. Fue entonces que Bonifacio se acercó a la tumba y pudo leer el mismo nombre que había leído hacía unos minutos en su libro. Arcadio Buenrostro (1930-1964)

***

Eran casi las nueves cuando el botones despertó a Bonifacio.
−Se le va a hacer tarde señor. Ya lo esperan en el vestíbulo del hotel.
Y ese día, cinco años después de la entrada triunfante de Fidel a La Habana, Bonifacio Paniagua de la Sierra, saltó del anonimato a la fama. Su novela fue un éxito rotundo. Aunque en Tumba la Burra, nadie supo jamás de aquel enigmático jefe del sector de policía, convertido de la noche a la mañana en escritor. Hay quien dice que se suicidó unos días después del gran premio porque no pudo con la fama. Pero la realidad es mucho más cruel. Hoy Bonifacio, a pesar de su avanzada edad, está ocupando un puesto de jerarquía en las altas esferas de la literatura cubana.



viernes, 9 de mayo de 2014

Ya siento que vuelo


― ¿Qué quieres sentir? ― te pregunté.
― Quiero volar. ¿Y tú?

 ***

Besos. Besos suaves,
estudiosos, sensuales,
provocadores.
Besos incitadores del pecado.
Besos que desnuden tu alma.
Besos ardientes.
Besos que no se quiebren
ante el cálido aliento de tu sexo.
Besos que transporten
y eleven tu cuerpo junto al mío.
Besos que te surquen el tatuaje imborrable
que marque para siempre
este momento.
Besos que te besen por dentro.

Caricias que te arrullen,
que te muevan,
que remuevan cada parte interna de tu cuerpo
desdoblándote en esas musas que tú anidas,
que más que inspirar a un simple poema,
incitan momentos de lujuria.
Lujuria que traspasa la cordura
de un simple mortal que muere por tenerte.

Miradas llenas de todo.
De ternura y de deseos,
miradas sin miedos y
llenas de preguntas
que alcancen
su respuesta en cada
sensación que provoquemos.
Miradas de hazme tuya,
no te demores.
¡No puedo más!

 ***

― ¿Se puede pedir más? ― Me preguntaste.
― Mejor no pidas. Siente.

― Ya siento que vuelo. ¿Y tú?



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