martes, 24 de septiembre de 2013

¿Adónde se fueron?

Imagen tomada de Internet. 
Solía ser un tipo alegre hasta que le sucedió lo que le cambió la vida para siempre.

Corría el mes de septiembre del  año pasado. Bartolo, un hombre muy bien parecido y con gran pegue con las féminas, estaba a punto de cumplir sus cuarenta años y pensé que su llamada era para invitarme a sus acostumbrados pachangones que sabías cuando empezaban, pero nunca cuando terminarían.
Llegue a su casa y cuando me abrió la puerta se despidió de cuatro chicas que a juzgar por la cara tan contenta que tenían debían haber pasado un larga noche placentera.
― Amigo, tengo que contarte algo que me está pasando. Pero júrame que no se lo contarás a nadie.
― Cuenta con ello amigo. ¿Qué te pasa?
Bartolo cerró la puerta y sin decir una palabra, se desabotonó el cierre de sus pantalones, se los bajó y me sacó su miembro.
―Hace dos meses que mi pene se pone cada día más gordo.
Y en efecto, aquel pedazo de carne que se asomó ante mis ojos estaba tan grueso como el fondo de un vaso desechable y el glande, ufff sí que estaba grande el cabrón… Les juro que de momento lo único que se me ocurrió decirle como para darle animo fue:
―Amigo, ya quisiera yo tener ese pedazo de mastodonte. Mi vieja estaría recontenta… así como esas chicas que acaban de salir.
― No jodas compadre… esto no puede ser normal. Y lo peor es que no para de engrosarse.
 ― No te preocupes amigo… ― le dije ya poniéndome serio. Sabes que mi hermano es uno de los mejores urólogos del país. Deja lo llamo y nos vamos a verlo.

Y en efecto. El buen Bartolo, de la noche a la mañana se había convertido en un semental de pura raza. Más de 23 cm de largo, y un espesor de manguera de bomberos a la que muchas mujeres se fueron volviendo adictas.
Por fin, después de muchos estudios, dos meses después se supo el diagnostico. Todo era motivado por un hongo que había agarrado por falta de higiene y exceso de humedad. Pobre Bartolo. Según mi hermano lo peor vendría cuando aquella cosa empezara a desinflarse y secarse hasta empezar a caérsele en pedazos. Y así fue.
Hoy, un año después que Bartolo me confesara su problema he venido a dejarle un regalo de cumpleaños.  Sentado frente a su pantalla plana de cincuenta pulgadas contaba los segundos esperando que un milagro se lo llevara al otro mundo.

― ¿Adónde se fueron las mujeres de mi vida? ― fue lo único que me dijo. 
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