lunes, 21 de enero de 2013

El Protagonista



I

Guillermo Melquíades, recordaba cuando eran cuatro de familia. Al llegar de su trabajo sus hijos corrían a sentarse en sus piernas esperando el regalo del día. Después de besos, abrazos y un rato de deleite familiar les decía: ― Nunca se olviden que yo soy Don Guillermo Melquíades, un hombre que nació con una única ilusión; convertirse en un hombre de éxito. ― Pero todo quedó en la utopía. En la absurda idea de que el triunfo está al doblar de la esquina. A merced del azar. Ese día, de haberse quedado en la soledad de su casa, Melquíades no lo hubiera perdido todo, incluso, lo que más anhelaba, abrazar al protagonista de su historia.

II

Allí estaba, en el centro de la pequeña sala, la cual se veía más espaciosa que nunca. ¡Qué diferente! Hacía dos años atrás estaba atascada de muebles, de vida, de calor humano, de esos pequeños detalles que lo hacían grande sin tener grandes cosas. Pero ya todo era diferente. El único mobiliario de la sala era un viejo sillón de mimbre que reposaba solitario, envuelto en la frialdad de lo inexistente. Su hogar era el espejo que reflejaba su vida. Una vida tan fría, como las cuatro distantes cucarachas que yacían patas arribas sin dar señales de si su muerte había sido por suicidio o a manos del último exterminador que fumigó el lugar.
En la cocina se veían los huecos vacíos que ocuparon el refrigerador, la estufa y el horno de microondas. Sólo una pequeña y solitaria hornilla eléctrica esperaba con ansias prestarle algún día sus servicios. En la alacena no había mucho que ver. Pura chatarra alimenticia, más decorativa que útil, que sólo cumplía la misión de llenar un breve espacio, que minuto a minuto se acercaba a lo infinito de la nada.
Lo único valioso que quedaba en la casa, estaba en una de las recámaras.  Una cama, su adorable cama en la descansó, procreó y compartió las noches con su ex esposa. Las otros dos cuartos almacenaban unos cuantos anuncios hechos a mano en cartulina amarilla fosforescente. “Hoy venta de garaje”, además de los discretos animalitos sin almas que desde hacía mucho también habían pasado a mejor vida.
Don Guillermo Melquíades era un elemento más del pobre elenco material que quedaba en la casa. El protagonista. El arquitecto de su propia soledad y de una imagen muy distante al “I’m alive”, convertida en el “I’m alone”. Porque sí, estaba tan solo que ni el mismo era capaz de verse entre tanta ausencia.
Nada de lo que faltaba en la casa se lo había llevado la esposa al marcharse. Todo lo que faltaba había sido vendido por él, para saciar su sed de tener, dejando de tener. Y en ese empeño, entre las pocas cosas de valor que le quedaban, sólo había enormes culpas, e inmensas deudas que para ser justos, le eran imposibles de pagar. 
Don Melquíades ya aparecía en todas las listas negras de los principales bancos del país. Y así corría su funesta vida. Más endeudado que el tercer mundo, esperando al último comprador interesado por lo único que quedaba por vender. Pero él tenía fe. Su éxito llegaría a las cinco de la tarde. Todavía tenía tiempo.
Eran las 10 AM cuando el sonido del timbre anunció que alguien estaba presto a resolver sus ambiciones. Cuatro hombres aparecieron en el umbral de la puerta. Hubo un pequeño intercambio de palabras y tres de ellos, vestidos con el uniforme de una compañía de mudanzas se dirigieron a la recámara. ¡Adiós juego de cuarto! Exclamó Don Guillermo. Él que se había quedado a su lado le entregó un sobre con dinero, y sus ojos, brillando en medio de la incertidumbre, tomaron cierto aire de esperanza.
En breve volvió a quedar solo. Ahora mucho más solo. Pero valía la pena. Era su última oportunidad para poder empezar a recuperarse económicamente. Soltó una sonrisa y tomó el celular de tarjeta pre-pagada y marcó un número. Llamó a la única persona a la que no le debía dinero. A su corredor de apuestas. Toda la ilusión de Don Guillermo se subía sobre las zancas de un caballo apodado “El protagonista” que a las cinco de la tarde definiría su destino. Una vez más, sus objetos de valor se convertían en dinero para alimentar la esperanza de ganar, ganar y ganar…

III

Y por fin llegó el momento. Cuando el reloj marcó la hora cero, la historia de Guillermo dio un vuelco inesperado. “El protagonista” fue el ganador de la carrera.
La alegría lo invadió. La euforia se desató y empezó a saltar de alegría. Saltos llenos de vida, de ideas, de sueños. Por fin una luz de esperanza aparecía en su ya casi muerta vida. Acababa de ganar treinta veces el dinero que había apostado. El riesgo se convirtió en éxito. Y el éxito lo llevó a la gloria cabalgando sobre el lomo del protagonista de sus sueños.
El graderío de tablas sobre la cual saltaba Don Guillermo, empezó a oscilar hasta quebrarse. Su cuerpo cayó desde lo alto encajándose un par de varillas de acero que sobresalían de una base de concreto que nunca fue terminada. 

1 comentario:

  1. Hola Carlos, acá viene la "criticona", jaja!!!... que no tiene nada que objetar: relato ágil y bien narrado. Adelante, entonces.
    Un abrazo

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