martes, 6 de noviembre de 2012

Miedos



I

Fueron varios meses de intensa comunicación. Noche tras noche nos veíamos en el mismo sitio. Uno de los dos siempre llegaba primero y esperaba con anhelo que un alegre rostro apareciera y le dijera ¡hola! ¿Cómo te va? ¿Cómo fue tú día? O simplemente ¡ya llegué!
Y a partir de ese momento empezaba la magia. Imaginariamente nos tomábamos de la mano y salíamos a caminar por la orilla de la playa. Era algo fantástico. Una playa que habíamos idealizado como nuestra, con la ayuda de nuestras cotidianas complicidades. Sin duda, una magia que nos conducía a ese límite en donde sin que hiciera falta una varita con todo y hada, las fantasías se convertían en realidad.
Ya habíamos llegado a un estado de compenetración tal, que éramos capaces de adivinarnos de tan sólo escuchar una frase.
El calor de estas noches de junio es insoportable. decía ella.
Pues mejor caminemos desnudos por nuestra isla. sugería yo. Y de inmediato, todo el hechizo de la noche envolvía a dos pecadores sin ropas dialogando bajo el influjo de la débil brisa, de la tenue luz de una luna cuadrada y de dos presentes sin cuerpos.
Y… ¿De qué hablamos hoy? preguntaba ella insinuando el comienzo.
Hablemos de nosotros proponía yo cerrando los ojos y evocando su mirada, dibujando su alegría y su viveza, mientras me soñaba frente a ella, apretándome los labios sin poder aguantar las ganas de besarla…
No lo hagas me decía y luego exclamaba. ¡Qué miedo!
¿Miedo a qué?
No me preguntes. Pero tengo Miedo. Temo mucho que esta magia pueda terminar.
¡Ah! balbuceaba contrariado. Y ella rompía el silencio con una escandalosa carcajada, como si hubiera estado esperando mi respuesta.
Ya era un juego místico en donde nos decíamos todo sin casi decir nada, a través de un lenguaje, en el cual las palabras no eran lo primario.
¿Me deseas? preguntaba yo.
Pareces quinceañero. ― Me contestaba ella.
¡Ah! ― yo protestaba y otra vez su sensual carcajada que surcaba el espacio entre nosotros llenándolo de una enorme alegría.
 Y así, noche tras noche la complicidad crecía y a cuenta gotas se descubrían confesiones que nos llenaban de cierto aire nuevo que excitaba nuestros cuerpos sin ni tan siquiera tocarnos. Una conexión perfecta. Un diálogo total. Una comprensión sin fronteras.
¡Qué miedo! repetía a cada momento en el que yo descubría algo en ella o cuando alguna coincidencia ocurría. ― Me temo que ya sabes todo de mí. Y eso me aterra.
Las horas pasaban y con ellas los días y los meses e increíblemente con el tiempo, aumentaban los miedos. Esos miedos absurdos. Pero entendibles. ¿A qué le temíamos? Si ya los dos sabíamos lo que cada uno era capaz de dar en cada entrega. En tan poco tiempo de conocernos ya habíamos experimentado sensacionales orgasmos. Esos que la imaginación crea y a los que virtualmente podemos controlar.
Hoy después de varios meses, comprendí sus miedos cuando por fin nos decidimos dejar atrás ese “por qué tenerte sin tenerte” y que ese mundo virtual en el que habíamos vivido, pasara a ser auténticamente real.
Fue frustrante. Ella no se presentó a la cita…

II

Ya en mi casa, prendí mi computadora portátil y abrí el Messenger de Hotmail. Ella tampoco estaba allí en el lugar de siempre y su nombre, ese nombre sin rostro, no se había prendido para indicar que ocupábamos el espacio que durante casi cuatro meses había sido nuestro.
Un corto “beep” me anunció que tenía un mensaje en la bandeja de entrada. Lo abrí y pude leer “Mi amor, perdóname. Ojalá y me entiendas. Tuve mucho miedo a nuestra cita a ciegas. De seguro dirás: ¡Ah! Y te voltearas enojado. Pero no podía soportar la idea que esta química virtual, se desmorone al vernos físicamente. Te amo más que nunca, pero prefiero que esto termine y llevarme lo más bonito de estos días a tu lado.
Suspiré largamente y un sentimiento de relajación devolvió a mi cuerpo la tranquilidad. Yo también sentía eso miedos.
Cerré la portátil, apagué las luces y me dirigí a mi cuarto.  Entré y me acosté tratando de no despertar a mi esposa. Su computadora estaba prendida y ella dormía plácidamente. La abracé muy fuerte y coloqué una de mis piernas sobre las de ella. Me sentí culpable al haber pensado en traicionarla con una desconocida de la que ni tan siquiera había visto una foto. Por fin me quedé dormido…

III

… Cuando empecé a roncar, mi esposa soltó una irónica sonrisa al tiempo que se ponía de pie y se dirigía al baño. Se paró frente al espejo y murmuró en voz baja frente al reflejo de su imagen: ― ¡Qué bueno que llegué antes que él a la cita! ¿Qué hubiera pasado si él hubiera descubierto que pretendía verme con otro hombre en una cita a ciegas? Nunca me pude imaginar que ese hombre al que me entregué virtualmente, era mi esposo.
Me desperté de un sobresalto, empapado en sudor y con la boca muy reseca. ¡Qué susto! Había sido una pesadilla. Sin embargo ella no estaba a mi lado. Tampoco estaba frente a su computadora que aún continuaba prendida. Me senté en la cama con la intención de ir a buscarla y justamente en ese momento, ella salió del baño.
A partir del día siguiente, no supe más de la mística mujer con quien platicaba cada noche. Y todavía me quedan muchas dudas, sólo sé que desde ese momento, mi esposa dio un cambio radical y me espera todas las noches para irnos juntos a dormir. Por momentos me recordaba con sus actos aquella mujer que nunca pudo ser mía.

Junio 2007 © Derechos reservados. Cuento registrado bajo las leyes del derecho de autor y propiedad intelectual. Se prohíbe la reproducción parcial o total de este material sin la debida autorización de su autor.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Dos Sueños y una Flor


I

Ella.

Acostarme, cerrar los ojos y quedarme automáticamente dormida son tres eventos que ocurren casi simultáneos noche por noche. Sin embargo hoy ha sido diferente. Creo que debe ser por tantas horas de viaje.
Llegué al cuarto con una sensación extraña. Nunca me había pasado algo así. ¿Cómo es posible que pueda estar sintiendo algo tan hermoso por una persona que no conozco y que solamente la he idealizado en mis sueños? Nunca he visto sus labios, pero siento un suave cosquilleo al imaginarlos posados sobre los míos, al sentirlos rozar mi piel, al percibirlos escudriñando cada parte de mí cuerpo, al oler los restos de saliva que deja su lengua al jugar en mis pezones. Es algo imaginario… ¡pero lo siento tan real!
Son las dos de la madrugada, mi marido no vino conmigo por tener mucho trabajo, y mi cuerpo exige una caricia, mi mente demanda lo imposible, mi sexo implora de su sexo, y tristemente, no tengo ni lo real ni lo imaginario.
Y heme aquí, acompañada de esta flor y revolcándome entre las sabanas de una cama que hoy sólo contiene números impares de cosas; una mujer sola esperando que sus deseos se hagan realidad, un solo cuerpo temblando en mi desvelo porque necesita su cuerpo, una boca sin su boca, y un sexo que llora y llora deseando su sexo.
No sé que hora era cuando acariciando a mi flor, he quedado dormida…
…Pero mi mente seguía jugando entre lo oscuro de la noche y los residuos fantasmales de su imagen. Una imagen que primero tomó forma de flor y poco a poco fue transformándose en su cuerpo.
Los suaves pétalos de seda fueron convirtiéndose lentamente en su piel y sus verdes hojas uniéndose con el tallo, fueron endureciendo y aparecieron sus brazos, sus piernas, su cabeza, y aquella figura imaginaria, tomaba sentido real, pero tan real que pude sentir su calor al abrazarlo.
No sé que tiempo pasó, pero eran las seis de la mañana cuando un gemido de placer hizo que me despertara y asustada mi vista buscó por toda la habitación. Nohabía nadie. Mi cama seguía siendo portadora de números impares, pero mis labios estaban húmedos, mi cuerpo sudado y sobre mi abdomen habían restos de semen que se deslizaba por la parte baja de mi abdomen.
Me paré desesperada y busqué en toda la suite del hotel. No había rastros de que algún mortal hubiera estado en ella.
Regresé a mi recámara y al llegar a la cama pegue un grito de terror… ¡mi flor había desaparecido!


Él.

― Despierta. ― dijo mi esposa mientras me zarandeaba del hombro. ― ¿A que hora te saliste del cuarto?
No pude contestar. No sabía como había llegado al sofá. No recuerdo haber despertado en ningún momento de la noche y mucho menos que me haya quitado la ropa al acostarme.
Tomé la almohada y me dirigí a mi recámara dando tropezones porque aún no alcanzaba a despertarme por completo. Al llegar a mi cama sentí una enorme sacudida. Empecé a temblar y sendas gotas de sudor aparecieron sobre mi frente. No podía creer lo que estaba viendo ante mis ojos.
Sobre el espacio que ocupaba mi almohada… estaba la misma flor que portaba la mujer con quien estuve en mis sueños.


II

― Según Lobsang Rampa en su libro Usted y la eternidad, Mientras dormimos es posible que nuestro cuerpo astral se desprenda del cuerpo físico y realicemos lo que conocemos como “viajes astrales”. Y esto trae consigo algunas imágenes que pueden ser sorprendentemente raras, cosas que en la vida real no podrían ocurrir. Te creo que en tus sueños hayas viajado a Cancún, que le hayas hecho el amor a esa mujer, que hayas experimentado cosas maravillosas… Pero de ahí a que hayas despertado aquí, en el Distrito Federal, y que en tu cama apareciera la flor que tenía esa señora que está a miles de kilómetros de distancia… perdóname pero no puedo creerte una palabra. ― Le dijo el doctor con tono firme mientras se ponía de pie para indicarle que ya su hora de terapia había terminado.
― Doctor… ― no lo dejó continuar porque de inmediato le hizo señas a su asistente para que pasara al próximo paciente.
En la noche el doctor llegó a su casa cansado por haber tenido demasiadas consultas en el día. Pero no por eso dejó de pensar en el joven que había ido a visitarlo en la mañana. Buscó todos sus libros que hablaban sobre la conexión que existe entre el cuerpo, el alma y los viajes astrales y empezó a escudriñar lo relacionado con ese extraño sueño al que se había negado a creer.
Ya casi eran las once de la noche, el sueño lo vencía pero todavía tenía que cumplir varias obligaciones.
Fue a la computadora y se dispuso a revisar su correo. Se detuvo en un mensaje que de inmediato robó su atención. Saltando rápido la introducción se adentró en la historia que segundo a segundo empezaba a ponerlo en exceso nervioso. Fue el final lo más sorpresivo y espeluznante…
«… y así como te he contado detalle por detalle, te juro que fue algo extraño, fue una sensación nunca vista y quiero que tú, me des una explicación. ¿Cómo es posible que esa flor haya desaparecido de mi cama?
Te mando un beso
Amalia.»
El doctor se dejó caer en la silla y llevó sus manos a la nuca. Soltóun suspiro y cerró los ojos. Por más que pensó, no pudo hallar una explicación a los dos sueños astrales con los que había chocado en el día. Pero sólo de algo estaba seguro. Él era la única persona que sabía donde estaba la flor que había desaparecido misteriosamente de la habitación donde estaba hospedada su esposa.

jueves, 1 de noviembre de 2012

El Divorcio.




Dedicado a un gran amigo
Que hoy disfruta también de este divorcio.

¿Qué habría sido de mí, si no te hubiese dejado? Fue en el partido de Final de la serie Mundial de baseball entre Tigres y Gigantes hace unos días, cuando te volví a ver tan cerca, después de tres años desde aquel afortunado divorcio.

No sé si la palabra afortunado sea la adecuada, porque ningún divorcio lo es, pero siento que para mí sí lo fue. Ese día que firmé ante todos la carta de libertad, volví a nacer y empecé a crecer alejado de todo aquello que pudiera hacer que te recordara.

Lo que menos esperaba era encontrarte. Eran las seis de la tarde cuando en la pantalla gigante de aquel bar-café donde nos reunimos a ver el partido, todos vimos cuando el árbitro principal anunciaba la voz de play. Con ello llegó la euforia, el nervio, y los gritos de alegría y la pasión que engendra el baseball. Con el inicio del partido también llegaste tú. Para los que no sabían nuestra historia, eras una más, pero para mí eras todo lo contrario.

Al verte me desconcentré. Todos veían el partido menos yo, quien con disimulados movimientos te observaba mientras tú compartías con otros. Era inevitable no recordarte. Fueron muchos años juntos viviendo buenos y malos momentos. Más malos que buenos, pero momentos al fin. Esos que no se pueden olvidar tan fácilmente.

Te imaginé a mi lado. Ya no te tenía miedo. Por eso busqué un poco de valor dentro de mí y decidí recordarte. No fue difícil ante tantos recuerdos que desfilaron por mi mente.

Hoy no me arrepiento de haberte dejado. No sé si fue la mejor decisión que he tomado en mi vida, pero fue muy buena. ¡Qué débil fui! ¿Como me dejé dominar por ti? Sin dudas, estaba aferrado a tu compañía. Eras un amor enfermizo. Una total dependencia a tu olor, a tu sabor, a tus jugos, que minuto a minuto me volvían un esclavo de tus caprichos. ¡Cuánto me dañé mientras te acompañaba en mis largos desvelos! Esas noches sin motivos y esos motivos sin razones, más que el único placer de llegar hasta el final. ¡Cuanto sufrí cuando me hacías hacer el ridículo delante de mis amigos! Nunca reparaste en ponerme un límite, en cuidarme, en no permitir que tu voluntad predominara sobre la mía. ¡Qué ironía! Tú me hacías daño y yo perdidamente te seguía a todas partes sin darme cuenta, que tu único propósito era doblegarme y a hacer de mí un verdadero guiñapo de hombre. Por tu amor o mejor dicho, por lo que creí que era amor, dejé de ser yo. Perdí la dignidad, perdí muchos amigos, perdí mi empleo, mi orgullo y hasta lo poco que quedaba de mi elegancia. Dañé a muchos seres queridos y dejé de ser un ejemplo ante todo aquel que me quería. Por ti alejé muchas posibilidades de estar con mujeres que aspiraban a darme un amor limpio, sano y desinteresado.

Pero él hombre es el único ser que cuando se desvaloriza, se hace amigo del maltrato. Y así de tropiezo en tropiezo, dejé de quererme y perdí mi autoestima. Perdí el amor a la vida y hasta estuve a punto del suicidio. Pero por suerte, ya eres parte del pasado…

Y viéndote en todas partes pude recordar cómo lloré cuando me obligaron a separarme de ti. Ahí vino otro vía crucis en mi vida. Qué difícil fue levantarme cada mañana y no tenerte a mi lado, no embeberme en tu néctar matutino, cuando en ayunas, te buscaba en la soledad de mi cuarto. Qué insoportable fue tu ausencia en las tardes, cuando me acompañabas a comer y no ponías reparos, fuera el lugar el lugar que fuera. Como grité por tenerte a mi lado. Fuiste la única, que me quiso por lo que fui y no por lo que tenía.

Pero también viéndote, comprobé que ya soy fuerte. Que no te necesito. Porque al verte pasar con aquel vestido rojo, exótico y al mismo tiempo vistoso, con un hombre de sombrero y con bastón ― por cierto, anacrónico para un partido de baseball ― pude imaginarte de muchas maneras y ninguna me inspiró. Te recordé erguida, con una camiseta amarilla y una herradura en el frente o con un grupo de amigas, todas sudadas, derrochando su energía y esperando que el equipo de los Tigres pudiera ganar el primer juego para que alguien te agarrara y te cargara en brazos y gozara de tus jugos, como yo lo hice en el pasado…

Cambie mi vista hacia mi compañero de mesa y vi como se limpiaba la boca después de darse un trago de tequila. Sonreí complacido. Ya no me daban deseos.

Media hora después llamé al mesero, le pedí una pluma y escribí unas palabras sobre una servilleta. Cuando terminé de hacerlo, porque así lo sentía, llamé de nuevo al mesero y le dije.

― ¿Me traes otra limonada por favor? ― Y una sonrisa apareció en mis labios.

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