martes, 23 de octubre de 2012

El Camino del Enigma


El Camino del Enigma. Salvador Dali. 1981.

El tiempo, incoloro y frío, desabrido e inerte, ingrávido y mustio se cubre del velo mortal de una desilusión que abraza el umbral de su tolerancia. Ya no hay razones para albergar esperanza. Ya no hay momentos que llenen ese enorme vacío que se ahoga en su propia desventura. El tiempo desespera en su presente agonía. No hay pasado del cual impulsarse y avanzar, ni futuro que vislumbre la luz de un nuevo amanecer. El tiempo sin alas cae en el abismo, mutilando a saltos el hondo acantilado que no se moja ante las olas ni late con la brisa. Nada trascurre, nada evoluciona, nada se repite y El tiempo en sí mismo es un enigma.

El espacio, verdugo en su tridimensional osadía ya ni tan siquiera es una incertidumbre. En ninguna de sus direcciones los sucesos despliegan su duración. Todo está inamovible y aquellos negros agujero perdieron su enorme gravedad porque ya no hay supernovas que estallen al final de sus días a causa de que ya no existen días. El espacio parece no expandirse en lo infinito de un universo desdoblado. Ya no hay partículas que choquen, ni fotones que se responsabilicen con manifestar cuánticamente algún fenómeno electromagnético. Ya ni las partículas diminutas viven en el átomo. El espacio se niega a descifrarse y yace en el sendero de un enigma.

La luz, ya no es una radiación multicolor. Ni es onda ni es corpúsculo y para colmo no es visible ni tampoco contornea los objetos, dispersándose en ese espacio tullido por el frío. Ya no hay lugar para espejos, ni arcoíris, ni celdas que transformen la energía. La Luz ha muerto, el sol no brilla y reposa en lo alto de un camino avasallado en el enigma. La luz se niega ante la falta de fotones.

La vida, ese estado que precede a la muerte, transcurre sin tiempo en un espacio raro, mutilado por los bultos que a duras penas almacenan sus historias y en donde la luz perdió su don de dar vida a lo vivo y dar paz a las almas. La vida se convierte en jinete y galopa sin frenos hacía el fin de los días. Hacía el comienzo de un nuevo mundo que bendecirá lo apocalíptico. La vida transita lentamente por el camino del enigma.


© Carlos Alberto. (El innombrable) Octubre de 2012.

jueves, 18 de octubre de 2012

5 de Agosto de 1995



Estoy viviendo en un mundo de mentiras. Mentiras que oprimen el pensar. Mentiras que desgarran el sentir. Mentiras que subyugan libertad. Esas diabólicas mentiras inventadas en su mundo de fantasía, de sueños de poder, de tácticas con mañas.

Camino solo hacia el acantilado. Allí están todos mis recuerdos. Los bueno, los malos, los frustrados. Esos que se quebraron cuando decidí voluntariamente seguir el ritmo de su música. Aplaudir sus palabras. Apoyar sus ideas. Ideas salidas de una mente con brillo capaz de cegar multitudes. Ahí está también mi entrega, mis tiempos, esos que me quitó en estado catatónico. Creo que a muchos nos pasó lo mismo. Su inteligencia pudo envolvernos, atraernos a su juego, embobarnos y después, como por arte de magia, hacernos caer en su sucio retozo  manipulador.

Llego al acantilado. Miro todo lo que desperdicié de mi vida a su lado. Es momento de decir adiós. De enfilar el rumbo de una nueva vida. De olvidar por siempre esta pesadilla. Hoy es 5 de agosto de 1995. Me subo al avión y emprendo vuelo hacia otras tierras del mundo. Adiós Cuba. Me despido de ti y no regreso hasta que no deje el poder ese tirano.

lunes, 8 de octubre de 2012

Cuento 11: PASSAGE DU SILENCE



PASSAGE DU SILENCE

Sebastián se paró en el umbral de la puerta. Miró hacia atrás y dudó por un segundo si al materializar su decisión, estaría tomando el camino que conduce al paraíso o al mismísimo infierno. Se sentía frío y el único olor que alcanzaba a percibir era esa rancia fetidez a miedo que desprendía su cuerpo. Por fin se movió y aspirando el aire fresco que venía del mar, se llenó de valor para adentrarse en la profunda oscuridad de la noche. Caminó por todo el largo malecón. Por ratos se cambiaba la mochila de hombro y se secaba el sudor que bañaba su frente. Una mochila pesada en donde almacenaba más de 25 años de vida. Una cajita de música que le había regalado su difunto padre cuando el apenas cumplía sus 8 años de edad. Un libro viejo encuadernado con una gruesa pasta forrada con una tela de color marrón y en el que se podía leer en letras doradas y en mayúsculas BIBLIA. Un impermeable negro, un overol también impermeable de color naranja fosforescentes de esos que usan los rescatistas para ser vistos en la noche y lo demás, latas de comida en conserva que había almacenado durante meses para cuando llegase el momento. El momento que pasaría a ser, el más importante de su vida, no por hermoso, sino por el riesgo al que se enfrentaría. Un riesgo de vida o muerte con un peso más inclinado hacía la muerte. Por fin llegó al embarcadero. Allí estaba. Una pequeña embarcación que llevaba por nombre “PASSAGE DU SILENCE” en la cual atravesarían las corrientes del golfo, diez hombres, en busca de la libertad.

Nadie supo cual fue el destino de esos hombres que desesperados se echaron a la mar buscando la vida aunque para ello hubiera que morir en la oscuridad de las profundas y silenciosas aguas del estrecho de la Florida. Otro grupo más de cubanos a la lista de los que no alcanzaron la gloria de la libertad pero que forman parte de esa larga y triste colección de nombres, que abonaron con su cuerpo e ilusiones el imaginario puente que separa al infierno del paraíso. Y por ahí estarán, quien sabe si en el estomago de un tiburón o reposando sobre una roca, pero todos yacen, en lo que para ellos fue sólo un PASSAGE DU SILENCE.


Este es un pequeño homenaje a los miles de Sebastianes
que perdieron sus vidas tratando de llegar a los Estados Unidos

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