viernes, 7 de diciembre de 2012

Trayectoria Bumerán


Se puso de pie y llamó al mesero. Pagó la cuenta y miró a las cuatro mujeres que aún quedaban sentadas a la mesa. Con su vista las recorrió una a una. En todas se mostraba el entendimiento, la solidaridad y el dolor que las unía. Todas, sin excepción habían pasado por lo mismo: víctimas de la misma persona.

Pensó por un momento en cuanto le había costado convencerlas. Tres semanas de llamadas telefónicas fueron eternamente largas pero suficientes. En cada llamada tropezaba con una muralla de desconfianza mezclada con sorpresa. Todas pensaban que ella era igual que su marido. Una le achacaba culpas por haber sido cómplice de los infortunados ataques que había recibido después de su separación. Otra odiaba la imagen que se había imaginado de ella, sin ni tan siquiera haberle visto nunca el rostro. Pero se hizo justicia y allí estaban todas. Era evidente que aquellas cuatro mujeres habían sufrido un fuerte daño psicológico. Se les podía leer en sus tristes expresiones. Habían sufrido de todo; humilladas, ultrajadas, usadas y para colmo, culpadas de no haber sabido llevar una relación. En sus historias se reflejaba claramente un mismo patrón. Sus actitudes se habían vuelto defensivas, sus gestos duros, sus sonrisas parecían muecas. Sus autoestimas; pisoteadas. Todavía el daño parecía latente. Pero allí estaban. Quién sabe si alegres o abochornadas por haber confesado sus verdades y haber decidido separar de sus vidas el inmenso dolor que aún las consumía. Pero de algo había servido: Ahora no se sentían ni tan malas, ni tan culpables.

Se despidió con un “Hasta la próxima, gracias por todo” y se alejó del lugar. Su rostro parecía complacido. Sus ojos volvieron a brillar como si toda la autoestima perdida emergiera en cada segundo desde lo más profundo de su interior. Alzó la mirada y caminó erguida hacia donde tenía estacionado su coche. Pensó en su marido. Suspiró y le balbuceó entre dientes: “¡Pobre de ti  deberían haberte enseñado la diferencia entre ganar y perder. Yo fui la que me salí y créeme, ya eso es una victoria!”. Introdujo la mano en su bolsa y con sus finos dedos acarició las pruebas más contundentes que pondrían fin a tanto chantaje, pero sabía que no valía la pena embarrarse por tanta porquería. “Me conformo con saber toda la verdad. Que sea la siguiente la que le ponga el alto o que siga desgraciándole la vida a los demás.”. Se paró frente a un contenedor de basura y ahí las echó. Volvió a sonreír.

Atrás quedaron las otras cuatro. Alguna todavía no salía de su asombro. Pero todas estaban satisfechas de que el Bumerán Kármico se estaba regresando.

*** 

Ella entró a su recámara y recogió todo lo poco que tenía. Estaba decidida. Lo único fuerte que le quedaba, era un poquito de su identidad y una pequeña porción de amor por sí misma. Era suficiente. Sonrió y pensó: Las carencias, las insatisfacciones, las decepciones, frustraciones y el sentirse engañada, eran ya parte de un bulto lanzado al olvido. Olvidar es dejar de recordar, no sólo lo que se fantasía en la mente y nunca fue real, sino también aquellas cosas que siendo reales debemos lanzarlas al género de la ficción y por decreto divino arrancarlas de raíz. “Lo que no fue, no debe hacernos daño. Lo que fue e hizo daño, debe ser separado por completo”.

Se dirigió al estudio, tomó una hoja de un cuaderno y escribió: “La Ley del Karma te controlará y vigilará a cada momento y no olvides que cualquier acto bueno o malo de nuestras vidas tiene sus consecuencias. Todo el mal que has hecho algún día lo vas a pagar y todo lo bueno que has hecho por supuesto que te será recompensado. Dios nos dio ese libre albedrío y podemos hacer lo que queramos, pero de todos tus actos tendrás que rendir cuentas ante la justicia divina. No lo olvides. Deja de reclamar lo que no has dado. Anhelas dichas inmensas cuando has sido el origen de muchas desgracias…”

Dobló el papel en cuatro y lo dejó en un lugar visible para que el destinatario pudiera leerlo. Se dispuso a llevar las cosas a su auto. No hizo falta mucho tiempo. Cerró el maletero y su vista se posó en el balcón de lo que fue su recámara. Buscó en su mente los buenos recuerdos. No fueron muchos. Estaba segura que justamente al otro día, la siguiente víctima estaría ocupando lo que fue su espacio. Primero la engrandecería de tanta admiración y luego, cuando el tiempo oxidara al pequeño presente la dejaría caer aplastándole el ego, convirtiendo en defectos lo que vio como virtudes hasta exprimir totalmente su existencia.

Se subió al coche y antes de tomar las llaves sacó de su bolsa un sobre ya abierto. Releyó el resultado de las pruebas de ADN que hacía unos momentos el doctor le había entregado y sonrió con un gesto verdaderamente macabro. Con la mano libre acarició su vientre tratando de transmitirle al hijo del mejor amigo de su ex-pareja que esperaba en su vientre, la confianza de que contaba con ella. “No te preocupes, no eres de él, pero lo dejaremos en la ruina. Tú serás su bumerán”.

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