jueves, 1 de noviembre de 2012

El Divorcio.




Dedicado a un gran amigo
Que hoy disfruta también de este divorcio.

¿Qué habría sido de mí, si no te hubiese dejado? Fue en el partido de Final de la serie Mundial de baseball entre Tigres y Gigantes hace unos días, cuando te volví a ver tan cerca, después de tres años desde aquel afortunado divorcio.

No sé si la palabra afortunado sea la adecuada, porque ningún divorcio lo es, pero siento que para mí sí lo fue. Ese día que firmé ante todos la carta de libertad, volví a nacer y empecé a crecer alejado de todo aquello que pudiera hacer que te recordara.

Lo que menos esperaba era encontrarte. Eran las seis de la tarde cuando en la pantalla gigante de aquel bar-café donde nos reunimos a ver el partido, todos vimos cuando el árbitro principal anunciaba la voz de play. Con ello llegó la euforia, el nervio, y los gritos de alegría y la pasión que engendra el baseball. Con el inicio del partido también llegaste tú. Para los que no sabían nuestra historia, eras una más, pero para mí eras todo lo contrario.

Al verte me desconcentré. Todos veían el partido menos yo, quien con disimulados movimientos te observaba mientras tú compartías con otros. Era inevitable no recordarte. Fueron muchos años juntos viviendo buenos y malos momentos. Más malos que buenos, pero momentos al fin. Esos que no se pueden olvidar tan fácilmente.

Te imaginé a mi lado. Ya no te tenía miedo. Por eso busqué un poco de valor dentro de mí y decidí recordarte. No fue difícil ante tantos recuerdos que desfilaron por mi mente.

Hoy no me arrepiento de haberte dejado. No sé si fue la mejor decisión que he tomado en mi vida, pero fue muy buena. ¡Qué débil fui! ¿Como me dejé dominar por ti? Sin dudas, estaba aferrado a tu compañía. Eras un amor enfermizo. Una total dependencia a tu olor, a tu sabor, a tus jugos, que minuto a minuto me volvían un esclavo de tus caprichos. ¡Cuánto me dañé mientras te acompañaba en mis largos desvelos! Esas noches sin motivos y esos motivos sin razones, más que el único placer de llegar hasta el final. ¡Cuanto sufrí cuando me hacías hacer el ridículo delante de mis amigos! Nunca reparaste en ponerme un límite, en cuidarme, en no permitir que tu voluntad predominara sobre la mía. ¡Qué ironía! Tú me hacías daño y yo perdidamente te seguía a todas partes sin darme cuenta, que tu único propósito era doblegarme y a hacer de mí un verdadero guiñapo de hombre. Por tu amor o mejor dicho, por lo que creí que era amor, dejé de ser yo. Perdí la dignidad, perdí muchos amigos, perdí mi empleo, mi orgullo y hasta lo poco que quedaba de mi elegancia. Dañé a muchos seres queridos y dejé de ser un ejemplo ante todo aquel que me quería. Por ti alejé muchas posibilidades de estar con mujeres que aspiraban a darme un amor limpio, sano y desinteresado.

Pero él hombre es el único ser que cuando se desvaloriza, se hace amigo del maltrato. Y así de tropiezo en tropiezo, dejé de quererme y perdí mi autoestima. Perdí el amor a la vida y hasta estuve a punto del suicidio. Pero por suerte, ya eres parte del pasado…

Y viéndote en todas partes pude recordar cómo lloré cuando me obligaron a separarme de ti. Ahí vino otro vía crucis en mi vida. Qué difícil fue levantarme cada mañana y no tenerte a mi lado, no embeberme en tu néctar matutino, cuando en ayunas, te buscaba en la soledad de mi cuarto. Qué insoportable fue tu ausencia en las tardes, cuando me acompañabas a comer y no ponías reparos, fuera el lugar el lugar que fuera. Como grité por tenerte a mi lado. Fuiste la única, que me quiso por lo que fui y no por lo que tenía.

Pero también viéndote, comprobé que ya soy fuerte. Que no te necesito. Porque al verte pasar con aquel vestido rojo, exótico y al mismo tiempo vistoso, con un hombre de sombrero y con bastón ― por cierto, anacrónico para un partido de baseball ― pude imaginarte de muchas maneras y ninguna me inspiró. Te recordé erguida, con una camiseta amarilla y una herradura en el frente o con un grupo de amigas, todas sudadas, derrochando su energía y esperando que el equipo de los Tigres pudiera ganar el primer juego para que alguien te agarrara y te cargara en brazos y gozara de tus jugos, como yo lo hice en el pasado…

Cambie mi vista hacia mi compañero de mesa y vi como se limpiaba la boca después de darse un trago de tequila. Sonreí complacido. Ya no me daban deseos.

Media hora después llamé al mesero, le pedí una pluma y escribí unas palabras sobre una servilleta. Cuando terminé de hacerlo, porque así lo sentía, llamé de nuevo al mesero y le dije.

― ¿Me traes otra limonada por favor? ― Y una sonrisa apareció en mis labios.

12 comentarios:

  1. ¡Buenisssimo! muy buen relato, que arrastra hasta un final inesperado. Me encantó.
    Un abrazo.

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    Respuestas
    1. Gracias mi buen Moli... Pues de eso se trata, de arrastrar al lector y sorprenderlo.
      Saludos
      Carlos

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  2. waooooo!!! estupendooo me enganchaste y me hiciste imaginar cosasss diferentes y luegoo...... vaya vaya eres genial!!!!!

    un fuerte abrazo y felices fiestas de hallowen o muertitos lo que festejes :D

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  3. Lo leí, me gustó, pero te mando una opinión más amplia por mail.
    Un abrazo.
    HD

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    Respuestas
    1. YA LA LEÍ. ESTOY 100% DE ACUERDO EN TUS APUNTES...
      UN FUERTE ABRAZO AGRADECIENDO TU GENTILEZA
      CARLOS

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    2. Muchas gracias, Carlos. Hoy me has mostrado que eres un grande, que tienes todas las condiciones para ser un gran escritor... tú sabes a qué me refiero.

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    3. ¡Que grande el maestro! eso es ser humilde.

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    4. Gracias a los dos por pasar por aquí. Los dos son Grandes.
      Carlos

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    5. Muy bueno y atrapa. Felicitaciones, Chente.

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  4. El amor ácido engancha :-)

    Genial¡¡

    Ese comienzo... con ese interrogante... es soberbio


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