jueves, 13 de diciembre de 2012

Por un puñado de dinero.



Cuba, Año 1995.

Jineteras: Chicas que Cabalgan.
Jinetear:  Prostituirse. 
Cabalgar sobre un extranjero.

Solía llover todas las tardes al llegar al malecón. Ahí se refugiaba bajo un manto de hojas de coco y el agua resbalaba como en techo de bohío cubano. La brisa traspasaba el umbral de la osadía y en medio de un barranco silencioso, él esperaba muy paciente, porque a esa hora bajaban al puerto los marineros de turno.
Uno o dos tanqueros filipinos daban carne de cañón para sus ambiciones cotidianas. Un negocio redondo. Mujeres, cuartos, bebida y un grupo de bugarrones que en meses en el mar no veían más que carne masculina curtida por el sol y que bajaban sedientos de una carne tierna y femenina, del sabor a hembra, de todo aquello que pagando barato saciara su libido grotesca, su burda pasión y sus mínimos encantos, más que un puñado de billetes que fraguaban la fortuna de la débil línea que separa a una hora de sexo con el contagio de una terrible enfermedad.
Y como siempre pescaba al escampar. Bajaban en pequeños grupos de 2 o 3 y ahí estaba él con su imperfecto inglés de prostituto, organizando el pan de cada noche. Cervezas de lata, papas a la francesa, y unos cuantos pollos fritos eran el preámbulo al episodio marcado para muchas como la hora del terror. Terror sin antifaz, pero siempre con una caja de condones aunque fueran de aquellos malitos “Made in Cuba” y distribuidos a goteo en las farmacias del vecindario.
Los cuartos listos. Cada noche, la señora de la casa se iba a dormir con la vecina, el hermano de su esposa, para casa de su novia, y el suegro para casa de la amante aunque le decía a su mujer que trabajaba como velador en una fábrica de bloques. La cosa era que las tres recámaras quedaran listas para recibir a los turistas de los cuales uno dormiría con su amada mujer.
Así era él. Un tipo sin escrúpulos, que vendía a 2 o 3 chicas ― incluyendo a la suya ―por 40 dólares la noche. Un tipo que pudo usar a su familia política como marioneta a sus antojos. Su suegra, su cuñado y su suegro recibían 5 dólares cada uno por prestar la casa y desaparecerse al llegar los marineros. Las chicas, recibían 30 cada una y él se buscaba 15 por quedarse sentado en la sala tomándose unas cuantas cervezas y esperando que llegara la hora de regresar a los bugarrones filipinos a su bendito tanquero invitándolos a que repitieran varias noches su aventura sexual por tierras caribeñas.
Así quedó ella. Mal usada y dolida en una juventud que se escapaba sin medida. Sus tiernos 23 añitos se mezclaron con la rabia, con los golpes de la vida, con el tétrico sarcoma que anunciaba que un síndrome adquirido invadía su sistema inmunológico. Aunque según él la obligaba a usar condones Made in Cuba. Su muerte llegó sin remedio. Sus dólares quedaron en los bares y en las arcas de tiendas que se encargan de exprimir sin valor de cambio la moneda.
Él sufre hoy su perdida en silencio, esperando que llegue el día del rencuentro, aunque allá en el cielo la ponga de nuevo a Jinetear. 

Encuentros




I

Todos los días a las seis de la tarde, Sócrates García entraba a la misma cantina, saludaba a los presentes que como él repetían su misma costumbre, y luego se dirigía a la barra. « ¿Lo mismo de siempre?» ― preguntaba Olegario, más por costumbre que por querer saber lo que iba a beber Sócrates. « ¡Clarinete!»Respondía el recién llegado y la vieja figurilla delgada, que increíblemente rascaba los 70 años, se agachaba y sacaba debajo del mostrador una botella de aguardiente “Coronilla” y le servía un trago doble en un vaso de vidrio. Sócrates se la bebía de un sorbo, hacía entre diez o doce muecas y exclamaba: « ¡Yo no sé que cojones le echas a esta cosa, pero cada día huele más a líquido de limpiar bujías!» El cantinero soltaba una carcajada mientras le servía la segunda dosis, idéntica a la primera, y repetía cada día la misma frase. « ¡Eso es lo que hay! Y mejor no protestes que para inflamarse el hígado da igual cualquier cosa.» Luego bajaba la botella a su lugar de origen y Sócrates se bebía el contenido del vaso, pagaba, decía «Hasta luego», se daba media vuelta y se marchaba.
II

― ¡Pobre hombre! ― Exclamó el jefe de recursos humanos al escuchar los ronquidos de uno de sus empleados, quien recostado al escritorio y sobre una almohada de papeles, echaba un profundo sueño. ― Parece que no duerme bien. Pero no puedo regañarlo, es el tipo de empleado que cumple con todo lo que tiene que hacer con una eficacia que ya quisiera yo que todos trabajaran como él.
― Sí, es muy raro. ― comentó la asistente del jefe. ― Día por día, faltando diez minutos para la seis se recuesta y nada más cierra los ojos enseguida se oyen esos ronquidos que parecen truenos. Al principio yo intentaba despertarlo pero se molestaba, así que me di por vencida y opté por dejárselo a Doña Carmen, la señora que hace el aseo. Ella dice que se despierta automáticamente diez minutos después de las seis, recoge todo y se marcha.
― ¿Algún trabajador se ha quejado? ― preguntó el jefe.
― La verdad, no. Más bien se ríen de él. Ya hasta le dicen el bello durmiente.
El jefe dejó asomar una sonrisa al tiempo que cerraba la puerta del departamento. Ya en el pasillo se cruzaron con Doña Carmen y sarcásticamente le dijo:
― Ahí le encargo al bello durmiente.

III

Una tarde, Sócrates llegó a la cantina a la hora de siempre, saludó a los presentes y se dirigió a la barra. Ahí se topó con una gran sorpresa. El cantinero no era Olegario. « ¿Dónde está el viejo?» Preguntó.
Todos los presentes se pusieron de pie y en un desfile silencioso fueron saliendo de la cantina. El cantinero esperó unos minutos y cuando quedaron solos, le entregó una carta en un sobre cerrado.
“Querido hijo, ha llegado el momento de mi partida. Sé que para ti será muy duro, pero no podemos seguir en esto. Te estoy haciendo demasiado daño. Llevamos muchos meses repitiendo esta rutina y ni tan siquiera nos decimos nada interesante. Sólo te has aferrado a la idea de verme por unos minutos y creer que con eso me tienes a tu lado. Por otra parte siento que estoy envenenándote el hígado al servirte ese horrible aguardiente. El mismo que me llevó a la tumba.”
Sócrates rompió en llanto al tiempo que era sacudido por los hombros bajo la fuerza de unas rudas manos de mujer. Era Doña Carmen.
― Señor, señor… ¿Qué le pasa?
Sócrates levantó la cabeza sin responder y medio adormilado y lloroso se puso de pie y se abrazó de la señora, quien amablemente le correspondió con inusitada ternura al tiempo que murmuraba: « ¡Qué raro. Hoy no huele a aguardiente!»

viernes, 7 de diciembre de 2012

Trayectoria Bumerán


Se puso de pie y llamó al mesero. Pagó la cuenta y miró a las cuatro mujeres que aún quedaban sentadas a la mesa. Con su vista las recorrió una a una. En todas se mostraba el entendimiento, la solidaridad y el dolor que las unía. Todas, sin excepción habían pasado por lo mismo: víctimas de la misma persona.

Pensó por un momento en cuanto le había costado convencerlas. Tres semanas de llamadas telefónicas fueron eternamente largas pero suficientes. En cada llamada tropezaba con una muralla de desconfianza mezclada con sorpresa. Todas pensaban que ella era igual que su marido. Una le achacaba culpas por haber sido cómplice de los infortunados ataques que había recibido después de su separación. Otra odiaba la imagen que se había imaginado de ella, sin ni tan siquiera haberle visto nunca el rostro. Pero se hizo justicia y allí estaban todas. Era evidente que aquellas cuatro mujeres habían sufrido un fuerte daño psicológico. Se les podía leer en sus tristes expresiones. Habían sufrido de todo; humilladas, ultrajadas, usadas y para colmo, culpadas de no haber sabido llevar una relación. En sus historias se reflejaba claramente un mismo patrón. Sus actitudes se habían vuelto defensivas, sus gestos duros, sus sonrisas parecían muecas. Sus autoestimas; pisoteadas. Todavía el daño parecía latente. Pero allí estaban. Quién sabe si alegres o abochornadas por haber confesado sus verdades y haber decidido separar de sus vidas el inmenso dolor que aún las consumía. Pero de algo había servido: Ahora no se sentían ni tan malas, ni tan culpables.

Se despidió con un “Hasta la próxima, gracias por todo” y se alejó del lugar. Su rostro parecía complacido. Sus ojos volvieron a brillar como si toda la autoestima perdida emergiera en cada segundo desde lo más profundo de su interior. Alzó la mirada y caminó erguida hacia donde tenía estacionado su coche. Pensó en su marido. Suspiró y le balbuceó entre dientes: “¡Pobre de ti  deberían haberte enseñado la diferencia entre ganar y perder. Yo fui la que me salí y créeme, ya eso es una victoria!”. Introdujo la mano en su bolsa y con sus finos dedos acarició las pruebas más contundentes que pondrían fin a tanto chantaje, pero sabía que no valía la pena embarrarse por tanta porquería. “Me conformo con saber toda la verdad. Que sea la siguiente la que le ponga el alto o que siga desgraciándole la vida a los demás.”. Se paró frente a un contenedor de basura y ahí las echó. Volvió a sonreír.

Atrás quedaron las otras cuatro. Alguna todavía no salía de su asombro. Pero todas estaban satisfechas de que el Bumerán Kármico se estaba regresando.

*** 

Ella entró a su recámara y recogió todo lo poco que tenía. Estaba decidida. Lo único fuerte que le quedaba, era un poquito de su identidad y una pequeña porción de amor por sí misma. Era suficiente. Sonrió y pensó: Las carencias, las insatisfacciones, las decepciones, frustraciones y el sentirse engañada, eran ya parte de un bulto lanzado al olvido. Olvidar es dejar de recordar, no sólo lo que se fantasía en la mente y nunca fue real, sino también aquellas cosas que siendo reales debemos lanzarlas al género de la ficción y por decreto divino arrancarlas de raíz. “Lo que no fue, no debe hacernos daño. Lo que fue e hizo daño, debe ser separado por completo”.

Se dirigió al estudio, tomó una hoja de un cuaderno y escribió: “La Ley del Karma te controlará y vigilará a cada momento y no olvides que cualquier acto bueno o malo de nuestras vidas tiene sus consecuencias. Todo el mal que has hecho algún día lo vas a pagar y todo lo bueno que has hecho por supuesto que te será recompensado. Dios nos dio ese libre albedrío y podemos hacer lo que queramos, pero de todos tus actos tendrás que rendir cuentas ante la justicia divina. No lo olvides. Deja de reclamar lo que no has dado. Anhelas dichas inmensas cuando has sido el origen de muchas desgracias…”

Dobló el papel en cuatro y lo dejó en un lugar visible para que el destinatario pudiera leerlo. Se dispuso a llevar las cosas a su auto. No hizo falta mucho tiempo. Cerró el maletero y su vista se posó en el balcón de lo que fue su recámara. Buscó en su mente los buenos recuerdos. No fueron muchos. Estaba segura que justamente al otro día, la siguiente víctima estaría ocupando lo que fue su espacio. Primero la engrandecería de tanta admiración y luego, cuando el tiempo oxidara al pequeño presente la dejaría caer aplastándole el ego, convirtiendo en defectos lo que vio como virtudes hasta exprimir totalmente su existencia.

Se subió al coche y antes de tomar las llaves sacó de su bolsa un sobre ya abierto. Releyó el resultado de las pruebas de ADN que hacía unos momentos el doctor le había entregado y sonrió con un gesto verdaderamente macabro. Con la mano libre acarició su vientre tratando de transmitirle al hijo del mejor amigo de su ex-pareja que esperaba en su vientre, la confianza de que contaba con ella. “No te preocupes, no eres de él, pero lo dejaremos en la ruina. Tú serás su bumerán”.

martes, 6 de noviembre de 2012

Miedos



I

Fueron varios meses de intensa comunicación. Noche tras noche nos veíamos en el mismo sitio. Uno de los dos siempre llegaba primero y esperaba con anhelo que un alegre rostro apareciera y le dijera ¡hola! ¿Cómo te va? ¿Cómo fue tú día? O simplemente ¡ya llegué!
Y a partir de ese momento empezaba la magia. Imaginariamente nos tomábamos de la mano y salíamos a caminar por la orilla de la playa. Era algo fantástico. Una playa que habíamos idealizado como nuestra, con la ayuda de nuestras cotidianas complicidades. Sin duda, una magia que nos conducía a ese límite en donde sin que hiciera falta una varita con todo y hada, las fantasías se convertían en realidad.
Ya habíamos llegado a un estado de compenetración tal, que éramos capaces de adivinarnos de tan sólo escuchar una frase.
El calor de estas noches de junio es insoportable. decía ella.
Pues mejor caminemos desnudos por nuestra isla. sugería yo. Y de inmediato, todo el hechizo de la noche envolvía a dos pecadores sin ropas dialogando bajo el influjo de la débil brisa, de la tenue luz de una luna cuadrada y de dos presentes sin cuerpos.
Y… ¿De qué hablamos hoy? preguntaba ella insinuando el comienzo.
Hablemos de nosotros proponía yo cerrando los ojos y evocando su mirada, dibujando su alegría y su viveza, mientras me soñaba frente a ella, apretándome los labios sin poder aguantar las ganas de besarla…
No lo hagas me decía y luego exclamaba. ¡Qué miedo!
¿Miedo a qué?
No me preguntes. Pero tengo Miedo. Temo mucho que esta magia pueda terminar.
¡Ah! balbuceaba contrariado. Y ella rompía el silencio con una escandalosa carcajada, como si hubiera estado esperando mi respuesta.
Ya era un juego místico en donde nos decíamos todo sin casi decir nada, a través de un lenguaje, en el cual las palabras no eran lo primario.
¿Me deseas? preguntaba yo.
Pareces quinceañero. ― Me contestaba ella.
¡Ah! ― yo protestaba y otra vez su sensual carcajada que surcaba el espacio entre nosotros llenándolo de una enorme alegría.
 Y así, noche tras noche la complicidad crecía y a cuenta gotas se descubrían confesiones que nos llenaban de cierto aire nuevo que excitaba nuestros cuerpos sin ni tan siquiera tocarnos. Una conexión perfecta. Un diálogo total. Una comprensión sin fronteras.
¡Qué miedo! repetía a cada momento en el que yo descubría algo en ella o cuando alguna coincidencia ocurría. ― Me temo que ya sabes todo de mí. Y eso me aterra.
Las horas pasaban y con ellas los días y los meses e increíblemente con el tiempo, aumentaban los miedos. Esos miedos absurdos. Pero entendibles. ¿A qué le temíamos? Si ya los dos sabíamos lo que cada uno era capaz de dar en cada entrega. En tan poco tiempo de conocernos ya habíamos experimentado sensacionales orgasmos. Esos que la imaginación crea y a los que virtualmente podemos controlar.
Hoy después de varios meses, comprendí sus miedos cuando por fin nos decidimos dejar atrás ese “por qué tenerte sin tenerte” y que ese mundo virtual en el que habíamos vivido, pasara a ser auténticamente real.
Fue frustrante. Ella no se presentó a la cita…

II

Ya en mi casa, prendí mi computadora portátil y abrí el Messenger de Hotmail. Ella tampoco estaba allí en el lugar de siempre y su nombre, ese nombre sin rostro, no se había prendido para indicar que ocupábamos el espacio que durante casi cuatro meses había sido nuestro.
Un corto “beep” me anunció que tenía un mensaje en la bandeja de entrada. Lo abrí y pude leer “Mi amor, perdóname. Ojalá y me entiendas. Tuve mucho miedo a nuestra cita a ciegas. De seguro dirás: ¡Ah! Y te voltearas enojado. Pero no podía soportar la idea que esta química virtual, se desmorone al vernos físicamente. Te amo más que nunca, pero prefiero que esto termine y llevarme lo más bonito de estos días a tu lado.
Suspiré largamente y un sentimiento de relajación devolvió a mi cuerpo la tranquilidad. Yo también sentía eso miedos.
Cerré la portátil, apagué las luces y me dirigí a mi cuarto.  Entré y me acosté tratando de no despertar a mi esposa. Su computadora estaba prendida y ella dormía plácidamente. La abracé muy fuerte y coloqué una de mis piernas sobre las de ella. Me sentí culpable al haber pensado en traicionarla con una desconocida de la que ni tan siquiera había visto una foto. Por fin me quedé dormido…

III

… Cuando empecé a roncar, mi esposa soltó una irónica sonrisa al tiempo que se ponía de pie y se dirigía al baño. Se paró frente al espejo y murmuró en voz baja frente al reflejo de su imagen: ― ¡Qué bueno que llegué antes que él a la cita! ¿Qué hubiera pasado si él hubiera descubierto que pretendía verme con otro hombre en una cita a ciegas? Nunca me pude imaginar que ese hombre al que me entregué virtualmente, era mi esposo.
Me desperté de un sobresalto, empapado en sudor y con la boca muy reseca. ¡Qué susto! Había sido una pesadilla. Sin embargo ella no estaba a mi lado. Tampoco estaba frente a su computadora que aún continuaba prendida. Me senté en la cama con la intención de ir a buscarla y justamente en ese momento, ella salió del baño.
A partir del día siguiente, no supe más de la mística mujer con quien platicaba cada noche. Y todavía me quedan muchas dudas, sólo sé que desde ese momento, mi esposa dio un cambio radical y me espera todas las noches para irnos juntos a dormir. Por momentos me recordaba con sus actos aquella mujer que nunca pudo ser mía.

Junio 2007 © Derechos reservados. Cuento registrado bajo las leyes del derecho de autor y propiedad intelectual. Se prohíbe la reproducción parcial o total de este material sin la debida autorización de su autor.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Dos Sueños y una Flor


I

Ella.

Acostarme, cerrar los ojos y quedarme automáticamente dormida son tres eventos que ocurren casi simultáneos noche por noche. Sin embargo hoy ha sido diferente. Creo que debe ser por tantas horas de viaje.
Llegué al cuarto con una sensación extraña. Nunca me había pasado algo así. ¿Cómo es posible que pueda estar sintiendo algo tan hermoso por una persona que no conozco y que solamente la he idealizado en mis sueños? Nunca he visto sus labios, pero siento un suave cosquilleo al imaginarlos posados sobre los míos, al sentirlos rozar mi piel, al percibirlos escudriñando cada parte de mí cuerpo, al oler los restos de saliva que deja su lengua al jugar en mis pezones. Es algo imaginario… ¡pero lo siento tan real!
Son las dos de la madrugada, mi marido no vino conmigo por tener mucho trabajo, y mi cuerpo exige una caricia, mi mente demanda lo imposible, mi sexo implora de su sexo, y tristemente, no tengo ni lo real ni lo imaginario.
Y heme aquí, acompañada de esta flor y revolcándome entre las sabanas de una cama que hoy sólo contiene números impares de cosas; una mujer sola esperando que sus deseos se hagan realidad, un solo cuerpo temblando en mi desvelo porque necesita su cuerpo, una boca sin su boca, y un sexo que llora y llora deseando su sexo.
No sé que hora era cuando acariciando a mi flor, he quedado dormida…
…Pero mi mente seguía jugando entre lo oscuro de la noche y los residuos fantasmales de su imagen. Una imagen que primero tomó forma de flor y poco a poco fue transformándose en su cuerpo.
Los suaves pétalos de seda fueron convirtiéndose lentamente en su piel y sus verdes hojas uniéndose con el tallo, fueron endureciendo y aparecieron sus brazos, sus piernas, su cabeza, y aquella figura imaginaria, tomaba sentido real, pero tan real que pude sentir su calor al abrazarlo.
No sé que tiempo pasó, pero eran las seis de la mañana cuando un gemido de placer hizo que me despertara y asustada mi vista buscó por toda la habitación. Nohabía nadie. Mi cama seguía siendo portadora de números impares, pero mis labios estaban húmedos, mi cuerpo sudado y sobre mi abdomen habían restos de semen que se deslizaba por la parte baja de mi abdomen.
Me paré desesperada y busqué en toda la suite del hotel. No había rastros de que algún mortal hubiera estado en ella.
Regresé a mi recámara y al llegar a la cama pegue un grito de terror… ¡mi flor había desaparecido!


Él.

― Despierta. ― dijo mi esposa mientras me zarandeaba del hombro. ― ¿A que hora te saliste del cuarto?
No pude contestar. No sabía como había llegado al sofá. No recuerdo haber despertado en ningún momento de la noche y mucho menos que me haya quitado la ropa al acostarme.
Tomé la almohada y me dirigí a mi recámara dando tropezones porque aún no alcanzaba a despertarme por completo. Al llegar a mi cama sentí una enorme sacudida. Empecé a temblar y sendas gotas de sudor aparecieron sobre mi frente. No podía creer lo que estaba viendo ante mis ojos.
Sobre el espacio que ocupaba mi almohada… estaba la misma flor que portaba la mujer con quien estuve en mis sueños.


II

― Según Lobsang Rampa en su libro Usted y la eternidad, Mientras dormimos es posible que nuestro cuerpo astral se desprenda del cuerpo físico y realicemos lo que conocemos como “viajes astrales”. Y esto trae consigo algunas imágenes que pueden ser sorprendentemente raras, cosas que en la vida real no podrían ocurrir. Te creo que en tus sueños hayas viajado a Cancún, que le hayas hecho el amor a esa mujer, que hayas experimentado cosas maravillosas… Pero de ahí a que hayas despertado aquí, en el Distrito Federal, y que en tu cama apareciera la flor que tenía esa señora que está a miles de kilómetros de distancia… perdóname pero no puedo creerte una palabra. ― Le dijo el doctor con tono firme mientras se ponía de pie para indicarle que ya su hora de terapia había terminado.
― Doctor… ― no lo dejó continuar porque de inmediato le hizo señas a su asistente para que pasara al próximo paciente.
En la noche el doctor llegó a su casa cansado por haber tenido demasiadas consultas en el día. Pero no por eso dejó de pensar en el joven que había ido a visitarlo en la mañana. Buscó todos sus libros que hablaban sobre la conexión que existe entre el cuerpo, el alma y los viajes astrales y empezó a escudriñar lo relacionado con ese extraño sueño al que se había negado a creer.
Ya casi eran las once de la noche, el sueño lo vencía pero todavía tenía que cumplir varias obligaciones.
Fue a la computadora y se dispuso a revisar su correo. Se detuvo en un mensaje que de inmediato robó su atención. Saltando rápido la introducción se adentró en la historia que segundo a segundo empezaba a ponerlo en exceso nervioso. Fue el final lo más sorpresivo y espeluznante…
«… y así como te he contado detalle por detalle, te juro que fue algo extraño, fue una sensación nunca vista y quiero que tú, me des una explicación. ¿Cómo es posible que esa flor haya desaparecido de mi cama?
Te mando un beso
Amalia.»
El doctor se dejó caer en la silla y llevó sus manos a la nuca. Soltóun suspiro y cerró los ojos. Por más que pensó, no pudo hallar una explicación a los dos sueños astrales con los que había chocado en el día. Pero sólo de algo estaba seguro. Él era la única persona que sabía donde estaba la flor que había desaparecido misteriosamente de la habitación donde estaba hospedada su esposa.

jueves, 1 de noviembre de 2012

El Divorcio.




Dedicado a un gran amigo
Que hoy disfruta también de este divorcio.

¿Qué habría sido de mí, si no te hubiese dejado? Fue en el partido de Final de la serie Mundial de baseball entre Tigres y Gigantes hace unos días, cuando te volví a ver tan cerca, después de tres años desde aquel afortunado divorcio.

No sé si la palabra afortunado sea la adecuada, porque ningún divorcio lo es, pero siento que para mí sí lo fue. Ese día que firmé ante todos la carta de libertad, volví a nacer y empecé a crecer alejado de todo aquello que pudiera hacer que te recordara.

Lo que menos esperaba era encontrarte. Eran las seis de la tarde cuando en la pantalla gigante de aquel bar-café donde nos reunimos a ver el partido, todos vimos cuando el árbitro principal anunciaba la voz de play. Con ello llegó la euforia, el nervio, y los gritos de alegría y la pasión que engendra el baseball. Con el inicio del partido también llegaste tú. Para los que no sabían nuestra historia, eras una más, pero para mí eras todo lo contrario.

Al verte me desconcentré. Todos veían el partido menos yo, quien con disimulados movimientos te observaba mientras tú compartías con otros. Era inevitable no recordarte. Fueron muchos años juntos viviendo buenos y malos momentos. Más malos que buenos, pero momentos al fin. Esos que no se pueden olvidar tan fácilmente.

Te imaginé a mi lado. Ya no te tenía miedo. Por eso busqué un poco de valor dentro de mí y decidí recordarte. No fue difícil ante tantos recuerdos que desfilaron por mi mente.

Hoy no me arrepiento de haberte dejado. No sé si fue la mejor decisión que he tomado en mi vida, pero fue muy buena. ¡Qué débil fui! ¿Como me dejé dominar por ti? Sin dudas, estaba aferrado a tu compañía. Eras un amor enfermizo. Una total dependencia a tu olor, a tu sabor, a tus jugos, que minuto a minuto me volvían un esclavo de tus caprichos. ¡Cuánto me dañé mientras te acompañaba en mis largos desvelos! Esas noches sin motivos y esos motivos sin razones, más que el único placer de llegar hasta el final. ¡Cuanto sufrí cuando me hacías hacer el ridículo delante de mis amigos! Nunca reparaste en ponerme un límite, en cuidarme, en no permitir que tu voluntad predominara sobre la mía. ¡Qué ironía! Tú me hacías daño y yo perdidamente te seguía a todas partes sin darme cuenta, que tu único propósito era doblegarme y a hacer de mí un verdadero guiñapo de hombre. Por tu amor o mejor dicho, por lo que creí que era amor, dejé de ser yo. Perdí la dignidad, perdí muchos amigos, perdí mi empleo, mi orgullo y hasta lo poco que quedaba de mi elegancia. Dañé a muchos seres queridos y dejé de ser un ejemplo ante todo aquel que me quería. Por ti alejé muchas posibilidades de estar con mujeres que aspiraban a darme un amor limpio, sano y desinteresado.

Pero él hombre es el único ser que cuando se desvaloriza, se hace amigo del maltrato. Y así de tropiezo en tropiezo, dejé de quererme y perdí mi autoestima. Perdí el amor a la vida y hasta estuve a punto del suicidio. Pero por suerte, ya eres parte del pasado…

Y viéndote en todas partes pude recordar cómo lloré cuando me obligaron a separarme de ti. Ahí vino otro vía crucis en mi vida. Qué difícil fue levantarme cada mañana y no tenerte a mi lado, no embeberme en tu néctar matutino, cuando en ayunas, te buscaba en la soledad de mi cuarto. Qué insoportable fue tu ausencia en las tardes, cuando me acompañabas a comer y no ponías reparos, fuera el lugar el lugar que fuera. Como grité por tenerte a mi lado. Fuiste la única, que me quiso por lo que fui y no por lo que tenía.

Pero también viéndote, comprobé que ya soy fuerte. Que no te necesito. Porque al verte pasar con aquel vestido rojo, exótico y al mismo tiempo vistoso, con un hombre de sombrero y con bastón ― por cierto, anacrónico para un partido de baseball ― pude imaginarte de muchas maneras y ninguna me inspiró. Te recordé erguida, con una camiseta amarilla y una herradura en el frente o con un grupo de amigas, todas sudadas, derrochando su energía y esperando que el equipo de los Tigres pudiera ganar el primer juego para que alguien te agarrara y te cargara en brazos y gozara de tus jugos, como yo lo hice en el pasado…

Cambie mi vista hacia mi compañero de mesa y vi como se limpiaba la boca después de darse un trago de tequila. Sonreí complacido. Ya no me daban deseos.

Media hora después llamé al mesero, le pedí una pluma y escribí unas palabras sobre una servilleta. Cuando terminé de hacerlo, porque así lo sentía, llamé de nuevo al mesero y le dije.

― ¿Me traes otra limonada por favor? ― Y una sonrisa apareció en mis labios.

martes, 23 de octubre de 2012

El Camino del Enigma


El Camino del Enigma. Salvador Dali. 1981.

El tiempo, incoloro y frío, desabrido e inerte, ingrávido y mustio se cubre del velo mortal de una desilusión que abraza el umbral de su tolerancia. Ya no hay razones para albergar esperanza. Ya no hay momentos que llenen ese enorme vacío que se ahoga en su propia desventura. El tiempo desespera en su presente agonía. No hay pasado del cual impulsarse y avanzar, ni futuro que vislumbre la luz de un nuevo amanecer. El tiempo sin alas cae en el abismo, mutilando a saltos el hondo acantilado que no se moja ante las olas ni late con la brisa. Nada trascurre, nada evoluciona, nada se repite y El tiempo en sí mismo es un enigma.

El espacio, verdugo en su tridimensional osadía ya ni tan siquiera es una incertidumbre. En ninguna de sus direcciones los sucesos despliegan su duración. Todo está inamovible y aquellos negros agujero perdieron su enorme gravedad porque ya no hay supernovas que estallen al final de sus días a causa de que ya no existen días. El espacio parece no expandirse en lo infinito de un universo desdoblado. Ya no hay partículas que choquen, ni fotones que se responsabilicen con manifestar cuánticamente algún fenómeno electromagnético. Ya ni las partículas diminutas viven en el átomo. El espacio se niega a descifrarse y yace en el sendero de un enigma.

La luz, ya no es una radiación multicolor. Ni es onda ni es corpúsculo y para colmo no es visible ni tampoco contornea los objetos, dispersándose en ese espacio tullido por el frío. Ya no hay lugar para espejos, ni arcoíris, ni celdas que transformen la energía. La Luz ha muerto, el sol no brilla y reposa en lo alto de un camino avasallado en el enigma. La luz se niega ante la falta de fotones.

La vida, ese estado que precede a la muerte, transcurre sin tiempo en un espacio raro, mutilado por los bultos que a duras penas almacenan sus historias y en donde la luz perdió su don de dar vida a lo vivo y dar paz a las almas. La vida se convierte en jinete y galopa sin frenos hacía el fin de los días. Hacía el comienzo de un nuevo mundo que bendecirá lo apocalíptico. La vida transita lentamente por el camino del enigma.


© Carlos Alberto. (El innombrable) Octubre de 2012.

jueves, 18 de octubre de 2012

5 de Agosto de 1995



Estoy viviendo en un mundo de mentiras. Mentiras que oprimen el pensar. Mentiras que desgarran el sentir. Mentiras que subyugan libertad. Esas diabólicas mentiras inventadas en su mundo de fantasía, de sueños de poder, de tácticas con mañas.

Camino solo hacia el acantilado. Allí están todos mis recuerdos. Los bueno, los malos, los frustrados. Esos que se quebraron cuando decidí voluntariamente seguir el ritmo de su música. Aplaudir sus palabras. Apoyar sus ideas. Ideas salidas de una mente con brillo capaz de cegar multitudes. Ahí está también mi entrega, mis tiempos, esos que me quitó en estado catatónico. Creo que a muchos nos pasó lo mismo. Su inteligencia pudo envolvernos, atraernos a su juego, embobarnos y después, como por arte de magia, hacernos caer en su sucio retozo  manipulador.

Llego al acantilado. Miro todo lo que desperdicié de mi vida a su lado. Es momento de decir adiós. De enfilar el rumbo de una nueva vida. De olvidar por siempre esta pesadilla. Hoy es 5 de agosto de 1995. Me subo al avión y emprendo vuelo hacia otras tierras del mundo. Adiós Cuba. Me despido de ti y no regreso hasta que no deje el poder ese tirano.

lunes, 8 de octubre de 2012

Cuento 11: PASSAGE DU SILENCE



PASSAGE DU SILENCE

Sebastián se paró en el umbral de la puerta. Miró hacia atrás y dudó por un segundo si al materializar su decisión, estaría tomando el camino que conduce al paraíso o al mismísimo infierno. Se sentía frío y el único olor que alcanzaba a percibir era esa rancia fetidez a miedo que desprendía su cuerpo. Por fin se movió y aspirando el aire fresco que venía del mar, se llenó de valor para adentrarse en la profunda oscuridad de la noche. Caminó por todo el largo malecón. Por ratos se cambiaba la mochila de hombro y se secaba el sudor que bañaba su frente. Una mochila pesada en donde almacenaba más de 25 años de vida. Una cajita de música que le había regalado su difunto padre cuando el apenas cumplía sus 8 años de edad. Un libro viejo encuadernado con una gruesa pasta forrada con una tela de color marrón y en el que se podía leer en letras doradas y en mayúsculas BIBLIA. Un impermeable negro, un overol también impermeable de color naranja fosforescentes de esos que usan los rescatistas para ser vistos en la noche y lo demás, latas de comida en conserva que había almacenado durante meses para cuando llegase el momento. El momento que pasaría a ser, el más importante de su vida, no por hermoso, sino por el riesgo al que se enfrentaría. Un riesgo de vida o muerte con un peso más inclinado hacía la muerte. Por fin llegó al embarcadero. Allí estaba. Una pequeña embarcación que llevaba por nombre “PASSAGE DU SILENCE” en la cual atravesarían las corrientes del golfo, diez hombres, en busca de la libertad.

Nadie supo cual fue el destino de esos hombres que desesperados se echaron a la mar buscando la vida aunque para ello hubiera que morir en la oscuridad de las profundas y silenciosas aguas del estrecho de la Florida. Otro grupo más de cubanos a la lista de los que no alcanzaron la gloria de la libertad pero que forman parte de esa larga y triste colección de nombres, que abonaron con su cuerpo e ilusiones el imaginario puente que separa al infierno del paraíso. Y por ahí estarán, quien sabe si en el estomago de un tiburón o reposando sobre una roca, pero todos yacen, en lo que para ellos fue sólo un PASSAGE DU SILENCE.


Este es un pequeño homenaje a los miles de Sebastianes
que perdieron sus vidas tratando de llegar a los Estados Unidos

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